La fiebre amarilla
«¿Quién de los mil asesores que le estamos pagando al tiranillo sabe algo de aquel continente? ¿Algún día conoceremos sus nombres y sus sueldos?»

Ilustración generada mediante IA.
Desde el medievo, las relaciones de los europeos con la China (que entonces no se llamaba así) han sido siempre curiosas y con un punto de humor, de donde «naranjas de la China», «cuentos chinos» y otras figuras de la mentira. Y esto es una constante desde el mítico (y seguramente falso) viaje de Marco Polo en el siglo XIII, al que, según la leyenda, le debemos los espaguetis.
Como es natural, en las expediciones se mezclaban las esperanzas codiciosas y la curiosidad sana y aventurera. El inmenso continente formaba parte de un mundo ajeno, distante, sideralmente lejano. A nadie le preocupaba no saber nada de ellos y quizás por esa razón se mantenían en el más estricto secreto, cerrados en sí mismos, como esos pueblos que tienen un descomunal orgullo patrio, pero a nadie le importa una higa.
Eso, curiosamente, no sucedió nunca con el otro continente asiático, la India, a la que siempre se trató con respeto, a lo mejor porque un (digamos) europeo, Alejandro Magno, llegó hasta allí y creó una interesante cultura de la que aún quedan restos. Lo más parecido a una sociedad secreta, presa en sí misma y celosa de que nadie estropeara su paz, por lo general una paz de los cementerios, fue Japón, pero allí desde muy pronto se internaron los misioneros cristianos, españoles y portugueses, así como los mercaderes del norte de Europa.
En cambio, China no tuvo ni siquiera esa penetración cristiana, excepto en áreas muy alejadas del centro de poder, la Ciudad Prohibida. Hasta el siglo XVIII, aquel era un enorme sólido tan anómalo y distante como la Luna. Incluso mi generación no tuvo otra fuente de información que el relato de Julio Verne Las tribulaciones de un chino en China, aparecido en 1879. Sin embargo, cuando empezaron a llegar noticias reales, fue peor, porque los más descerebrados nos hicimos comunistas prochinos sin tener ni la menor idea de las carnicerías de Mao.
Es un fenómeno mal estudiado este del maoísmo europeo de los años setenta. Sólo sabemos que es uno de los ejemplos más brillantes de la estupidez humana. De hecho, las primeras informaciones serias llegaron con los imprescindibles libros de Simon Leys, ferozmente atacado por los mayores imbéciles de Francia e Italia. Los ha ido publicando Acantilado y puede leerse con mucho provecho Sombras chinescas, por ejemplo. Tienen ya 40 años, pero siguen siendo actuales. En China todo cambia muy despacio, o sea, no cambia.
«Uno se pregunta qué demonios sabe Sánchez de la China y quién le informa sobre la burocracia maoísta»
Así que uno se pregunta qué demonios sabe Sánchez de la China y quién le informa sobre la burocracia maoísta. Esperemos que no sea ese lacayo suyo, Albares, notorio por su colosal incompetencia. ¿Quién de los mil asesores que le estamos pagando al tiranillo sabe algo de aquel continente? ¿Algún día conoceremos sus nombres y sus sueldos? Los socialistas son tan secretos como la China del mandarinato. Se adivina, sin embargo, el principio habitual de los colonizadores: la codicia y la religión.
En el caso de la codicia no hay que dar explicaciones. Expulsado de su país, Sánchez se agarra a lo que salga. Le da lo mismo que sea Pekín o Auschwitz. Lo importante es que esté presente un fotógrafo a sueldo. Y en cuanto a la religión, este es un viaje, no de ida, sino de vuelta: la religión de Sánchez tiene un solo dios, que es él mismo, pero admite adoración por parte de quien se le ponga delante con un dólar entre los dientes en lugar de un tomatazo. En compensación, lo subirá a un altarcito.
Así que está bastante claro lo que se puede traer de regreso. Habiendo perdido el apoyo progresista de Maduro, dado que su grotesco amigo está en la cárcel, puede ahora adoptar otra gran institución del progresismo mundial, la dictadura comunista china. Es este un trasto que yacía cubierto de polvo en un rincón de la casa, como la célebre arpa del romanticismo, pero que ahora puede ponerse a tañer alguno de los innumerables asesores del tiranillo. A poder ser, rapado y con coleta.
De modo que no se extrañen si, a su regreso, el papa del socialismo latino comienza a vender comunismo chino y sus lacayos se lanzan a escribir milagros sobre la tiranía china, modelo estelar de los españoles. Pero los chinos tienen un problema: su principal misionero era, hasta ahora, Rodríguez Zapatero, el buhonero del sanchismo, y eso acaba con la salud de cualquier persona, incluso si es china.