Los Pedroches y el lado correcto de la historia
«El marqués de Santillana. Un amante de la poesía, lector de los clásicos, deudor de Dante, del itálico modo y de la dulzura, del encanto, de la poesía gallega»

‘Retrato del marqués de Santillana’, procedente del Retablo de los Gozos de Santa María o Altar de los Ángeles (1455), de Jorge Inglés.
«Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa»
Marqués de Santillana
No es la primera vez que feliz me siento «faciendo» la vía del Calatraveño. Ya no hay vaqueras que aparezcan en el camino, nos enamoren y nos den ganas de escondernos en verde prado, en esa «tierra fragosa» de los campos de los Pedroches. En ese lugar real, aunque tan poético, me encontraba yo, por invitación del amigo poeta, del narrador de esas tierras, esos árboles, esos pájaros, aquellos lagartos de su memoria que desde su evocación, desde sus libros y su narración sabe trasladarnos. Se llama Alejandro López Andrada, embajador de Los Pedroches, de Villanueva del Duque y Pozoblanco; de Dos Torres, de Belalcázar y de esa joya de nuestra cultura, nuestra memoria histórica y poética que se llama Hinojosa del Duque. Un pueblo que todos conocimos de adolescentes por aquellos poemas de un soldado, de un poderoso señor llamado Íñigo Hurtado de Mendoza, el marqués de Santillana. Castellano de vida de aventuras, de guerras, de tiempos levantiscos, de años sin sosiego. Un amante de la poesía, lector de los clásicos, deudor de Dante, del itálico modo y de la dulzura, del encanto, de la poesía gallega. Uno de los constructores de este lugar de la historia, de este mundo, que llamamos España.
El marqués arrojado, inquieto, vital y peleón, también supo buscar el sosiego, la tranquilidad para escribir, esas musicales serranillas llenas de ensoñaciones de amores con jóvenes vaqueras o pastoras, con serranas o andariegas. Íñigo fue uno de los más refinados hombres de su tiempo. Por aquellas fronteras del camino del Calatraveño, luchando contra las taifas musulmanas, conquistando, devolviendo para nuestro mundo, nuestra historia cristiana, las tierras y los pueblos que habían sido ocupados por otros usos, otras costumbres, otros dioses, otra lengua y otros cultos. Un tiempo para la guerra, otro para la lírica. Para conseguir la fortuna de perseguir —y encontrar— ese tan deseado locus amoenus, ese lugar ameno y agradable que todos deseamos merecer y conseguir. Un mundo bucólico que nos parece lejano y que, sin embargo, existe. Yo lo he visto sin tener que ir al mundo de Virgilio, ni a la bucólica Toscana. Todavía en este lugar del occidente que llamamos España hay prados verdes, frondosos árboles, mozas hermosas, canto de pájaros, puestas de sol y luz de amaneceres.
Paseando por Hinojosa del Duque esa noche primaveral —después que el Atlético de Madrid nos diera una alegría de tamaño europeo y salvados de los gritos de los hinojoseños, colodros, que para mi sorpresa eran muy partidarios del Barça—, entre sus calles de recuerdos medievales, sus casas señoriales blasonadas, sus ermitas y su imponente iglesia de San Juan Bautista, llamada la catedral de la Sierra, con su estilo gótico y plateresco, yo me volvía a sentir en el lado correcto de mi historia, de nuestra historia judeocristiana, de nuestro ser del mundo de Occidente. De un país que supo convivir, pero que quiso recuperar esta cultura que supo sumar paganismo y cristianismo. Soy ateo, gracias a Dios, pero admiro nuestra riqueza monumental, nuestros templos y palacios, nuestras plazas y travesañas. Soy de ciudad, pero sueño con mi particular locus amoenus. Soy español del Marqués de Santillana —«Benditos aquellos que con la azada sustentan su vida y viven contentos y, de cuando en cuando, conocen morada y sufren pacientes las lluvias y vientos»—; soy de Fray Luis de León y también sueño con la «descansada vida, la del que huye el mundanal ruido y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido». Y también, quizá, sobre todo, soy de Madrid. Del Madrid de Corpus Barga.
