Perdonar a ETA
«El uso del perdón, por la trama de manipulación hoy imperante, se ha constituido en instrumento privilegiado para forzar el olvido de los años de plomo en Euskadi»

Ilustración de Alejandra Svriz
El tema del perdón ha hecho recientemente su ingreso en la actualidad política española, y para suerte de los observadores, por dos vías tan dispares que resulta posible comprobar su extrema utilidad para la manipulación política. Veíamos ayer, un poco al modo de fray Luis de León —perdona, Jiménez Losantos— dos exigencias de perdón indebido, a cargo de la presidencia mexicana una, por la del PNV otra, dirigidas ambas al rey de España, sirviéndose de hechos en los cuales ni personal ni institucionalmente habían tenido Felipe VI, ni la monarquía democrática actual, arte ni parte.
En las dos ocasiones, la exigencia, que no petición, nacía de la voluntad de afirmación de una concepción excluyente del nacionalismo. Miraba una al pasado de la construcción nacional mexicana, para liberarla de la época novohispana y asentarse en el indigenismo; enlazaba pasado y futuro para nuestros abertzales. Era la España vista al modo sabiniano como ocupante y agresor de Euskadi, lo cual legitimaría la mezcla de separación y privilegio económico —el sagrado concierto— del estatus que diseñan conjuntamente PNV y Bildu, ante la mirada de Sánchez.
Allí el perdón por lo inexistente formaba parte de una acusación. En el caso opuesto que ocupa las noticias hoy, el perdón es un recurso, en sentido contrario, para una exculpación radicalmente injusta en sus dos dimensiones. Por una parte, al forzar al máximo la legislación penitenciaria vigente, con el objeto de poner en la calle a personas condenadas por crímenes que les valieron condenas centenarias. Sin que siquiera ellos, ni el marco orgánico al que pertenecieron y pertenecen, el independentismo Bildu de raíz etarra, hayan dado el paso necesario de reconocer sus tremendas responsabilidades en las décadas de terror y de muerte presididas por su ideología del odio, de génesis y evolución perfectamente identificadas. Por otra, sirviendo como coartada para dar vía libre a ese perdón generalizado de los crímenes de ETA, comparable para el País Vasco, con la Ley de Amnistía otorgada por el sanchismo a otros culpables, esta vez los de la sedición catalana.
Vaya por delante que reivindicar aquí y ahora la justicia no tiene por objeto alguno la venganza ni el castigo: como en el tema concreto de los cientos de crímenes etarras por resolver, se trata solo de mirar lo ocurrido desde la necesidad de entender para prever.
En este punto, Sánchez y su Gobierno y sus obedientes medios, se ponen la túnica blanca con el fin de exhibir ante la opinión su buena conciencia. Solo desde el perdón, añaden, se produce la reconciliación —en este caso, la paz de los vencedores desde el terror—, y al que discrepe, palo. Se convierte, aunque haya sido víctima, en envenenador de la convivencia en Euskadi al «utilizar el terror para fines políticos» (sic). Y como siempre, en el mundo feliz del lenguaje de Pedro Sánchez, el Bien queda en manos de la sinrazón, no para la paz, sino para seguir apuntalando el Muro; una vez más, los asesinos acusan.
«No tiene el menor sentido perdonar a Himmler, a Jomeni o a Txapote, que no lo van a pedir, ni dárselo aun cuando lo solicitaran»
Por eso al revisar el canto general al Perdón que entonaba anteayer el diario El País, no pude por menos que acordarme de mi amiga Violeta Friedman, la incansable luchadora contra el negacionismo sobre el Holocausto. Aunque sea difícil evitarlo, advertía Violeta, vale la pena evitar el odio o el espíritu de venganza contra quienes practicaron un genocidio o actos criminales de cualquier especie, pero eso no significa caer en la trampa, intencionada o no, de considerar que el perdón puede resolver algo. En sentido contrario, puede proporcionar una falsa solución. No tiene el menor sentido perdonar a Himmler, a Jomeni o a Txapote, que no lo van a pedir, ni dárselo aun cuando lo solicitaran.
Por su propia naturaleza, el perdón se mueve en el terreno de la subjetividad, similar a la confesión católica, viene a satisfacer el sentimiento de culpa del causante del mal y recibirlo, de ser expresado con sinceridad, puede tener también efectos favorables para la víctima. Pero ahí se agota, o debiera agotarse, su papel en el ámbito de las relaciones sociales y políticas. Basta que recordemos la película Maiaixabel, de Iciar Bolain, sobre el encuentro de la viuda con el asesino, para ver como, de cara a la opinión pública, el efecto es el contrario, el buscado de pasar página aun rememorando la tragedia personal.
