The Objective
José Luis Pardo

Los duendes y el zapatero

«Que Zapatero se haya convertido en símbolo inspirador del progresismo es la prueba de la decadencia y la degradación de la izquierda en general en nuestro país»

Opinión
Los duendes y el zapatero

Imagen creada con inteligencia artificial.

Los gobernantes son hombres de acción, y se les ha de juzgar, sin duda, por lo que hacen. Pero en una democracia los políticos se deben a los electores, y por ello deben explicar y justificar sus decisiones y someterlas al debate público, por lo que su discurso es igualmente importante para valorar sus acciones y para determinar hasta qué punto lo que dicen concuerda o no con lo que hacen.

El discurso político de José Luis Rodríguez Zapatero fue desde el principio muy pobre, simplón, superficial y extremadamente cursi y sentimentaloide. Lo que, desde luego, puede constituir una ventaja para captar a un público que busque facilidad y comodidad o, dicho de otro modo, es el abecé de la fórmula populista.

En el caso que nos ocupa, se reduce prácticamente a la consigna de los hippies, «paz y amor», con sus consiguientes derivados positivos (acuerdo, entendimiento, reconciliación, alianza, convivencia, talante, buen rollito, etc.) y negativos: yo escuché en cierta ocasión al expresidente defender la erradicación de toda forma de violencia (incluida, por tanto, la que la policía ejerce sobre los delincuentes cuando les detiene por orden de un juez; ahora lo comprendo mejor). Pero su práctica resultó mucho menos inocua. No es que todas sus políticas fueran nefastas (aunque siempre tuvieron más de esas buenas intenciones de las que está empedrado el infierno), pero algunas de ellas sí resultaron dañinas.

Cuando aún era solo secretario general del PSOE, apoyó el Pacto del Tinell, que por primera vez sellaba una alianza entre el Partido Socialista de Cataluña y el secesionismo y que obligaba a sus firmantes a renunciar a todo acuerdo con el Partido Popular e impedir la presencia de este último en el Gobierno central. Y a esta coalición indigesta se aplicó antes que a otras la expresión «Gobierno de progreso».

Fue una pequeña mentira, como la de cierto estudiante francés de medicina que, por atravesar un trance especialmente delicado (acababa de conocer el suicidio de una amiga), faltó a un examen de una de sus asignaturas y decidió hacer ante los demás como si hubiese asistido a ese examen y lo hubiese aprobado. ¿Quién no ha hecho algo así alguna vez?

«Abordó la pacificación del País Vasco y la implantación del amor entre sus nativos y el resto de españoles, alabando la contribución de Otegi»

Elegido presidente por una trágica carambola tras los atentados de Atocha, para justificar la salida de las tropas españolas de Irak, aplicó el pacifismo en la versión del antiamericanismo ramplón (se negó a saludar a la bandera de Estados Unidos en 2003) que siempre fue característica de la extrema izquierda, y que el PSOE había abandonado bajo el liderazgo de Felipe González, quien defendió el ingreso de España en la OTAN y colaboró con George Bush padre en la llamada «primera guerra del Golfo».

«El terrorismo no se combate con una guerra», fueron sus palabras, sino con negociación, diálogo y concesiones apaciguadoras. Con este espíritu convirtió en programa de Naciones Unidas la idea del presidente de Irán de establecer un diálogo entre Occidente y el Islam (la Alianza de Civilizaciones), que tantos frutos ha cosechado desde entonces, y abordó la pacificación del País Vasco y la implantación del amor entre sus nativos y el resto de los españoles, alabando la contribución de Arnaldo Otegi al final de la violencia (sin decir una palabra sobre su contribución al comienzo de la misma) e impulsó una negociación con ETA, olvidándose del pacto que había firmado con el Partido Popular algún tiempo antes y derogando el artículo del Código Penal, introducido por dicho partido, que consideraba delito la convocatoria de un referéndum no autorizado por el Gobierno.

