Pedir perdón. De México a Guernica
«Para mantener la puja soberanista, el Gobierno vasco y el PNV no dudan en aprovechar la ocasión para reactivar la designación de España como enemigo»

Ilustración de Alejandra Svriz
La exigencia del presidente de México, López Obrador, refrendada por su sucesora, de que el rey de España reconociese la responsabilidad española en los crímenes de la conquista, ha abierto una caja de Pandora. El planteamiento se ajusta a lo que se denomina una paradoja pragmática: haga lo que haga el interpelado, pierde. Si desoye el requerimiento, por una cuestión formal, pone en peligro unas relaciones políticas importantes y hace una demostración de orgullo; si lo atiende, se humilla por lo que supuestamente hicieron sus antepasados hace nada menos que cinco siglos, dejando de lado las Leyes de Indias. Ridículo.
Cualquier solución es perdedora, y si la fiscal mexicana muestra clemencia, tal vez el reconocimiento de los «abusos» por Felipe VI haya sido un mal menor, que no deja de tener un regusto amargo.
Por dos razones. La primera, que tal vez hubiera sido más adecuado devolver el tema a la historia y proponer desde la Corona, acusando el envite, un gran debate con los historiadores mexicanos sobre la conquista y el Imperio, también sobre esas raíces de su nación contemporánea que allí muchos tienen vinculadas al enfoque indigenista, al modo del gran mural de Diego Rivera.
Y en segundo lugar, para frenar el aprovechamiento del tema por la demagogia «decolonizadora» de nuestro Ministerio de Cultura. Ejemplo: el día 7 se inaugura una exposición en el Museo de América sobre «la Nación trans», que denuncia la imposición por la conquista y la evangelización española del «binarismo de género y la sexualidad normativa» sobre el paraíso de la transexualidad indígena, amén del «despojo territorial y la marginación social». Está coorganizada por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más. Y es solo el comienzo de un proyecto más amplio donde, al parecer, la transexualidad lo centrará todo. Tenemos así que las palabras del Rey sirven involuntariamente de aval para el panfleto de hoy y para empresas destructivas de largo alcance.
A principios de siglo, era la expresión favorita de los cubanos sobre su propia situación menos desesperada que ahora: «¡No es fácil!». En otro orden de cosas, cabría decir que para nuestro actual jefe del Estado tampoco está siendo fácil. De su toma de posición en cada conflicto, depende el prestigio de un país, España, desatendido cuando no atacado desde el mismo Gobierno. A veces un ministro colabora en el ataque, caso de América, mientras Sánchez calla.
«Los técnicos del Museo Reina Sofía han dictaminado que el cuadro no puede ser transportado sin graves daños»
En el caso que nos ocupa, el origen del conflicto es explicable: la necesidad para México de conferir solidez a una construcción nacional difícil desde sus inicios, en una durísima y confusa guerra por la independencia de España. Había que fortalecer los signos identitarios y, por buscar un ejemplo poco conocido, afirmar que el rojo de la bandera es la sangre del pueblo mexicano, en vez de proceder de la escarapela de Fernando VII (según François-Xavier Guerra). La desavenencia sobre la conquista responde todavía a esa fragilidad y de momento no va más allá.
De menor eco en la opinión pública, pero de mayor calado político, es otra demanda de perdón, inspirada en la de López Obrador. Se trata de la exigencia de que el Rey pida perdón por el bombardeo de Gernika, planteada a Felipe VI por su alcalde desde 2022 y que ha pasado a primer plano, al ser asumida por el PNV y respaldada por Bildu. Al PNV le viene bien, en su puja de patriotismo con Bildu. Luego, añadirá a su libreta de concesiones por votos la entrega temporal del Guernica al Guggenheim de Bilbao. En la petición, la centralidad histórica del bombardeo resulta transferida a su capitalización política por el actual Gobierno vasco. Coincidiría así el 7 de octubre próximo la exhibición del Guernica con la conmemoración solemne de la jura por José Antonio Aguirre como lehendakari en 1936. Un gran momento para la exaltación de la soberanía vasca contra España agresora, según la versión nacionalista del suceso. Y el bombardeo de la villa vizcaína, de telón de fondo legitimador.
