La Luna, Tintín, Tornasol, Haddock y Milú
«Nuestro satélite, revisitado ahora en su cara oculta, es uno de los referentes de nuestros deseos de evasión, de viaje, de alucinación de cada día, de cada noche»

Tintín y el capitán Haddock en la Luna. | Los invencibles
«La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos
el niño la mira, mira…
el niño la está mirando…»
Federico García Lorca
La primera vez que viajé -y aterricé- en la Luna todavía Armstrong no había dado ese primer paso para el hombre, ni había sucedido el gran paso para la humanidad. Mi primer alunizaje lo hice con Tintín y en compañía de los amigos Haddock, Milú y el genial científico Tornasol. También se habían colado los disparatados policías Hernández y Fernández; además del traidor arrepentido de Wolff y el malvado coronel Jorgen. Hergé lo escribió casi 20 años antes. Yo lo leí algunos antes de que Armstrong y los suyos lo hicieran.
Tintín, sin duda alguna, fue el primer humano en hacer un alunizaje. Uno de los momentos más emocionantes de mis lecturas juveniles fue cuando mi héroe desciende del cohete X-FLR6 y pisa la Luna. Ese artefacto, esa imagen tan poderosamente icónica y pop, sigue acompañando a niños y grandes desde la posguerra europea hasta la guerra de Irán. Mi primer cohete a la Luna salió de una base secreta en Syldavia. Después de muchos riesgos, aventuras, traiciones e intentos de abortar el gran viaje al lado oculto de la Luna, mi amigo y su pandilla pudieron dar sus paseos lunares, sus saltos sorprendentes y su capacidad para burlar los peligros. Todos disfrutaron de su paseo por nuestro cercano y único satélite.
El más observado, cantado, poetizado y filmado de nuestro universo. Solo un corto viaje, de 384.000 kilómetros, nos separa de ese sueño nuestro de cada noche. Ya no pienso volver. Como tampoco pienso volver a subir a un globo como aquel que, en compañía de mi amigo y añorado Aurelio Martín, hice hace décadas durante dos semanas por el camino castellano a Santiago. Me conformo con haber estado en la Luna con Haddock y en el globo con Aurelio. Quiero recordarlos con emoción, no repetir. Me bastan los peligrosos viajes terrenales de cada día. Estuvo bien mientras duró.
Cuando Tintín, repito, mucho antes que Armstrong, pisó el suelo lunar, dijo: «¡Ya está!… Acabo de dar algunos pasos… ¡Por primera vez en la historia de la humanidad, un ser humano ACABA DE HOLLAR LA LUNA!». No repito su frase de memoria, en mi retiro -más o menos espiritual- en tierras castellanas de procesiones y procesionarias, de pisar tierra y pasear campos con perro, en la casa me espera Hergé con sus historias que me siguen haciendo soñar con Syldavia democrática y enemiga de Borduria. Aquellas dos maneras, dos mundos de los tiempos de la Guerra Fría. Nada es lo mismo.
Ya no quiero pertenecer al mundo en que aquella Syldavia se ha convertido en las manos de la cabeza de Trump, llena de bailes horteras, mientras se hunde nuestro imaginario Titanic a causa de sus tormentosas y belicosas hazañas. Mucho menos quiero ser de Borduria, ese otro mundo que se mueve entre las perturbaciones del espía que surgió del frío, del comunismo a lo chino o del fanatismo con chilaba. Como le pasó a Tintín: cada vez soy más escéptico de este mundo que no me gusta, ni me pertenece.
«Sin esa compañera, sin su luz, su misterio, su presencia, no seríamos lo que somos»
Vuelvo a mi refugio. Me esperan Objetivo: la Luna y Aterrizaje en la Luna. Por azar o necesidad, están felizmente acompañados por una biblia tintinófila que hace años publicó mi amigo en lecturas raras, heterodoxas y otras copas, que les recomiendo puedan conseguir en algún librero de viejo u otras formas de rescatar libros que no nos debemos perder. El autor es Fernando Castillo y el libro: Tintín-Hergé. Una vida del siglo XX. Los amantes de los viajes, la literatura y las aventuras me lo agradecerán, sobre todo en estos días lunares, alucinantes de realidad y necesitados de ficciones que nos permitan ser otros y mejores.