ETA mostró su aquiescencia con un bonito atentado en la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas en 2006. O sea, que lo del proceso de paz fue otra mentira, como la del antes citado joven francés cuando engañaba a su novia (que incluso preparaba con él algunos exámenes), a sus padres y a sus compañeros haciéndoles creer que seguía estudiando medicina, cuando en realidad había abandonado la carrera.

Aplicando el mismo estilo en Cataluña, para atraer a los separatistas catalanes al buen camino federal, amplió de facto el espíritu del Tinell al resto del Estado, apoyándose para gobernar en Esquerra Republicana (algo que nunca antes había hecho el PSOE) y, tras añadir a Convergència i Unió al mix parlamentario «progresista», logró la aprobación en las Cortes Generales del Estatuto Catalán de 2006, que no era en absoluto una reclamación de la mayoría de los catalanes y que luego sería parcialmente derogado por el Tribunal Constitucional (una afrenta que Rodríguez Zapatero nunca comprendió ni perdonó). 

«Se trataba de iniciativas que contribuyeron a redefinir el ‘progresismo’ de la izquierda de acuerdo con los intereses del independentismo»

Se trataba, por tanto, de iniciativas que, bajo la consigna del amor y la paz, contribuyeron decisivamente a redefinir el «progresismo» de la izquierda de acuerdo con los intereses divisivos y segregacionistas del independentismo y, por tanto, en contra de la mayoría social española y del interés público de la nación. También en este caso lo de presentar como un «avance histórico» un Estatuto de Autonomía anticonstitucional fue una mentira, aunque la alianza con las fuerzas que querían disolver el consenso sobre el que se apoyaba el pacto de 1978 fue totalmente verdadera.

Como fue verdad que el ya no tan joven Jean-Claude Romand, nuestro fallido estudiante de medicina, se casó con su novia y que ambos se establecieron en un pueblecito francés cercano a la frontera suiza, aunque su licenciatura en medicina (de cuya realidad convenció a todos sus allegados) era totalmente falsa. Como era totalmente falsa la excusa de que la Ley de Memoria Histórica venía a traer la definitiva curación de las heridas de la guerra civil.

Al presidente Rodríguez Zapatero no le gustaron nada ni la desabrida reacción de los Estados Unidos ante su precipitada retirada ni la recién citada sentencia del Tribunal Constitucional, pero lo que menos le gustó de todo fue la reacción de la Unión Europea ante la crisis de la deuda de 2008, que le obligó a un recorte drástico del presupuesto y a una modificación exprés de la Constitución.

A sus ojos, este final abrupto y desolador deslucía dos legislaturas estelares llenas de progresos y arruinaba su convergencia planetaria con Obama. Su discurso pueril de amor y paz no servía para la grave situación que atravesaba el país, y tuvo que soportar que el 15-M le robara el protagonismo y le hiciera quedar como el malo de la película.

«El ya expresidente les compró el paquete completo a los bolivarianos y neoperonistas»

No me refiero, claro está, a las gentes que acamparon en 2011 en la Puerta del Sol y en otros centros urbanos con mejores o peores razones. La experiencia me ha enseñado a desconfiar de la llamada «espontaneidad de las masas» (una expresión probablemente autocontradictoria). Me refiero a quienes los convocaron a aquellas concentraciones, como habían hecho muchas otras veces, pero en esta ocasión con un éxito que a ellos mismos les sorprendió. Se trataba de las «nuevas generaciones» de la izquierda estalinista.

Unas generaciones cuyo mito fundacional ya no era la Revolución de Octubre, sino la cubana, y que veían cómo, desde que los partidos comunistas de los países desarrollados renunciaron a la lucha armada, sus posibilidades de alcanzar el poder político por vía electoral habían ido disminuyendo hasta la irrelevancia. Pero que también veían cómo el camino emprendido por el populismo chavista y kirchnerista se había mostrado capaz de llegar al gobierno (aunque con la intención de permanecer en él sine die) por medios formalmente democráticos en algunos Estados latinoamericanos, aplicando una estrategia de radical división social entre «la gente» y «la casta». Algo que también les ha dado excelentes resultados a Farage, a Marine Le Pen o a Alternativa para Alemania.