Los técnicos del Museo Reina Sofía han dictaminado que el cuadro no puede ser transportado sin graves daños, pero Imanol Pradales va hasta el borde del ultimátum. Sería «un grave error político», avisa a Sánchez convertido en juez, «cerrar la puerta» a la cesión, que supondría también «una reparación simbólica» a Euskadi. En noviembre pasado, Aitor Esteban había preparado ya el golpe, al argumentar que el Rey, claro que tiene responsabilidades, pues su padre fue puesto por Franco. (Y ya se sabe, España y Franco son lo mismo). Entonces Felipe VI estuvo al lado del presidente de Alemania, en el acto donde este pidió perdón por el crimen contra la humanidad cometido en Gernika, y el comentario de Aitor Esteban fue brutal: «No entendemos que el rey de España venga a Gernika y no haga la misma petición de perdón». «Si el rey viene después de la última visita de 1981 —añadió, evocando la bronca que los batasunos montaron a Juan Carlos I—, tiene que ser para aportar algo». (Claro, Pedro Sánchez siempre «aporta algo»).
Son palabras pronunciadas por el presidente del partido que firmó el pacto de Lizarra con Batasuna/ETA y que jugó el papel descrito en El árbol y las nueces. Serían simplemente despreciables, solo que fuera por falta de respeto a la historia, ya que el Rey no está ahí porque Franco nombrase a su padre, sino porque es una pieza clave de un ordenamiento constitucional basado en la libertad y en la democracia, del cual procede el autogobierno vasco. Eso nada cuenta. En la visión de Esteban, autodesignado sacerdote de las esencias vascas, Euskadi debe ser para el Rey de España como un territorio sagrado comanche, en el cual no tiene derecho a adentrarse sin profanarlo.
«La hegemonía nacionalista lograda gracias a ETA ha provocado un vuelco donde el constitucionalismo es ya irrelevante»
La gravedad de tal actitud reside en que revela un problema de fondo más grave. Para empezar, no es cierto que los burukides, los dirigentes del PNV, hayan sido siempre así. Por mi edad, conocí al sucesor de José Antonio Aguirre, Jesús María de Leizaola, lehendakari en el exilio, y a buen número de políticos nacionalistas, profundamente nacionalistas, los cuales, hasta llegar a José Antonio Ardanza, fueron también respetuosos del orden constitucional. El giro llegó con la recuperación del soberanismo y del espíritu sabiniano por Xabier Arzalluz tras su etapa de moderación, fiel en su zigzag a la consigna de «entrar con el enemigo para salir consigo mismo», léase aprovechar la consolidación de la autonomía para relanzar el verdadero objetivo. Quedó contenido con Imaz y Urkullu, al ver cómo se estrellaba Ibarretxe, pero resurge ahora, espoleado por la presión de Bildu y favorecido por la voluntad de entregar cualquier cosa por votos de Pedro Sánchez.
Revivimos la situación descrita hace 20 años por Javier Corcuera. No es que existan dos almas diferenciadas en el interior del movimiento nacionalista, una moderada y otra radical. Ambas se proponen lo mismo: ir hacia la independencia vasca —ahora bajo la máscara de un Estado dual, para que Euskadi siga siendo subvencionada—, coincidiendo en dos formas de oposición a España. Son dos columnas de un ejército que se dirigen a un mismo objetivo.
La gran ventaja para ambos es que en estas dos décadas se ha roto el equilibrio electoral entre abertzales y constitucionalistas. Los cambios demográficos, y sobre todo la hegemonía nacionalista lograda gracias a ETA, han provocado un vuelco donde el constitucionalismo es ya irrelevante, salvo como apoyo del PNV ante Bildu.
Los años de plomo no solo fueron años de miedo general por los atentados, sino también de cerco social practicado por los patriotas de la muerte, hoy ángeles de paz gracias a Sánchez, sobre todo aquel que no comulgaba abiertamente con el credo abertzale. Y en ese cerco, el «nacionalismo democrático» participó a fondo, según pudo apreciarse en el apartheid sin excepciones, ejercido sobre los familiares y allegados de las víctimas. En la novela Patria esto está claro, pero faltan las siglas. «¡Que no se metan en política!», advirtió un patriota de Eusko Alkartasuna —luego EH-Bildu— desde ETB, respecto de quienes temieran pagar por su opinión. A título personal, fue bien claro el mensaje que recibí de una señora nacionalista, de familia cercana, hace un cuarto de siglo, al romper ETA una tregua: le daba mucha pena lo que me iba a pasar, yo era muy inteligente, pero «hacía mucho daño a Euskadi». La política, la voz sobre los asuntos públicos en la sociedad vasca, estuvo reservada entonces, y sigue estándolo ahora, para el nacionalismo.