Vemos además que el uso del perdón, por la trama de manipulación hoy imperante, se ha constituido en instrumento privilegiado para forzar el olvido de los años de plomo en Euskadi. No solo la suma exhibida de peticiones de perdón individuales, es de escasa representatividad cuantitativa, dados los cientos de criminales y cómplices asociados a ETA durante ese tiempo, sino que en momento alguno esos exterroristas dan el salto a la opinión pública, contando algo relevante sobre la organización del crimen y sobre los otros cientos de crímenes etarras aun por resolver. Estamos en un mundo muy distante del que ha permitido en Italia ser conscientes de lo que fueron e hicieron sufrir las Brigadas Rojas, en gran parte gracias a los escritos y confesiones de quienes en ellas militaron o las dirigieron. Para ETA, tal cosa no resulta posible, ya que para quien lo hiciera le estaría reservada «la muerte en su pueblo». Diferente de la anterior, por fortuna.
La insistencia obsesiva por el Gobierno en «el perdón» resulta lógica, ya que sigue siendo el único punto débil de su política vasca. ETA queda cada vez más lejos, incluso se ha convertido en un tema perfectamente captado por lo que Umberto Eco denominó «una moral de consolación». Frente a una realidad cargada de elementos negativos, imposible de erradicar de las conciencias, cabe elaborar un relato, o una gama de relatos que por una parte la reproducen de forma creíble en la distancia, y por otra, merced a un happy end reconcilia al espectador con dicha realidad. Se la presenta como espectáculo donde la amenaza finalmente desaparece.
«El poder nacionalista y la propia sociedad tienen ya listos los anticuerpos para eliminar toda infección de memoria histórica real»
En el mejor de los casos, como en Patria de Fernando Aramburu, el lector puede seguir sufriendo con Bittori a lo largo de la novela, identificándose con su papel y asumiendo la solidaridad con la víctima, aunque en la vida real actuase en sentido contrario frente a los perseguidos. Esa solidaridad interviene como el mecanismo efectivo del perdón o de la confesión. El espectador, que tal vez nunca sintió en su lugar la inclinación de ser efectivamente solidario, queda absuelto al seguir sufriendo para sus adentros con las víctimas. Hay además, en Paria, un ambiente, unos actores unidireccionales, nunca siglas. El encanto se hubiera roto si al lado de la taberna hubiesen estado en la narración el batzoki o la herriko taberna. O las conversaciones entre los patriotas que seguían al pie de la letra la estimación de que ETA era el adversario, pero España seguía siendo el enemigo y votando a quien así hablaba.
El equilibrio alcanzado por esa estrategia del perdón y del olvido, no practicado en su interior por el mundo de ETA-Bildu, resulta de una eficacia extraordinaria. Como traté de explicar en mi artículo anterior, tanto el sistema de poder nacionalista como la propia sociedad, tienen ya listos los anticuerpos para eliminar cualquier infección de memoria histórica real. La historiografía contemporánea académica lo refuerza con muy buen oficio. No están dispuestos a admitir lo que ellos consideran una perturbación de la paz alcanzada. Volviendo al tema que nos ocupa, por usar la expresión de su principal vocero, no van a tolerar «la politización de la memoria de las víctimas» (sic). La misma prensa democrática que en Madrid y en Bilbao llevó a cabo las campañas de opinión contra el terror, ahora secunda por la propaganda y por la censura, a los dos gobiernos, el de Madrid y el de Vitoria, en esa cancelación forzosa del pasado. ETA murió definitivamente, evocarla carece de sentido, no «interesa a los lectores», se me dijo, o lo que es más exacto, no debe interesarles por razón de Estado.
Lo he señalado ya en múltiples ocasiones: el Centro Memorial de Vitoria ha logrado con éxito otorgar todo el protagonismo a las víctimas de ETA, olvidándose cuidadosamente de la génesis histórica del terror, del cómo y porqué de sus verdugos, y de cómo los nacionalistas «pacíficos» colaboraron en el cerco social a los no nacionalistas, y en particular a víctimas y allegados. La consecuencia es el monopolio político actual del binomio nacionalista. Pasando de la tragedia al humor, Fernando Savater les califica de aprovechategis, lo que ya no son por desgracia los delanteros centros del Athletic, pero eso se ciñe al marketing en el Congreso. El epíteto puede ser más duro.
Porque dada su inscripción en una estrategia de borrado de la memoria democrática, es plausible que en vez de pacificación, tengamos como resultado un fortalecimiento de la estrategia totalista de dominación ejercida con tanto éxito por un nacionalismo que en lo básico no ha roto el cordón umbilical ni con los objetivos ni con la estrategia forjada por Sabino Arana.