En España —en donde el último rescoldo de la lucha armada (o sea, ETA) se disolvió precisamente en 2011, centrándose a partir de entonces en el «frente político»—, los indignados identificaron en bloque a «la casta» (también conocida como «la derecha») con el llamado «régimen del 78», eminentemente representado por el PSOE y el PP, y designaron como «la gente» (natural y espontáneamente de izquierdas) a todos los que se encontraban incómodos en la Constitución, es decir, fundamentalmente los nacionalistas separatistas (una expresión probablemente redundante) y los estalinistas, a los que podía añadirse cualquiera que se sintiera afectado por la crisis, deprimido o fracasado en sus intentos de emparejamiento.

El ya expresidente les compró el paquete completo a los bolivarianos y neoperonistas: para vengarse del imperialismo yanqui y de la UE neoliberal, se convirtió en el abogado del diablo chavista y del gigante asiático y se afilió al Grupo de Puebla, uno de cuyos objetivos fundacionales es (nota bene) la defensa de liderazgos de izquierda frente a lo que denominan persecuciones judiciales o mediáticas (lawfare). Seguro que les suena.

«Para sacudirse la etiqueta de representante de la casta, se propuso borrar del mapa al viejo PSOE»

Para sacudirse la etiqueta de representante de la casta, se propuso borrar del mapa a aquel viejo PSOE que a veces llegaba al extremo de pactar asuntos de Estado con el Partido Popular, por lo que apostó ciegamente por Pedro Sánchez, al que ungió como continuador de su obra y le ofreció el papel protagonista de la nueva serie Intriga en Huawei.

Y para vengarse del Tribunal Constitucional exigió primero que se revisase la sentencia que recortó el Estatuto de 2006 y luego apoyó entusiásticamente los indultos, la eliminación de los delitos de los golpistas de 2017 y finalmente la amnistía, y ofició de interlocutor con Carles Puigdemont cuando la permanencia de Sánchez en el Gobierno pasó a depender exclusivamente del capricho del prófugo, y de muñidor de la transformación del actual presidente desde el «no es no» al «Xi es Xi».

Así que tampoco es verdad que Rodríguez Zapatero haya sido el alma caritativa que liberaba presos políticos en Venezuela, a menos que se añada que también trabajaba a favor del régimen que los encarcelaba. Como no era verdad que el falso doctor Romand ejerciese la medicina en un hospital situado al otro lado de la frontera (en Suiza), sino que lo cierto es que empleaba su tiempo refugiándose en alguna biblioteca o paseando por los bosques.

Y no es verdad que Rodríguez Zapatero haya sido una figura señera ni que haya ejercido liderazgo alguno en el terreno internacional (al menos en el sentido decente de la expresión), como fue mentira que el impostor Romand se convirtiese en alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud, a pesar de que su familia, sus amigos, sus vecinos y hasta su amante estaban convencidos de ello.

«Quizá algún día lleguemos a saber lo que pasó aquella noche de 2020 en la que se reunieron en Barajas un montón de ‘meninas’ (Ábalos, Delcy,…)»

Lo que sí es verdad es que, haciéndose pasar por tal, y por tanto fingiendo tener el privilegio de poder abrir cuentas en bancos suizos, convenció a sus padres, a sus suegros y a buena parte de sus amigos y vecinos para que pusieran sus ahorros en sus manos, haciéndoles creer que él podía depositarlos en entidades financieras con grandes ventajas fiscales.

