The Objective
José Luis Pardo

La risa y el miedo

«Según decía Karl Kraus, ilustre austriaco, hay dos formas de incultura: la de quienes utilizan las urnas como urinarios y la de quienes utilizan los urinarios como urnas»

Opinión
La risa y el miedo

Ilustración generada mediante IA.

Ya saben ustedes que se está celebrando la Bienal de Venecia número 61. Saben también que en estas reuniones los creadores y comisarios de exposiciones más avanzados del mundo hace tiempo que han descartado a esa clase de artistas —si es que queda alguno— que construyen libremente sus obras sin esperar a que los comisarios, como en otro tiempo hacían los nobles, se las encarguen, y que a dichos eventos tampoco son bienvenidos los espectadores que acuden con ánimo meramente contemplativo y sin ninguna consigna previa, dispuestos a juzgar según su propio criterio lo que ven y oyen. Y por eso mismo saben también ustedes que en el pabellón de Austria hay este año una instalación —ay, iba a decir «una atracción»— que solo funciona gracias a la colaboración de los visitantes socialmente comprometidos que, desafiando la pasividad que en otro tiempo caracterizaba su condición, se ofrecen gratuitamente a orinar en unos recipientes especiales. Se les explica que, a través de unos conductos dispuestos para ello, los orines llegan hasta un tanque de líquido en el que bucea una señora convenientemente desnuda que justifica el título de la pieza: Yo vivo en tu pis.

Ya sé que el contexto les hará pensar que se trata de un homenaje a Marcel Duchamp, cuyo urinario infectó todo lo que hoy llamamos arte contemporáneo. Pero no es así. Según la versión oficial, esta obra de Florentina Holzinger es una denuncia del modo en que los poderosos desalmados, además de destruir el planeta, obligan a los más vulnerables de la sociedad a sobrevivir entre los residuos tóxicos de sus amos. Es decir, que está pensada para que el espectador, en lugar de pasear por las salas como un turista desmochado y depredador, tome conciencia del daño que el capitalismo salvaje les está haciendo al mundo y a sus habitantes más desvalidos. La Fuente de Duchamp pretendía suscitar la risa; el tanque de Holzinger quiere provocar terror y culpa. Otra cosa es que algunos de los visitantes tengan una reacción inapropiada y la obra les dé bastante risa. Ya se sabe que el público, cuando no está debidamente adoctrinado, es una de las cosas que más perjudica al arte contemporáneo.

Con todo, esta explicación del significado de la obra se queda corta si olvida lo principal: que hoy el arte ya no se pretende, como antaño, imitación de la vida, sino que se produce bajo el supuesto de que es la vida la que imita al arte. Pongo un ejemplo al azar. Si nos fijamos en la ¿nueva? ofensiva lanzada desde las filas socialpopulistas contra algunos jueces, policías y periodistas —es decir, precisamente las profesiones cuya clave de bóveda es la independencia o la neutralidad institucional respecto del reparto electoral—, podríamos decir que, a su manera, también dicha ofensiva es una instalación —o acaso un montaje— en la que un expresidente, varios exsecretarios de organización y un montón de exmilitantes del PSOE —quién sabe si algún día también un exhermano y una exesposa— nadan en un tanque de aguas fecales al que les han arrojado los togados y plumillas desafectos por orden de la oligarquía internacional. Las únicas diferencias con la función veneciana son que las inmundicias entre las que se mueven estas «víctimas» no son más que sus propias deyecciones, y que el sistema de reciclaje de desechos y blanqueo de fechorías no acaba de funcionar bien. Pero esto es importante para evaluar la credibilidad de esta clase de ficciones, tanto artísticas como políticas.