«Desde los 70 el terror de ETA, y el concurso del PNV, hicieron ver a la sociedad vasca que eran los únicos con derecho a mandar»
Una vez domesticada la sociedad vasca durante las décadas del terror, en esta batalla del perdón, le conviene a Bildu no dejarse llevar por la satisfacción de lo conseguido. El vencedor debe aprovechar el éxito, aumentando la puja en la subasta del verdadero nacionalismo con el PNV. Es como si en un grupo humano, un individuo, consciente de que no puede imponerse por procedimientos democráticos, pasa a la violencia, a la agresión por la espalda -el tiro en la nuca no es otra cosa-, pero tras ejecutarla se da cuenta de que, negro sobre blanco, el gesto de agresión impondría su contenido recusable.
Algún experto en opinión le aconseja entonces que pida perdón al agredido y lo hace, pero tras expresarlo, concluye en voz baja: «Estoy muy satisfecho por haber hecho lo que hice». Y el miserable se va tan feliz, habiendo logrado plenamente su objetivo de dominación. Desde Verdugos voluntarios, de Goldhagen, sobre los mecanismos psicológico-sociales de conversión de la violencia en hegemonía por el nazismo, se trata de una dinámica bien conocida. A partir de los años 70 el terror de ETA, y el concurso del PNV, hicieron ver a la sociedad vasca que en ella eran los únicos con derecho a mandar. Y el legado sigue más que vigente.
Solo que los nazis no pedían excusas; Bildu sí lo hará. Los que piden «perdón» también, con todas las matizaciones debidas y, para salir en libertad, consigna la crónica de El País, tras experimentar el gran cambio de no hablar ya de «conflicto» entre Euskadi y España, y emplear el término «perdón». Tontos, no son. ¿Cambio o astucia? Opine el lector.
Tal ha sido y es la táctica, ejecutada magistralmente por Otegi, respecto de ETA. Lamenta el dolor de las víctimas, de todas las víctimas, y cumple así la ceremonia de conciliación ante la sociedad vasca. Nunca hace una revisión autocrítica como hicieron saludablemente antiguos dirigentes de las Brigadas Rojas, y en cambio manifiesta cada vez que le es posible su vinculación profunda con sus antiguos colegas de la muerte. Solo hay que recordar su reciente oración fúnebre al maestro Peixoto. Ahora saldrán de la cárcel los campeones del exterminio y más de uno, cuando se estime conveniente, o él haga valer sus condecoraciones, se incorporará a la rama política, ya por fin autónoma.
«Las ventajas no se ven por lado alguno para el socialismo vasco, actuante como comparsa de un proceso»
El argumento es diáfano y, desde la perspectiva nacionalista, solo tiene algo que lamentar el PNV: el precio de su absolución indebida es otra absolución más indebida aún, la de Bildu. Efecto: el previsible relevo en el mando, al desvanecerse las ventajas de ser el «nacionalismo democrático». Las ventajas no se ven por lado alguno, en cambio, para el socialismo vasco, actuante como comparsa de un proceso en donde ninguna de las posiciones políticas del PSOE y del PSE-EE se verán cumplidas a medio y a largo plazo. Solo hace falta haber seguido, y tener la paciencia de seguir la actuación política de Patxi López, y sus exabruptos, sobre el tema que nos ocupa, para entender cómo el socialismo vasco ha podido caer hasta el nivel ínfimo de hoy.
Pero en el mundo no solo pasan desgracias. Orbán ha perdido las elecciones en Hungría y la ocasión es óptima para revisar las etiquetas, destapando que los mecanismos de poder empleados por Orbán tienen más que ver con los de Pedro Sánchez en España que con la de la propia Giorgia Meloni en Italia. Es algo que espera un urgente análisis. Derechas e izquierdas, salvo en sus extremos, ya no son lo que eran.
Entre tanto, a la vista de cuanto ocurre en el País Vasco, y sobre el País Vasco, únicamente cabe seguir mirando las cosas con atención y atender el llamamiento de nuestro filósofo, a buscar refugio en el humor. Quisiera al respecto evocar un episodio personal, intentando escapar por un momento del túnel del desánimo. Fue cuando al año siguiente de ser asesinado Francisco Tomás y Valiente, tras recibir la amenaza en los muros de mi Facultad –«Elorza, zipaio, zu atrapatu arte» (con letra de Oskorri)- me encontré a la salida de un Congreso en Barcelona con un grupo de conocidos batasunos. Nos miramos y les interpelé: «¿Qué hay, compatriotas?». Ahora les volvería a hacer la misma pregunta, pues no sabrán en qué emplear tanta felicidad y tanto éxito político.