The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Balance de la visita del Papa

«De la ambigüedad del Papa da prueba el hecho de que en el espectro político casi todos, a izquierda y derecha, han quedado razonablemente satisfechos con él»

Opinión
Balance de la visita del Papa

Imagen creada con inteligencia artificial.

¿Se ha ido ya el Papa?

¿Ya se han escrito todos los artículos? Quiero decir: todos los artículos sobre la visita del Papa y su profundo significado.

¿Sí? ¿Ya se ha ido? Vale, pues ahora vengo yo a decir la verdad. Pero antes, felicito a todos los creyentes en la fe católica que se han visto confortados y alegrados por la visita del Pontífice a Madrid, Barcelona y Canarias.

Y de la misma manera que felicito a los creyentes si han sacado de la visita papal y sus trayectos en papamóvil alguna alegría o conforte, compadezco a mis colegas columnistas que —¡actualidad obliga!— han tenido que cavilar mucho para tratar de decir algo original o por lo menos interesante sobre lo que Lacan y Laclau, cada uno con sus matices, llamaron un «significante vacío».

O sea, un signo con un sentido no cerrado y fijo, sino lo bastante abierto y flexible como para que muchos, siendo diferentes y hasta cierto punto opuestos, puedan reconocerse en él. Lo cual, por descontado, no tiene nada que ver con la autoridad religiosa de León XIV ni con la acreditada solidez intelectual de Robert Francis Prevost.

Yo, por mi parte, aunque todos los papas me caen bien (por su excepcionalidad y tremenda responsabilidad), por lo menos desde Juan XXIII, estos días he procurado enterarme lo mínimo posible de la visita, mantenerme cuidadosamente lejos de los escenarios y de las pantallas de televisión donde salía el «Santo Padre» (yo prefiero «Sumo Pontífice») o en las que se hacían exégesis de sus discursos.

Me mantengo lo más alejado que puedo del significante vacío, no vaya a caer en él…

Del vacío o ambigüedad del Papa da prueba el hecho de que en el espectro político casi todos, a izquierda y derecha, han quedado razonablemente satisfechos con él. Porque, con alguna discrepancia, han podido capitalizarlo —o eso creen— en beneficio propio. Hasta los lazis han quedado muy contentos de que pronunciase alguna frase en catalán (reprochando de paso al Gobierno, por boca de una señora muy belicosa que tienen destacada en el Congreso, que no use nunca ese idioma).

Bien, ha venido el Papa, ha pronunciado sus discursos, o sermones, y a todo el mundo le han parecido bastante bien. Con algún «peroooo…». O sea, con leves discrepancias, que son bienvenidas para marcar, dentro del asentimiento, dentro de la sintonía, alguna distancia, señal de independencia de criterio.

Así, la izquierda ha quedado encantada de la llamada del Papa a la solidaridad con los inmigrantes, y con su condena de las guerras, aunque con su rechazo al aborto y la eutanasia no comulgan (nunca mejor dicho).

A la derecha le chirría tanta comprensión con la inmigración, pero por lo demás, todo lo que diga el portavoz de la civilización cristiana va a misa (nunca mejor dicho).

Después de su marcha —¿por qué se ha ido ya, verdad?— he leído la prensa sobre su viaje a España y veo que los mensajes que nos ha lanzado son los siguientes (no cito literalmente):

Hay que respetar la identidad de cada pueblo. Todos los seres humanos tienen la misma dignidad y son tan merecedores de respeto como cualquiera. Hay que seguir caminos pacíficos para resolver las disputas según el derecho internacional. Hay que defender la justicia y practicar el diálogo paciente, ya que el diálogo y el consenso —y no la imposición— es el camino recto para alcanzar el bien común. El poder tiene unos límites morales. La Iglesia no siempre ha estado a la altura de la religión cristiana. Las leyes tienen que respetar la dignidad del ser humano.

Según una periodista de un gran periódico nacional que suelo leer, el del Papa ha sido «un discurso arriesgado que no dejó a nadie indiferente».

¿Ah, no? ¿A nadie? ¿Seguro?

Discursos tan arriesgados te los escribo yo a puñados y en un minuto. Por ejemplo, este:

«Antes de juzgar negativamente a alguien, piensa que quizá oculta una secreta herida, un dolor, una enfermedad. Si se muestra contigo descortés y un poco borde, no se lo tomes en consideración. Ahora bien, si pasa a los insultos, entonces plántate, pues no hay que ser orgulloso, pero sí hacerse respetar».

«En la familia, que es el núcleo de la sociedad, es bueno que reine la armonía. Procura llevarte bien con todos, empezando por tus padres y tus hermanos, luego con los primos y luego hasta con tus cuñados».

«El que por la mañana holgazanea en la cama, nunca llegará a nada. Procura madrugar. Ahora bien, tampoco madrugues demasiado, porque si uno duerme muy poco, su salud tarde o temprano se resentirá. Mi prescripción sería siete horas de sueño, más o menos».

«Si en tu teléfono móvil aparece un número desconocido, lo prudente es no descolgar, pero si descuelgas, y un desconocido te pregunta tu número de cuenta bancaria y la clave para acceder a ella —pretextando que llama del banco—, no se lo des, puede ser que quiera timarte. Mucho ojo».

«Disfruta de cada minuto del día. Piensa que podría ser el último. Pero tampoco lo pienses demasiado, porque si te obsesionas con eso, vivirás despavorido, y no podrás hacer absolutamente nada».

«Cuando te sientes a la mesa, no te abalances sobre la comida. Espera a que todos se hayan servido y solo entonces empieza a comer. Pásale con frecuencia la fuente de la ensalada y la cestita del pan al comensal contiguo».

Con un sermón así no creo que convenciese a ningún taimado, de los que tanto abundan en esta cochiquera que es el mundo, de que se pasase al lado del bien. Pero tampoco los sermones del Papa creo que hayan convencido a ningún sicario albanés de que tire a la basura el kalashnikov, empuñe el rosario y se postre de hinojos.

Veo su viaje a España —y el de Bugs Bunny, o Bad Bunny o como se llame— como parte del espectáculo veraniego, que ahora se prolongará con el Mundial de fútbol y el Tour de France. Sigamos atentos a sus pantallas, a la serie de festejos y entretenimientos anodinos con los que vamos distraídamente hacia el apocalipsis. 

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