The Objective
Ignacio Vidal-Folch

Rarezas británicas

«Diez años no es nada, en términos de historia, pero todo eso está dejando claro que la británica no es una sociedad tan superior como yo creía»

Opinión
Rarezas británicas

Ilustración creada con inteligencia artificial.

Estando de visita en Londres, hace ya muchos años, las chicas del piso me enviaron al videoclub, con la misión de alquilar una película, que veríamos por la noche.

—Asegúrate —me dijeron— de que sea una película buena.

Fui, pues, al videoclub. El empleado me dio confianza, pues era melenudo, con barba, con cierto aire de intelectual desganado. Cogí una peli y le pregunté:

—¿Es buena?

Respondió:

Oh, it’s brilliant! (es brillante).

A punto estuve, por consiguiente, de alquilarla, pero en ese momento vi en las estanterías otra película que me pareció que tenía que ser interesante. Blandiéndola en alto, le pregunté al chico:

—¿Y esta? ¿La ha visto? ¿Es buena?

Oh, it’s brilliant.

Y así tres veces. Ya mosqueado, le pregunté:

—¿Qué pasa? ¿Es que todas las películas le gustan?

Respondió:

No, but today it’s my «brilliant» day (No, pero es que hoy es mi día «brillante»).

Me pareció que una sociedad en la que hasta el empleado de una tienda tenía tanta retranca, y un sentido del humor tan displicente, tenía que ser una SOCIEDAD SUPERIOR.

Fuimos al metro, le di al tipo en la taquilla algunas instrucciones: «Mire, quiero un billete de ida y vuelta a Oxford Street, y otro billete, solo de ida, a Epping, pero con la posibilidad de coger el enlace con el tren de…».

El indio me preguntó:

And sugar and milk? (¿Y leche y azúcar?)

Si hasta los inmigrantes que trabajaban en las taquillas del metro habían adoptado el sentido del humor británico, aquello quería decir que la inteligencia colectiva de aquel país era superior. Superior, especialmente, al español, que tiende a ser primario e impulsivamente reactivo. Signo claro de debilidad mental.

Oh, but it was time ago…

Leo ahora la dimisión de Keir Starmer, cuestionado por su propio partido (Labour, socialdemócrata) tras solo dos años como jefe de Gobierno. No ha sido capaz (y le han dado solo dos años para intentarlo) de revertir la sensación general de que el Estado es un barco a la deriva y no se atisban esperanzas de mejora.

Hace exactamente diez años, los británicos, orgullosos de sí mismos y hartos de las imposiciones y la burocracia de Bruselas, en las que, convencidos por algunos profetas populistas, cifraban sus males y su falta de expectativas, decidieron salir de la CE. «¡Recobremos el control!». En estos diez años han gobernado y caído seis presidentes de Gobierno: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y Starmer. A cuál más fatuo.

Diez años no es nada, en términos de historia, pero todo eso está dejando claro que la británica no es una sociedad tan superior como yo creía, hace 20 años, cuando iba al videoclub y a la estación del metro, y aquella gente de a pie me deslumbraba.

Ahora, en lugar de Starmer, vendrá otro panoli, que tampoco podrá llevar a la sociedad al paraíso terrenal, y luego vendrá Nigel Farage, que es tan elemental como el mismísimo Donald Trump. Todavía nos entierran en dinero, pero ¡qué país! Qué solidez tan licuada, tan incierta.

No muy brilliant. No muy brilliant years.

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