Andrés Rafael Cayetano Corpus García de la Barga y Gómez de la Serna fue el madrileño, no castizo, más cosmopolita sin alejarse de la Puerta del Sol. Tuvo la fortuna de conocer una doble vida de privilegiado señorito de casa solariega con blasones de sus antepasados que venían desde los siete Infantes de Lara y otros linajes de la historia de España. Su familia poseía, todavía está su esqueleto, una «casa grande» en ese hermoso pueblo de los Pedroches de nombre tan evocador: Belalcázar. Allí la familia pasaba temporadas, cerca de sus propiedades, de sus minas. Allí el joven, culto, aristócrata tan madrileño, se enamoró de vaqueras, de serranas y serranías. Conoció la mina, la vida de los trabajadores, de los duros mineros y de los tranquilos pastores. Hizo convivir su casticismo madrileño con su pasión por el campo y sus gentes. Abandonó sus estudios de ingeniería de Minas, se hizo escritor y periodista. En Madrid frecuentó anarquistas y literatos, fue crítico con el poder y tuvo que escaparse a París en los tiempos en que Canalejas fue asesinado al lado de su querida Puerta del Sol.
La noche «atlética», en compañía de mi amigo escritor, fuimos a hacerle un homenaje a las puertas del viejo y abandonado caserón de la familia. Una buena noche. Regresé a Madrid con la plácida memoria de aquellos pueblos, de aquellas tierras; volveré.
En la ciudad de Corpus, en mi ciudad, busqué las palabras del escritor, del periodista que estaba enamorado del campo y de la urbe: «¿Qué espectáculo más impresionante puede ofrecer la Naturaleza que el de los destellos de una gran ciudad al acercarse el espectador a ella por la noche, sea en tren, en auto o en avión, desde cualquier punto de vista?… Aunque parezca mentira, hay algo más serio que la Naturaleza; hay la gran ciudad, creación de algo tan cómico como es el hombre». Así me conformé, me crecí, con el regreso a mi ciudad, a esa casa de vecindad, ese barrio del centro donde vivo. Y me sentí un excéntrico, un amigo de aquellos tiempos de Corpus, de los cercanos de su sobrino Ramón Gómez de la Serna, donde el mundo de nuestra ciudad podía parecer un patio de vecindad. «La Puerta del Sol es el patio de mi casa. Si acudo al Teatro Real, estoy en un extremo de Madrid. Más allá de Fornos, me considero a las afueras. Los barrios bajos los he visto en el escenario del Apolo. Cuando voy al campo, es que he ido a la plaza de toros a ver una corrida». Fue uno de nuestros mejores columnistas, maestro de los escritores y entrevistadores, esteta y mundano, peregrino de su patria, exiliado de sí mismo, el periodista que entrevistó a Churchill, Hitler, Mussolini, Modigliani, Trotski, Colette o Lenin. Fue republicano, acompañó a Machado a cruzar la frontera, sin dejar de ser esteta, un señorito culto y libre; vivió muchos años en el exilio en Lima, volvió alguna vez a Madrid y a su territorio juvenil de Belalcázar. Murió unos meses antes que Franco. Nos dejó una impar obra periodística y unas imprescindibles memorias, Los pasos contados, y una diferente manera de contar sus pasos por los Pedroches: Los galgos verdugos.
Lo recordé en su territorio mítico. Lo recuerdo aquí, tan lejos de China. Lejos de ese lado de la historia donde se tapa con dinero una dictadura social, fascista y comunista. Lejos de esa facción de los ultraconservadores que muchos tontos útiles e interesados llaman de izquierda. De seguidores del «Gran Timonel» subvencionados para terminar con nuestra manera de ser y pertenecer al occidente. De ser paseantes de Los Pedroches, de Madrid y no estar invitados a esa misa negra de Barcelona con líderes del lugar donde no queremos estar, donde no queremos vivir. Llegará el día de la restauración. El día que los burócratas y sus amigos negociantes se hayan ido a sus paraísos comunistas. Estoy deseando tranquilidad y amable compañía, placenteros campos, ciudad abierta y menos golfos. Me voy con mi civilización, los de la Serna, los Barga o las gentes de los amaneceres, de los atardeceres, los días y las noches de este lado de la historia. Tengo que llamar a mi amigo, el escritor y periodista Luis de León Barga, sobrino nieto de Corpus, antes de ese jueves. Unas risas libres y una charla absuelta de mafias y libros rojos. Dice un proverbio chino: «Si vencéis, os hacen barón; si sois vencidos, no sois más que un felón».