Recuerda Castillo que en la emocional y proustiana película de Louis Malle Un soplo en el corazón (Le souffle ou coeur) recibe dos regalos el adolescente enfermo de un hermano mayor, dos libros, uno de Proust, otro de Hergé, y le dice: «Toma, Proust para entretenerte y Tintín para instruirte». El guion era de Patrick Modiano. Una verdad muy nuestra, una frase que nos acercó a nosotros, a Malle y a Modiano. En un arresto durante mi servicio militar me entretuve con En busca del tiempo perdido y seguí mi instrucción como joven periodista, joven reportero e incorregible soñador, con las historias de Tintín. Somos lo que hemos leído.
Fuimos lunáticos de sueños, imaginación y afición. Viajamos de la Tierra a la Luna con Julio Verne; con H. G. Wells nos sentimos los primeros hombres solos en la Luna. Nos dejamos atrapar por la belleza visual, poética cinematográfica de Meliés en su pionera película Viaje a la Luna y con Fritz Lang en la silente La mujer en la luna. Nuestro satélite, revisitado ahora en su cara oculta, ha sido, sigue siendo, un lugar común en la poesía, los relatos fantásticos, los ensayos, la música o el arte todo, uno de los referentes de nuestros deseos de evasión, de viaje, de alucinación de cada día, de cada noche.
Sin esa compañera, sin su luz, su misterio, su presencia, no seríamos lo que somos. Inquietante lugar lleno de misterio y de afán de conquista. Siento que algunos de sus misterios, de su épica de territorio inconquistable tenga una sola bandera. Y que esa bandera sea la que representa a Trump. Me gusta la bandera, desprecio al soez representante. Su deseada conquista no sería un gran paso para ninguna humanidad mejor.
«Aquella expedición tintinesca no dejó ninguna bandera porque era una expedición que representaba a la humanidad en su conjunto»
El primer ser vivo que viajó, sin ser preguntado, al espacio fue una callejera perra de Moscú. Se llamaba Leika y los científicos soviéticos sabían que la utilizaban, la sacrificaban, para que otros más humanos, pero no más importantes, pudieran hacer aquel viaje sin tener que ser mártires. Otra suerte muy distinta tuvo el primer perro que pisó, paseó y disfrutó de la tierra lunar, el incombustible Milú, viajó, paseó y volvió a su vida en la Tierra. También hubo muertos humanos, en el Apolo I murieron varios astronautas al incendiarse la nave americana.
Armstrong y otros que ya se estaban preparando para siguientes misiones se pasaron el duelo bebiendo whisky como si fueran Haddock en su viaje a la Luna o su paso por la Tierra. Unas de las más memorables escenas del viaje de la aventura a la Luna de Hergé, tienen que ver con la sed de whisky de Haddock. En Objetivo: la Luna monta una bronca a una azafata en el avión que les llevaba a Syldavia porque estuvo a punto de poner agua a su whisky. Y en el viaje de la nave camino a la Luna se llevó unas botellas para no tener sed. No fue fácil, también el whisky se hacía volátil y sólido tan lejos de la tierra. Después del éxito, en la celebración del regreso, el profesor Tornasol se anima a tomar por primera vez en su vida ese líquido. Nunca lo hizo Tintín, nadie es perfecto.
Deseo que la misión sea un éxito. No podrán ver la única bandera que allí se puso, la americana de Estados Unidos, quizá la Syldavia de Tintín. En palabras de Fernando Castillo, que con nosotros celebra el honor del primero que pisó la Luna, se recuerda que Armstrong hizo algo que nunca hicieron nuestros amigos. Aquella expedición tintinesca no dejó ninguna bandera porque era una expedición que representaba a la humanidad en su conjunto. Como tantas veces, preferimos la ficción a la realidad. Brindaremos por el éxito humano de la misión tripulada por la nave espacial Orión, por todos los que viajan en Artemis II. Ya que nos pilla cerca, lo haremos con esa «parte de los ángeles» que también tenemos en Segovia, se llama DyC y fue fundada antes que Armstrong pisara la luna y poco después de que Haddock lo hiciera. Feliz regreso.