La naturaleza de los que impulsan la citada ofensiva propagandística no sale del todo a la luz en las declaraciones del presidente, sus ministros y sus portavoces mediáticos contra la prensa libre y el poder judicial imparcial, entre otras cosas porque el efecto que producen esas manifestaciones es principalmente emético. Como escribió una vez Siegfried Kracauer, la mejor manera de tomar el pulso a una época es analizar sus fenómenos más superficiales. Aplicando esta máxima, yo diría que para ver más claro es menester dirigirse a las formas más elementales y primarias de esta campaña, que se encuentran sobre todo en las redes sociales. Me refiero a memes, vídeos cortos, canciones y gifs animados en los que el ingenio deja el trabajo de ejecución visual a la así llamada inteligencia artificial. En ellos se percibe de inmediato que estas «denuncias» políticas tienen graves problemas para que alguien se las tome en serio, como les pasa a los mingitorios de aquellos artistas que se disfrazan de activistas revolucionarios, pero cobran como los chefs con cinco estrellas Michelin. Pues así también las teorías conspiranoicas progubernamentales, según las cuales los procesados del PSOE son víctimas de un complot internacional liderado por Donald Trump para desactivar el progresismo sanchista que amenaza al imperio del dólar, deberían despertar la compasión psiquiátrica hacia los argumentadores y la carcajada ante el argumento.

Deberían hacerlo porque han convertido el discurso político en un cuento de hadas mediante lo que Gustavo Bueno llamaba el «pensamiento Alicia» o, dicho de otra manera, porque no se toman en serio la política. Pero no provocan risa porque, también del mismo modo que muchos artistas y comisarios de arte contemporáneo hacen con sus espectadores, recurren para persuadir a sus votantes a la herramienta retórica más eficaz a la hora de borrar hasta el menor atisbo de cachondeo: el miedo. En sus videoclips, como en los podcasts del doctor Iglesias Turrión, no encontrarán ustedes chistes, chanzas ni burlas. Por el contrario, solo hallarán imágenes y palabras amenazantes, siniestros zombis vestidos de jueces, policías, militares y periodistas, que avanzan entre las sombras guiados por un Aznar con bigote de Hitler y una Ayuso con cara de Cruella de Vil, como en la fábula del hombre del saco con la que antaño se intentaba persuadir a los niños para que se durmieran. Es comprensible: el miedo es el instrumento más útil para controlar a los menores de edad, y es así como la izquierda y sus cómplices nacionalpopulistas categorizan a sus públicos cautivos.

«Casi todas las pancartas electrónicas exhibidas contra el Gobierno son satíricas, irónicas o al menos humorísticas, incluso si muchas no tienen demasiada gracia»

Y a quien aún se sorprenda ante la solidez y la altura del suelo de votantes socialistas impenitentes, hay que recordarle que una de las razones por las que la infancia se añora como un paraíso de felicidad es que la mayoría de edad comporta incómodas responsabilidades y todos los inconvenientes asociados a la libertad. Y es más fácil dormir —tal vez soñar— que estar despierto y libre. Me dirán ustedes que también abundan en Internet las viñetas y cuchufletas digitales de signo contrario a los que mandan. Y eso es lo verdaderamente interesante. Porque, aunque a primera vista podría pensarse que unas y otras serían intercambiables, abstracción hecha del antagonista al que se dirigen, la realidad es que existe una enorme diferencia y hasta una distinción formal entre ellas. Mientras que la inmensa mayoría de las progubernamentales utilizan el miedo y el odio —que, al decir de Nietzsche, suele acompañar al temor— como principales combustibles, casi todas las pancartas electrónicas exhibidas contra el Gobierno son satíricas, irónicas o al menos humorísticas, incluso si muchas no tienen demasiada gracia, y todas pretenden ridiculizar a los caricaturizados y hacer reír a su costa a los espectadores. Algo que hay que reconocer que no exige demasiado esfuerzo.

