The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Hasta la victoria siempre

«Me opongo con convicción, con fundamento, a la casual e informe camiseta. Y muy especialmente a las que llevan impresas o bordadas palabras, mensajes o chistes»

Opinión
Hasta la victoria siempre

Ilustración generada mediante IA.

Sí, cuando escribo esto llueve sobre Madrid; parece que hay una dana recorriendo toda España, bienvenida sea porque me brinda la ocasión de comenzar esta nota como Musil, que pasaba por ser el hombre más inteligente de su época, y empezó su monumental novela El hombre sin atributos describiendo el clima en Viena una mañana de agosto de 1913, una «depresión barométrica sobre el Atlántico» y de corrientes de aire que se desplazaban sobre Europa…

Musil, inteligencia analítica, distancia irónica y sensación de una civilización al borde del colapso, en vísperas de la Primera Guerra Mundial

Pero en realidad no es del clima inestable y cambiante de lo que quería hablarte. Llueve, sí, con más o menos ferocidad o mansedumbre, pero no hay que fiarse de la amena meteorología, pues más pronto que tarde llegará el calor, y con el calor las camisetas, y ahí está el quid de la cuestión: en las camisetas; o sea, en la gente adulta (el joven que se vista como quiera, todo le queda bien) vestida con una cómoda, desfachatada camiseta.

De hecho, ya veo esta prenda en el mejor momento de cada día, que es a las ocho de la mañana, cuando, después de tomarme el café en casa, bajo a la cafetería de la esquina a por un zumo de naranja. Los camareros lucen una camiseta negra en cuya pechera campa el lema: «Si quieres despertar un buen café has de tomar». Que no parece especialmente elaborado, alguien ahí estuvo perezoso.

Las camisetas me interpelan e incomodan y me impelen a escribir. La incómoda y fea —especialmente en entornos urbanos— camiseta. Seguro que sobre este tema de vital interés Montano tiene ideas que aportar, por más que en general le interesen más la cultura, la política, viajar a destinos fantásticos, esas frivolidades. ¿Dónde están los hombres con arrestos cuando se los necesita? Quedo a la espera. Y adelanto mi opinión, a pecho descubierto: de las camisetas estoy en contra.

«Las camisetas me interpelan e incomodan y me impelen a escribir»

Y no arbitrariamente, por el placer de discutir que animaba a Unamuno aquella tarde que, paseando con Baroja por la calle del Prado y pasar ante el Ateneo, por cuyas ventanas abiertas se oía a los ateneístas discutir acaloradamente, le dijo: «Bueno, adiós, voy a entrar y sumarme al debate». Baroja respondió: «¡Pero si no sabes de qué discuten!». Y Unamuno: «Me da igual. Voy a ponerme en contra». Según cuenta Wat en Mi siglo.

No, yo me opongo, yo voy a oponerme, con convicción, con fundamento, a la casual e informe camiseta. Y muy especialmente a las que llevan impresas o bordadas palabras, mensajes, chistes, como la de aquel señor de media edad al que vi el otro día en Santa Engracia, que lucía sobre la tripa una camiseta blanca con la palabra en letras grises HILFIGER, marca sin duda prestigiosa, pero que lo degradaba a la condición de hombre anuncio.

Entiéndeme, yo es que he olvidado el Responso a Verlaine de Darío, que me sabía de memoria, y, ya que he mencionado a Unamuno, su Salamanca y su poema A las magnolias de la plaza Nueva de Bilbao, tan emocionante, legados de la cultura universal, y en cambio no me olvido de un vagabundo astroso que vi el mismo año en que llegué a Madrid, lo vi sucio, demacrado, hirsuto, derrumbado sobre un banco de la plaza de Olavide, entre latas de cerveza vacías, y vestido con una mugrienta camiseta que lucía la famosa foto del Che Guevara que le sacó Korda, y debajo el lema «¡Hasta la victoria siempre!»

Los versos se borran de la memoria, pero las más flagrantes manifestaciones de la estupidez y miseria humana, de su naturaleza contradictoria… las manifestaciones hirientemente plásticas de la distancia que media entre la realidad y las ilusiones, esas nunca se olvidan.

«El otro día me crucé en la calle con un sujeto en camiseta que decía, en mayúsculas: ‘NO PIENSO’»

Hay tontos —creo que ya en trance de extinción, pero fueron legión— que proclamaban su condición de tales portando una camiseta que decía: «Mi hermana fue a Venecia (o a París o a Cracovia) y lo único que me trajo fue esta estúpida camiseta».

Lema que inducía a compasión por el subnormal que la portaba, por su puta hermana y por toda su estirpe maldita.

Créelo o no, pero el otro día, antes de la dana, me crucé en la calle con un sujeto en camiseta que decía, en mayúsculas: «NO PIENSO». Enunciado que me dolió, me hizo pensar en qué abismos mentales había el tipo frecuentado antes de tomar esta decisión de renunciar a ser humano.

Bueno, pensé, a lo mejor se trata de una paráfrasis de la última frase de El artista como crítico, de Óscar Wilde: «Estoy cansado del pensamiento». Lo comprendo, incluso a veces podría compartirlo, pero ¿de verdad era necesario proclamarlo?

También hace un par de veranos vi sentado en el vagón del metro a un suramericano con cara de ser una buena y pacífica persona, acompañado de su hijo adolescente, cuya pierna ya algo vellosa acariciaba de vez en cuando, transmitiéndole amor, protección y confianza. Me parecieron, ambos, entrañables. Ambos vestían bermudas vaqueras y camisetas negras. En la del padre campaban las palabras: «HUSBAND. FATHER. PROTECTOR» (lit.: «MARIDO. PADRE. PROTECTOR». Yo definiría eso como «humilde orgullo». Mensajes en una botella que flota por las aguas de un mundo indiferente. ¡Cándidos! ¿Por qué vais así en público? ¿Es que queréis hacerme llorar?

En La ignorancia, habla Kundera de un joven danés, llamado Gustav, uno de los miles de extranjeros que llegaron allí tras la Revolución de Terciopelo y que se ganaban la vida bohemia dando clases de inglés. Tiene una novia checa, Irina. Esta, al pasar ante una tienda de los nuevos souvenirs turísticos, le compra una camiseta que le parece «magníficamente estúpida» en que se ve la efigie de Franz Kafka, con el lema «KAFKA WAS BORN IN PRAGUE» (lit.: «KAFKA NACIÓ EN PRAGA»). Y se la regala.

¿Por qué? Debía de haber algo en Irina irreflexivo, casual o una indiferencia de fondo, o acaso un desprecio inconsciente hacia Gustav. Este se pone la camiseta, dobla los brazos para sacar bíceps y exclama, estentóreo y feliz: «Kafka was born in Prague!»

En ese preciso momento, Irina decide romper con él. ¡Cómo la comprendo!

Atento, amigo, atentos todos, preparaos para romper, que vuelve la temporada de la camiseta.

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