Anboto y las 'kokotxas'
«Cada una de estas excarcelaciones prematuras de asesinos reabre en sus familias y amigos heridas imposibles de cicatrizar y hace llorar o rabiar de asco a mucha gente»

Ilustración generada mediante IA.
A veces me acuerdo de la primera vez que oí mencionar el nombre de Anboto. Fue de labios de Ernest Lluch. No puedo decir que Lluch y yo fuésemos amigos, pero me elogió por escrito, con lo que ya le quedé agradecido de por vida (somos así); tuvo la amabilidad de presentar un libro mío en Barcelona, a pesar de que, según me dijo, no solía leer novelas, y me encontré con él varias veces, en diversas circunstancias, siempre felices.
Al margen de su ejecutoria intelectual y política, me caía bien por su generosa inteligencia, por sus aires de sabio despistado y su sentido del humor; era de esas personas que ves en seguida que están dispuestas a divertirse a la primera ocasión que se les presente. Bueno, para decirlo claramente: me parecía un hombre encantador.
Especialmente recuerdo la hora, el sitio, el clima y las demás circunstancias de la última vez que hablé con él, poco antes de que un comando de ETA lo asesinara. Hablaba algo alterado; sabía, o quizá sólo sospechaba, que iban a por él, y me dijo que ahora (o sea, entonces) la banda terrorista la dirigía «esa tal Anboto, que es una persona horrorosa, despiadada…». O algo así. Las palabras exactas no las recuerdo.
El otro día, al leer que a la tal Anboto, que ahora tiene 65 años, le aplicaban, por su buena conducta entre rejas, medidas especiales que le permitían salir de la cárcel de lunes a viernes muchos años antes de cumplir la larga condena que estaba pagando por su participación en 14 asesinatos y otras hazañas patrióticas, tras un momento de estupor y de otras cosas incómodas, aparté con rapidez el pensamiento de este asunto y me distraje con otros. No quería «estar en eso» mentalmente. Ahora un juez de la Audiencia Nacional que sabe «estar en eso» ha anulado su excarcelación y la ha hecho volver a prisión.
Pienso que el que mata a sangre fría a una sola persona se excluye automáticamente de la comunidad de los seres humanos. Ese hecho tiñe para siempre todo lo que hagas. Claro que es posible y positiva la redención en esta vida, y estoy convencido de que hay etarras con crímenes de sangre que se han arrepentido sinceramente —quiero decir, más allá de enviar una carta diciendo «lo siento mucho, pido perdón, soltadme ya, por favor»—, y han procurado enmendarse en las modestísimas posibilidades que tengan de remediar un poco lo que es, por definición, irreparable.
«No extraña que el Colectivo Víctimas del Terrorismo considerase la excarcelación de la sangrienta jefa de ETA ‘escandalosa’»
Otros, por el contrario, se sienten orgullosos de su negro pasado, de noche duermen como bebés y hasta se han incorporado a la brega política como si nada, para indicarnos lo que es justo y bueno para la ciudadanía. Pero si estás dotado de algo de conciencia o de capacidad reflexiva o de imaginación, sentirás siempre esa mancha en ti, sentirás que, aunque hayas cambiado mucho, aunque ahora seas otro, y aunque vivieras con otro nombre, bajo otros cielos, ese lastre te acompañará hasta el fin de tus días; fue demasiado grave para liberarte de ello.
Pero yo soy yo, y los huérfanos y viudas que dejó Anboto son otros. Nada tiene de extraño ni reprobable que el Colectivo Víctimas del Terrorismo considerase la excarcelación de la sangrienta jefa de comandos y jefa de ETA «escandalosa e injustificable». Cada una de estas excarcelaciones prematuras de asesinos redomados reabre en sus familias y amigos heridas también imposibles de cicatrizar y hace llorar o rabiar de asco, indignación e impotencia a mucha gente.
A los señores del Gobierno vasco, de quien depende, por los viscosos motivos electorales que todos sabemos, la política penitenciaria en su comunidad, y que, es verdad, ha acatado sin rechistar la decisión de la Audiencia, ¿no toma estas cosas de mera humanidad en consideración? ¿No se les ocurre, antes de tomar según qué magnánimas decisiones, consultar a los más directamente afectados?
No; si no es que tienen una deuda de gratitud con los asesinos, que tan oportunamente eliminaron a la élite de su oposición, permitiéndoles así gobernar para siempre, seguramente es que estaban demasiado ocupados reclamando el Guernica de Picasso para exhibirlo en Bilbao. O comiendo suculentas kokotxas en algún txoko. Todos sabemos que se come muy bien en el País Vasco.