La foto del cincuentenario
«¿Cómo habrán accedido esos jóvenes de cuando entonces a ser vistos ahora? ¿Qué satisfecha idea de sí mismos tendrán para someterse a tan cruel testimonio?»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Doy por hecho que los atentos lectores de THE OBJECTIVE —salvo la grotesca patulea que critica mis artículos, creyendo acaso que los escribo para ellos, ¡quita, bicho, tú no!— habrán visto la foto grupal de los periodistas que hace 50 años fundaron El País, entre ellos su primer, longevo y decisivo director, ahora columnista aquí, Juan Luis Cebrián.
La habrán visto y habrán pasado página. Yo no. Yo no paso página de nada. Y estos documentos epocales me turban e interpelan. Me pregunto, ¿cómo habrán accedido esos jóvenes de cuando entonces a ser vistos ahora, en su provecta fisicidad? ¿Es que no han leído El marino que perdió la gracia del mar? ¿Qué satisfecha idea de sí mismos tendrán, para someterse tan alegremente a tan cruel testimonio de la verdad, a una fotografía así? Qué calvas, qué tripas, cuántas arrugas, vaya indumentaria, qué desenvoltura tan satisfecha con la propia fealdad y con una posteridad obesa, que la foto acusa. Sospecho incluso que todos son abuelos.
Por esas rarezas que tiene la caprichosa vida, no soy el actual director de ese diario, pero pienso que si lo fuera, jamás hubiese publicado una fotografía tan reveladora. Me conozco. Llámame «edadista». En el año catapún, cuando trabajaba en una redacción, estuve atento y ágil para frenar a la redactora que, para ilustrar la noticia de las memorias de Brigitte Bardot, que acababan de publicarse, había elegido una foto a gran tamaño de la actriz vieja, greñuda, canosa, arrugada cual galápago. Le sugerí, argumentando calurosamente, que en vez de aquella imagen deprimente de la vieja de los gatos, publicase alguna otra tomada en sus años de esplendor físico. Así lo hizo, salió Brigitte monísima en vez del orco, para bien de nuestros lectores, y aquel fue mi mayor logro (aunque supongo que a algunos les parecerá discreto) en mi larga ejecutoria como periodista. El logro que en nocturnales momentos de insomne desasosiego me consuela y me hace pensar: «No has vivido en vano».
Mejor que publicar la foto del cincuentenario hubiera sido una galería de aquellos redactores, tamaño foto carnet y en blanco y negro, en su momento auroral, como una instalación de Boltanski, fotos de cuando aún no habían sido heridos de forma tan atroz por el Tiempo. ¡Caramba, no entres tan contento en la matinée de la princesa de Guermantes! Que anda por esos salones le petit Marcel y toma nota de todo.
O también mejor, más veraz, más trémula, hubiera sido publicar la foto, que guardo en algún cajón de mi escritorio, de mi difunto amigo y maestro (¡ay, demasiado me influyó su magisterio!) Juan Gombau, en la que se le ve lleno de juventud, vitalidad y confianza, sentado en un chiringuito de una localidad valenciana, con una taza de café delante y detrás una pared encalada, en una mañana esplendorosa, sosteniendo entre sus manos El País. Hola, Juan, sigo contigo.
«Cualquier cosa, salvo ésa llena de señores viejos, gordos, canosos, calvos, felizmente jubilados»
O incluso aquella foto de la joven Brigitte Bardot. Cualquier cosa, salvo esa llena de señores viejos, gordos, canosos, calvos, felizmente jubilados y listos para una excursión del Imserso a Benidorm. ¿Qué creéis, cándidos? ¿Que el paso de los años os ha respetado, que no os ha convertido en otros? Tenéis muy poco que ver con aquellos chicos, y no solo porque toda la belleza del mundo está en la juventud, verso, creo que de Nezval, con el que tituló Seifert sus memorias. Ni una sola célula del cuerpo se conserva más allá de siete años. Ni es la misma la idea del mundo y nuestro estar en él; solo algunos prejuicios perduran.
Rumiando fotos como esta, o como las que otro digital con el que colaboro publicó meses atrás para celebrar el décimo aniversario de su fundación, me vienen a la memoria unos versos de Borges: «… pompas de la palabra, parlamentos, / pompas del mármol, vanos monumentos, / centenarios y quincuacentenarios, / son la ceniza apenas, la soflama…».
Y me dan ganas de citarlos, pero no, no los citaré, pues no recuerdo si los monumentos del poema son exactamente «vanos» o «arduos», adjetivo muy caro a Borges.
Todo para mí en este mundo me parece «arduo» y temo que también «vano», pero en vez de unos versos mal memorizados y casi olvidados, prefiero acabar esta divagación con una expresión anglosajona que, según el contexto y el tono, denota al mismo tiempo reconocimiento y radical disconformidad con la habilidad de un argumento o el resultado de una acción: «Good try. Good try, you almost got it». A lo que sigue fatalmente: «But…».