Buñuel, Herreros, Garci, los Oscar y una roja en Hollywood
«Desde río hasta el mar, pero mejor lejos de las rías. La ministra rubia y su amigo, el gallego guay de ‘Bailando en el desierto’, han disfrutado de sus paseos de perdedores»

Ilustración generada mediante IA.
El primer Oscar de un español fue el de Luis Buñuel. No por una película española, sino por El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoise) —tan española, tan universal, tan del universo del cine como todas las de Buñuel—; una producción francesa de su amigo Serge Silberman. Era 1973; ya había estado nominado por otra obra maestra, Tristana, esta sí de producción española, pero no había «pagado» el canon para conseguir el Óscar. Además, jugaban contra la rémora del franquismo y la ignorancia manifiesta que sobre el cine tienen la mayoría de los «académicos» de Hollywood. Unos pocos miles que sistemáticamente se encargan de no enterarse por dónde va el cine, aunque sepan por dónde van el espectáculo y el negocio.
Ese territorio mítico, deseado por esa rubia a la gallega, una influencer sin caudillo, lejos de Ferrol y de tiempos de amigos sindicalistas, comunistas, provincianos progres que un día lejano la frecuentaron de morena de la copla de izquierdas. Muy de izquierdas, muy comunista leninista, entre podemos y perdemos; entre ganamos, disimulamos, viajamos y vivimos a tope lo que nos queda de ese estilo de gauche del percebe. Desde el río hasta el mar, pero mejor lejos de las rías. La ministra rubia y su amigo el gallego guay de Bailando en el desierto han disfrutado de sus paseos de dignos perdedores. Ella se prepara. Ambos con sandías de diseño —no confundirlas con sandios— se quedaron sin Óscar. La ministra sin alfombra, el cineasta sin su muñeco estático. No importa, ni Buñuel lo tuvo a la primera. Que siga, que insista y lo veamos. Nos alegraremos, aunque no seamos de bailar con lobos ni caperucitas.
Cuando Buñuel ganó el Oscar con El discreto encanto de la burguesía, tuvo mucho mérito: ni había contratado a Enrique Herreros hijo, ni había sido verdad que hubiera pagado por el premio. La película la había escrito con Jean Claude Carrière en el parador de Toledo y dieron el guion por terminado el mismo día que murió De Gaulle. No tenían claro el título; habían barajado dos: «Abajo Lenin» o «La virgen en la cuadra» —tan buñuelescos pero tan poco franceses— y finalmente la opción elegida, además de frase ya adscrita a nuestra memoria, era burlescamente burguesa, discreta en apariencia y disparatada en realidad. Un acierto.
La película sigue siendo un genial, irónico, crítico y discreto retrato de esa clase que era tan suya, tan malquerida, tan bien diseccionada. Tan satírica, tan encantadora e irónicamente diseccionada. Una joya del cine llena de claves, de guiños, de confesiones y de perversiones. Cuando dieron por terminado el guion, a Buñuel le gustó tanto que declaró: «Es tan bueno que sería una lástima rodarlo». Lo rodó, para felicidad nuestra y de la historia del cine. Triunfó en las pantallas, los franceses lo presentaron al Óscar y ya había sido todo un éxito insólito que amplió su público y traspasó su fama de director de culto. El culto se había extendido y muchos queríamos hacer la receta del Martini que se cuenta en la película. Disfrutar de amores furtivos con Stéphane Audran, Delphine Seyrig o, por lo menos, con Bulle Ogier. Queríamos ser tan jetas como Jean Pierre Cassel o tan elegantes como Fernando Rey. El cine te deja libres los sueños, los atrevidos o los discretos.
Estuvo a punto de no conseguirlo por su pasión por la broma. Estaba en el parador del Monasterio del Paular —ya preparando con Carrière la siguiente película: El fantasma de la libertad— y había concedido una entrevista a periodistas mexicanos deseosos de saber sobre lo que sentía por estar nominado. Cuando le preguntan si cree que obtendrá el Oscar, muy serio les contesta: «Sí estoy convencido. Ya he pagado los 25.000 dólares que me han pedido. Los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra». El productor Silberman lo desmintió, aunque sabemos que él ya estaba en Hollywood moviendo el interés de académicos, cineastas, actores y judíos en general. Ganar un Óscar tiene unos gastos, unas maniobras, muchas comidas y bastantes martinis.
«Buñuel se paseó feliz por esa fábrica de sueños y pesadillas que le había recibido de manera muy diferente en los años treinta»
Buñuel no se cortaba con sus provocaciones contra los Óscar, aseguraba que le importaban un bledo y que en los años treinta o cincuenta los habría rechazado «porque lo que entonces era un acto antisocial hoy se ha convertido en una promoción de publicidad, y yo no soy Marlon Brando». Siempre independiente, libre y provocador, seguía demostrando su lejanía con el Óscar en muchas declaraciones: «El voto es perfectamente democrático y el resultado imprevisible, ya que en las ternas votan 2.500 imbéciles, incluida, por ejemplo, la ayudante de modista de un estudio que, como sindicada, tiene también derecho a votar».