A diferencia del temor al hombre del saco y a la Reina Roja que aterrorizan a los menores, el sentido del humor es propio de los adultos, que lo utilizan como bálsamo para engrasar las relaciones sociales, como ejercitación de la libertad de expresión, como terapia contra la vanidad y hasta como medio de conocimiento. Se comprende que en el PSOE no estén para bromas, con los sustos que les dan a diario la UCO, la UDEF y los tribunales de los que dependen. Es verdad que tienen cómicos a sueldo, pero el buen humor incluye siempre un ingrediente de naturalidad, de ocurrencia y de indisciplina, y los bufones patrocinados por el poder pierden la gracia al aceptar ese patrocinio. Incluso cuando intentan contar un chiste no consiguen que se ría nadie más que ellos —con ese hipo nervioso que suena a demencia—, y sus bromas siempre son muy pesadas. Por no hablar de los miembros de Sumar, a quienes sus estatutos obligan a llorar varias veces al día por las guerras, las hambrunas, las injusticias y los toros de lidia —y también un poquito por sus expectativas electorales—, de manera que nada de chuflas ni de chirigotas y mucha alerta antifascista.

En cuanto a los secesionistas, entre ellos no se admiten burlas con las sagradas cosas que atañen a la sangre, a la tierra y al conciertazo, y triunfa el miedo a los españoles, que es como ellos llaman a los fascistas y al hombre del saco. En Vox también están muy serios, ya que han sido elegidos para representar en este cuento el papel del lobo feroz de Caperucita Roja, y su prestigio depende de que se les tenga miedo: sin esa mueca de fiereza, la izquierda Caperucita dejaría de llamarles fascistas y perderían su principal encanto. Por eso tampoco se permiten jolgorios. Ya sé que ni Rajoy ni Núñez Feijóo son Churchill, pero yo diría que uno de los motivos de que el PP sea el partido más votado de España es que ostenta la exclusiva del sentido del humor en el Parlamento. Que a una mayoría de españoles les den risa aquellos que intentan meterles miedo es un síntoma de que la mayoría podría llegar a serlo también en el sentido de mayoría de edad, y de que se está percatando de que el peligro no es el lobo feroz, sino la perversa Caperucita que, envuelta en su disfraz de ingenuidad, se apresura a dar para el pelo a los jueces peinados y niega a los tribunales supremos su condición de última instancia.

Pero no hemos de olvidar que hoy es la vida —al menos la vida política— la que imita al arte contemporáneo, y que el arte contemporáneo es heredero del vanguardismo del siglo XX, del que ya decía Ortega y Gasset que es cosa de minorías y que las masas no lo comprendemos. Y a lo mejor es verdad que deberíamos esforzarnos un poco más. ¿Quién nos asegura que la orina obedientemente depositada en el pabellón de Austria por los visitantes más políticamente conscientes de la Bienal de Venecia va realmente a un mecanismo de depuración y finalmente llega al tanque de agua? ¿No será la explicación oficial parte del artificio y de la paradoja? ¿No será que esos orines acaban más bien en las alcantarillas —lo que abarataría mucho la producción de la obra— y que jamás alcanzan a la buceadora, ya que el verdadero objetivo de esta micción-ficción es averiguar hasta qué punto se puede convencer a los ciudadanos de que hagan cualquier majadería, por ridícula que parezca? ¿Y no imita la política a este arte cuando pone a prueba el sentido del ridículo de los contribuyentes para inducirles al voto del miedo y evitar de este modo, por así decirlo, que meen fuera del tiesto electoral al que se les destina?

Según decía Karl Kraus, otro ilustre austriaco, hay dos formas de incultura: la de quienes utilizan las urnas como urinarios y la de quienes utilizan los urinarios como urnas. Pero muy bien podría ocurrir que esas dos formas fueran solamente una, y que a estas alturas ya hayamos superado la dolorosa diferencia entre la política que imita el arte y lleva a votar con la saña de quien derrama su orina sobre el enemigo para humillarle, y el arte que imita la política y obliga al público a orinar como quien introduce su voto en el orinal del progreso. Porque quizá todas las inculturas, como todos los extremos, se tocan.

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