De lo que es verdad en el caso de los pingües beneficios de los negocios de Rodríguez Zapatero tendrán que informarnos los tribunales, aunque hay que agradecer a la existencia de prensa libre el que hayamos llegado a enterarnos de todo ello, y quizá incluso que algún día lleguemos a saber cómo se transitó desde el Palacio de Miraflores a la sociedad panameña Miraflores Worldwide SL y hasta lo que pasó aquella fría noche de 2020 en la que se reunieron en el aeropuerto de Barajas un montón de meninas (Ábalos, Delcy, Aldama, Koldo, etc.), como en el cuadro de Velázquez, mientras los verdaderos reyes de la escena brillaban por su ausencia en la imagen borrosa de un espejo.

Alguien que fuera un poco supersticioso probablemente pensaría que no es casualidad que hayamos conocido las graves acusaciones contra el expresidente solo unos días después de que se cumpliesen 15 años desde el 15-M. Porque, llamemos como llamemos a lo que ha mantenido a nuestro país varado en el mismo lugar durante más de una década, dando vueltas alrededor de las mismas disputas irresolubles con la intensa dedicación con la que las moscas bailan alrededor de la porquería y con la obsesiva insistencia del exasperante canto de las tórtolas, hoy sabemos que eso empezó con Rodríguez Zapatero, y que el desenlace de su presidencia en las acampadas del 15-M contiene algunas de las claves de ese encallamiento.

Así lo prueba el hecho de que la salida que ofrece hoy Pablo Manuel Iglesias desde su cubacanal, el plebiscito republicano, sea —aunque criminal para el interés general— la única posible para quienes se han instalado en la ilusión de la prioridad plurinacional. ¿Nos dejamos engañar en su momento? Probablemente, pero del mismo modo que la primera mentira del estudiante de medicina no determinaba su catastrófico desenlace, tampoco aquel principio habría tenido que conducir necesariamente a este final, y no lo habría hecho de no ser por la obra de esforzada y persistente confrontación civil a la que se ha entregado el PSOE fantasmal creado en 2017.

«Los españoles que aún tienen algo de vergüenza tienen que sonrojarse por aquellos que ya la han perdido del todo»

Cómo acabará este ciclo que comenzó en 2004 no lo sabemos (aunque en buena medida está en nuestras manos lo que suceda). Lo que sí sabemos es que, en el caso de Jean-Claude Romand (cuya historia contó primero Emmanuel Carrère en El adversario, y después se reprodujo con mayor o menor fidelidad en las películas El empleo del tiempo, El adversario o La vida de nadie), cuando la enorme mentira empezó a derrumbarse, quien la había urdido no supo hacer otra cosa que asesinar a su suegro, a sus padres, a su mujer y a sus hijos, que después de todo eran la única verdad que había en su vida y, por tanto, lo que más dolorosamente denunciaba su farsa.

Llevamos muchos días leyendo constantemente «informaciones» sobre el estado de shock, desconsuelo y desfallecimiento que se registra entre los políticos y votantes de izquierda tras la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, por ser este considerado como el «referente moral» del progresismo, de la izquierda o del socialismo, símbolo de la honradez civil e inspiración política para varias generaciones.

Pero yo creo que es al revés. Es decir, que el hecho de que Rodríguez Zapatero se haya convertido en referente político y moral y en símbolo inspirador del progresismo es la prueba de la decadencia y la degradación de la izquierda en general en nuestro país. Todo lo demás ha entrado por esa puerta abierta por la cursilería, la mentira y la ebriedad de poder.

Y lo malo es que, como un expresidente (y no digamos ya un presidente en ejercicio), aunque ni ellos ni nosotros lo queramos, nos representa a todos los ciudadanos, los españoles que aún tienen algo de vergüenza —que, como ya he dicho otras veces, yo creo que son bastantes— tienen que sonrojarse por aquellos que ya la han perdido del todo.

Por cierto, el falsario Romand salió de la cárcel hace siete años y se ha recluido en una abadía benedictina de rito preconciliar. Es una idea.

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