The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Desestabilización y Javier Ruiz

«Defiende a Pedro Sánchez que da gusto verlo. Imagino que después de él también vendrá otro que defenderá al Gobierno que sea con el mismo entusiasmo»

Opinión
Desestabilización y Javier Ruiz

Imagen creada con inteligencia artificial.

En vez de ser quien soy, cuánto me gustaría ser Javier Ruiz.

Y no solo porque tendría 15 años menos, ni porque tendría ese traje azul, con chaleco a juego, que tan bien le queda a su silueta delgada. Ni solo porque saldría cada día en la tele, durante horas y horas, invitando además a mis amigos a salir también, como ayer al catedrático Javier Pérez Royo y al ministro Puente (yo desde luego invitaría a otros menos connotados). No.

Me gustaría ser Javier Ruiz porque envidio su énfasis, su energía, su pasión. Su convicción (por lo menos aparente) en la defensa a capa y espada del Gobierno contra las fuerzas de la reacción y los complots maquiavélicos de la derecha y la extrema derecha.

Ayer, por casualidad, estando en un bar, esperando a Bibiana, le vi en la tele. Sus titulares eran estos: Puente: Una operación contra el Gobierno. ¿Goteo judicial para acabar con el Gobierno? y Ni registro ni financiación ilegal (del PSOE, se entiende).

Me encantó Ruiz. Qué pelo más bonito, qué delgadez. Me acordé de Urdaci, que cuando gobernaba el PP estaba también al servicio del Gobierno, pero como iba repeinado —y yo creo que también engominado (entonces se llevaba esto)— y lucía corbata y trajes un poco ajustados —como si el pecho se le quisiera salir de la americana, o así lo recuerdo yo—, parecía más facha y gubernamental. Ruiz no, él va desenvuelto, desencorbatado, como creo haber dicho. Es como el hijo de la vecina. Nada de busto parlante. Todo él agitación de hombros. Y gesticulación de manos, como si todo eso fuera muy importante.

«Años atrás llevé un programa de la TVE, y la dirección me reprochaba que parecía poco beligerante, que estuviese allí de paso»

Años atrás llevé yo mismo un programa de la TVE, y la dirección del llamado «Ente» me reprochaba que yo me desparramaba sobre mi asiento, que parecía poco beligerante y eléctrico, que parecía que estuviese allí de paso. Quizá tenían razón. Probablemente. Pero es que me cuesta entusiasmarme, perdón, yo sé que ustedes se merecen un buen espectáculo.

Vino a mi programa, por ejemplo, Fogwill, un buen escritor argentino, y sin que viniera a cuento se puso a despotricar contra el Rey de España, entonces Juan Carlos I. Creía Fogwill que así montaría un provechoso escándalo. Y yo, en vez de contraatacar y decirle, por ejemplo, «calla, puto sudaca», le decía: «Ah, ¿sí? ¿Usted cree?»     

Claro, es que lo que pensase Fogwill sobre el Rey de España me importaba un pito. Me interesaba, más bien, cierto uso suyo de los adjetivos, cierto fraseo, cierta rabia ante el horror del mundo. Tengo de él otros recuerdos que mejor me los callo.

Pero echando una mirada retrospectiva, pienso que quizá me hubiera debido plantar. Y retreparme en el asiento. Es que no me salía. Los que me conocen saben que se me caen hasta los brazos.

Bueno, no lloraremos sobre la leche derramada…

A Ruiz le sale. La combatividad. Defiende a Pedro Sánchez que da gusto verlo. Qué agitación. ¡Cuán animoso! ¡Cómo desvela complots y conspiraciones de la Guardia Civil, de los jueces, de la prensa reaccionaria! ¡Del lawfare! ¡De la derecha y la extrema derecha! ¡Cómo defiende la inocencia del «Super jefe» y del «Number One

Yo imagino que después de él también vendrá otro que defenderá al Gobierno que sea con la máxima convicción y con el mismo entusiasmo. A ese también le envidiaré. Si es que aún frecuento los cutrebares, y miro allí la televisión.

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