The Objective
Félix de Azúa

Y dale que te pego

«Lo de ser (o no ser) español se presta a toda clase de contorsiones grotescas y vamos a pasar un buen rato constatando la estupidez abismal de nuestros estadistas»

Opinión
Y dale que te pego

Ilustración de Alejandra Svriz.

A raíz del extremo pacto extremeño se ha puesto en marcha una disputa que me parece va a ser de las mejores del año. La cuestión, asunto inédito en este país, pero muy comentado en universidades como Tubinga o Harvard, es averiguar quién es español y quién no. Como siempre, en una sociedad tan religiosa, es un conflicto con motivos económicos.

El asunto es decidir quién se puede aprovechar de los servicios sociales del Gobierno y quién no. Cuestión que parte de un principio por lo menos dudoso: ¿hay servicios sociales en España de los que pueda uno beneficiarse? Sin duda conocemos algunas entidades que utilizan esa etiqueta y tienen algún uso, pero no porque las financie el Gobierno. Me explicaré: la seguridad social médica, por ejemplo, en realidad la están financiando los facultativos, las enfermeras, el personal sanitario y los mismos enfermos, a cambio de casi nada, de la mera supervivencia (si hay suerte), con trabajos apenas remunerados. El Gobierno y la ministra del ramo, mientras tanto, toman unos rebujitos con sombrillita de colores.

Otros servicios sociales, como el transporte, son más propios de Burkina Faso y deberían llamarse «sevicias sociales». Al frente se encuentra uno de los caraduras mayores del reino, un alcalde fracasado que no tiene ni idea de cómo transportar a los españoles y, además, se la suda. Este lo tiene claro: es español todo aquel que se juega la vida haciendo uso de su Ministerio, pobre animalito.

Pero ahí está la clave del asunto: los españoles. ¿Quién demonios es español? Ya recuerdan a aquel político, adelantado a su tiempo, que afirmó que solo era español quien no podía ser otra cosa. Era un poco exagerado; hay sitios peores, pero tiene una cuantiosa descendencia ideológica entre las masas progresistas. Veamos otro ejemplo.

¿Es el estupendo escritor Eduardo Mendoza un español? Este es un caso fácil, pues sin duda ha de serlo porque un grupo de catetos catalanes ha llamado a sus huestes a quemar las obras completas de Mendoza porque dijo que los libros no tenían nada que ver con ese pobre santo, Jordi, que el Vaticano ha dicho que no existió jamás. Mendoza, sin duda, es español.

«A los nacionalistas catalanes del agro, trasplantados a la ciudad, les gusta quemar libros que no sean de Manuel de Pedrolo»

A los nacionalistas catalanes del agro, trasplantados a la ciudad, les gusta quemar libros que no sean de Manuel de Pedrolo. Les recuerda a cuando sus admirados carolingios hitlerianos quemaban toda suerte de libros en los espacios públicos, a poder ser de noche, que queda más bonito. Ellos se ven así un poco creciditos y con los bolsillos llenos de salchichas.

Otro ejemplo: ¿pueden los múltiples asesinados por el separatismo vasco llamarse españoles? En este caso, sin la menor duda, porque fueron apiolados precisamente por ser españoles, aunque habría que añadir «y de la Guardia Civil». Un documental estremecedor que se titula Casa y cuartel. ETA contra la Guardia Civil, de Felipe Hernández Cava, pone los pelos de punta. Aquellos doctos vascos no solo asesinaron a los guardias por centenares, sino también a sus mujeres y a sus hijos.

Ahora bien, si usted no es Mendoza ni un guardia civil asesinado con sus niños, ¿es usted español? Según el lacayo mayor de Sánchez, un tal Bolaños, es español todo quisque con tal de que dé mucha pena. En su manifestación del otro día en las Cortes haciendo pucheritos, esa monada de ministro preguntó al PP si iban a dejar morir de sed a un bebé magrebí, o algo por el estilo. La altura intelectual del ministro no justifica que tenga un gusto tan grosero, pero, en fin, ahí estaba él con sus gafas (su único atributo) preguntando por la vida de los bebés magrebíes o subsaharianos con un gesto senatorial romano que le caía francamente grande.

Mientras los nacionalistas asesinaban a los hijos de guardias civiles, me parece que Bolaños no soltó una lágrima, y, lo que es ahora, en lugar de lágrimas está soltando a los asesinos. Aunque es posible que me equivoque y que estaba entonces muy afligido por averiguar qué pasaba con esos bebés españoles a los que la ETA ponía bajo sus peculiares servicios sociales.

Como es habitual entre nosotros, lo de ser (o no ser) español se presta a toda clase de contracciones o contorsiones grotescas, y vamos a pasar un buen rato constatando la estupidez abismal de nuestros grandes estadistas y su servicio doméstico.

Publicidad