«La paz transitoria que reina en Euskadi presenta ventajas para todos, dada la ‘singularidad fiscal’ que procura el cupo»
No hay mejor prueba, y doy fe, de cómo ha tenido lugar el cierre de las posibilidades de expresión para cualquier disidencia, con el PSOE de refuerzo, aduciendo que toda crítica al nuevo sistema de poder, de dominio del nacionalismo de exclusión, y en especial si alguien recuerda la feliz supervivencia de ETA y de su impunidad. Aclarar las responsabilidades del pasado es «ajustar cuentas» que ya no interesan al lector, me escribió el jefe de opinión del diario bilbaíno donde colaboraba. La paz transitoria que reina en Euskadi presenta ventajas para todos, dada la «singularidad fiscal» que procura el cupo a los ciudadanos de esta privilegiada comunidad. Y el nacionalismo avanza, no porque el idioma se afirme, pues crece cuantitativamente poco, sino porque crea una abierta prioridad de empleo favorable a la promoción de los euskaldunes, políticamente rentable. Para eso está la ley del Empleo Público en gestación, necesaria para evitar los recursos de los trabajadores perjudicados por la euskaldunización forzosa en curso.
Hace solo días que fue expulsada Comisiones Obreras de una manifestación comunitaria, la Korrika, una gran carrera popular, ya que sus afiliados llevaban a los tribunales el cumplimiento de una ley laboral «antivasca» sobre la exigencia del euskera. Los socialistas renunciaron a participar. El PNV nada dijo, hasta que en la tal korrika el mensaje final fue leído solo por jóvenes de Bildu, cosa que le pareció a Aitor Esteban un atentado contra «la pluralidad del país», una pluralidad de dos.
El episodio ilustra la gattopardiana metamorfosis del miedo de la Euskadi sometida al terrorismo, traducido en dominación de unos y en subordinación o exclusión de otros. Lo describió el exetarra Iñaki Viar ya en 2014: no hay miedo a que te maten, pero sí a «la coacción sistemática del poder político, social, institucional nacionalista para no sufrir perjuicios en tu vida: por eso se someten a la tortura para muchos de estudiar euskera… La derrota policial de ETA ha devenido en victoria política de su proyecto, gestionado a medias con el PNV, escenificando divergencias». El nacionalismo sabiniano ve así cumplido su proyecto en forma de totalismo, de totalitarismo horizontal, sometiendo la sociedad vasca a una homogenización acorde con sus intereses y sus objetivos.
Además, desde un cinismo absoluto. En vísperas del Aberri Eguna, Aitor Esteban acaba de mostrarlo, al lamentar que en los pueblos vascos ningún no nacionalista quiera ser candidato a concejal y luego haya votos y concejales ajenos a «la Nación» vasca. Como que a nadie le conviene arrostrar a cara abierta la censura de su comunidad, controlada por ellos. Y añade que el euskera no debe ser solo de los nacionalistas, sino de todos; léase, de todos por obligación.
El diagnóstico de Viar es reproducido por el politólogo Rogelio Alonso, quien ha sido excluido, como otros, de la presencia en la prensa democrática vasca. ¿La causa? Perturbar con sus reflexiones la paz del silencio, dominada por el tándem PNV-ETA más PSOE. Lo que representa el Centro Memorial de las Víctimas en Vitoria, donde están las víctimas, pero faltan los verdugos. Ve así confirmada la predicción que expresara en su aportación capital, La derrota del vencedor (2018): «En absoluto ha reconocido ETA su derrota». Acaba de hacer un balance actualizado en su artículo Víctimas condenadas, terroristas perdonados (El Mundo, del viernes).
«Lo que importa a Pradales y a Esteban es únicamente dar otro paso en la afirmación nacional vasca»
De ahí que, para mantener la puja soberanista, y también porque se lo pide el cuerpo, el Gobierno vasco de Pradales y el PNV de Aitor Esteban no duden en aprovechar la ocasión para reactivar la designación de España como enemigo, si «Madrid» o «el Estado» no cede a sus exigencias. De ahí el planteamiento de la petición del Guernica. Es una «reparación» del mal causado.
No les importa que el de Gernika (o el de Durango) fuera el primero de una serie de bombardeos de alfombra practicados por la aviación fascista, con protagonismo italiano, sobre otras ciudades españolas. Ni que el Guernica fuese una obra ejecutada para la República española, es decir, para la democracia en España, que ninguna «reparación» debe hoy a la comunidad vasca.
Ni que el cuadro pueda sufrir daños graves en un traslado, lo cual ha sido la premisa para rechazar la petición, atendible sin ese obstáculo. Sánchez se lo cedería de mil amores, sin que le preocupara el contenido de ceremonia triunfal del 7 de octubre, con Euskadi frente a España. Intentaría asistir de invitado, si sus asesores de imagen se lo recomiendan. Lo que importa a Pradales y a Esteban es únicamente dar otro paso en la afirmación nacional vasca, entendida como erosión y retroceso permanentes «del Estado». Nunca como consolidación de lo ya logrado desde 1978.