No asistió a recoger el premio; se había disfrazado con peluca e insólitas gafas para pasar desapercibido. Siempre educado, amante del buen beber y comer, se encontró feliz en la comida con algunos colegas, unos cuantos chicos que admiraban su cine, su personalidad y su mito. La comida/homenaje fue en casa de George Cukor. Allí se reunieron Robert Mulligan, William Wyler, Robert Wise, Billy Wilder, George Stevens, Alfred Hitchcock —que no paró de preguntarle qué había sido de la pierna ortopédica de Tristana—, Rouben Mamoulian y un tal John Ford que no sale en la famosa foto porque se había ido después del brindis y antes de los martinis. Todos esos colegas brindaron por la salud del español y le reconocieron, en palabras de Cukor, como «el mejor y el más humilde de todos».
Buñuel se paseó feliz por esa fábrica de sueños y pesadillas que le había recibido de manera muy diferente en los años treinta. Nunca podremos imaginar qué cine hubiera hecho si se hubiera quedado en Hollywood. Seguramente ese peculiar surrealismo y esa manera de golpear de su cine no hubieran sido los mismos. Los sueños y la realidad, la burguesía, la iglesia, el ejército, los terroristas, las dictaduras bananeras, el sexo y sus misterios. La duda y las preguntas sin respuesta están en todo su cine. En El discreto encanto de la burguesía están magistralmente expresados. La parodia del amor y el poder, del realismo y sus incongruencias, está en ese viaje de unos burgueses que caminan sin tener destino. Un ballet de personajes en busca del misterio.
El siguiente Óscar a un español, y esta vez sí a una producción española, lo tuvo José Luis Garci con Volver a empezar en el año 1982. Una historia de reconciliación, de un mundo español en plena transición de cambio y del final de años de dictadura. La consolidación de la democracia había superado el frustrado golpe. La película también es un homenaje al exilio, representado por Antonio Ferrandis, que hizo creíble la personalidad inventada de un escritor que regresa a su patria, a sus recuerdos y su tierra asturiana, después de haber ganado el Nobel y de haberse visto obligado a estar desterrado más de media vida. Hermosa película, Óscar más que merecido a un cineasta y una historia que nos acerca al entendimiento y al derrumbe de muros.
«A Garci le debemos muchas horas de placer cinéfilo por sus películas, sus programas, sus libros»
Justo premio que sentó mal a algunos progres de la época. Más de un crítico, varios amigos opinadores, periodistas y demás ralea, recibieron mal el premio a una película y personalidad sin la que nuestro cine sería más pobre. Ni sin Garci nuestro amor por el gran cine hubiera sido igual. A Garci le debemos muchas horas de placer cinéfilo por sus películas, sus programas, sus libros. Muy distinto a Buñuel, pero también irrepetible. Y «el niño de Narváez» consiguió nuestro primer Óscar, algo que no hubiera sido posible sin la ayuda, el trabajo y el conocimiento del terreno que tenía otro español insólito: Enrique Herreros. Ese fue el primero; después ayudó a conseguir el de Trueba, Andrés Vicente-Gómez y, naturalmente, Rafael Azcona por Belle époque.
Hemos querido mucho a este español que entendió Hollywood, sus negocios, sus estrellas, sus mitos y sus ritos. Hace unos días murió Enrique, cerca de los 99 años, conservando su memoria prodigiosa, su verbo irónico y su ternura escondida. Un día contaremos la increíble historia de este hijo único que no dejó ni un día de adorar y preservar la memoria de su padre Enrique Herreros. El padre fue un destacado componente de aquella «otra generación del 27». Humoristas, escritores, dibujantes, cineastas y agitadores libres, liberales y libérrimos como lo fueron la tropa de Mihura, Neville, Tono, Jardiel, López Rubio y otros que no tuvieron que ir al exilio. Fueron colaboradores del franquismo, aunque más o menos pronto se sintieron decepcionados.
Herreros hijo creció en ese ambiente y con heredado amor por la montaña, por el arte, el cine y las mujeres. En la casa del padre, en la calle Alburquerque de Madrid, algunos hemos tenido la fortuna de compartir con ese falso cascarrabias muchas horas de cine, de cotilleos y de desveladas historias llenas de excesos y secretos. Contaré en otro momento las risas y tiempos felices que este fingido franquista, libertario y algo tacaño, que es este madridista que es historia nuestra, historia de nuestro cine. Con Garci, Luis Alberto de Cuenca, Oti Rodríguez Marchante, Ramiro Villapadierna, Ada del Moral o Guillermina Royo-Villanueva, hemos compartido su genio e ingenio lleno de secretos, fábulas y realidades. Adorador de Di Stéfano, del Real Madrid y de corazón tan blanco. Lo añoramos. Paradójico pero cierto que el más cercano de todos, además de Garci, sea nuestro presidente —el único que estimamos con ese cargo—, el irrepetible Enrique Cerezo. Esta es otra película pendiente.