La fiesta del trabajador
«El film de Chaplin, ‘Tiempos modernos’, del que se cumplen 90 años, comienza con la imagen de un reloj. ¿Qué otra cosa podría representar mejor el tiempo moderno?»

Ilustración de Alejandra Svriz
El pasado mes de febrero se cumplieron 90 años del estreno de Tiempos modernos, de Chaplin. Es su última obra técnicamente muda (tiene banda sonora, pero en ella no hay diálogos, sino solo música), y la última protagonizada por el personaje de Charlot. La película comienza con la imagen de un gran reloj. ¿Qué otra cosa podría representar el tiempo moderno mejor que el reloj? ¿No es acaso la máquina moderna por excelencia? El tiempo moderno es aquel que se independiza de la naturaleza y de toda posible medida cualitativa, el que se vuelve autónomo con respecto a las estaciones y a los astros, alcanzando una precisión y una exactitud que ninguna sociedad anterior podría siquiera haber soñado. Pronto, en solo unos segundos, serán las seis en punto, y entonces algo comenzará (para empezar, comenzará la película).
El operario moverá la gran palanca que pone en marcha la fábrica, la máquina que mueve el mundo, y echará a andar la cadena de montaje. Solo un reloj moderno (mecánico) puede dar horas en punto. Puntualidad significa que el tiempo puede ser dividido en puntos, como el espacio, algo desconocido para los antiguos. Cada vez que el trabajador ejecute la operación que le corresponde se contabilizará como un instante puntual, como un punto de presente. Y así, como una secuencia de puntos encadenados los unos a los otros, habrá comenzado a transcurrir el tiempo moderno, la jornada laboral.
El trabajador es, por definición, el que no puede distraerse (tiene que estar siempre concentrado en su punto, en su puntualidad, en su ahora inmóvil que se repite constantemente, cada vez nuevo y cada vez el mismo), y el capataz tiene que estar pendiente para retrotraer a quien se distrae al punto que le corresponde, a la pieza que le toca, para poner en hora (en su ahora) a cada trabajador. El dueño de la fábrica, por el contrario, es el no-trabajador, el impuntual, el que solo puede estar «distraído» (haciendo puzles o leyendo las viñetas de los periódicos), porque él observa la fábrica como un todo, contemplando la totalidad del tiempo de trabajo, la jornada completa y, por tanto, el beneficio neto. Cuando este disminuye, ordena aumentar la velocidad de la cadena para mantener constantes las ganancias.
Pero, de pronto, ocurre algo. Algo que trastorna el ritmo de la cadena de montaje, la marcha de la fábrica. No es una rebelión de los trabajadores, ni una impericia de los capataces, menos aún un descuido del director de la fábrica, que siempre está vigilante como un gran hermano, hasta en el cuarto de baño. Charlot ha interiorizado completamente la lógica de los tiempos modernos: come mecánicamente, duerme mecánicamente, ha adaptado su organismo de tal manera a la máquina que ha perdido de vista la diferencia entre lo natural y lo fabricado. Pero Chaplin —que está también al otro lado de la cámara— sabe algo que Charlot ignora: que ninguna actividad mecánica puede ser literalmente continua, porque todo lo mecánico comporta saltos y vacíos, aunque a fuerza de reducir el intervalo se produzca una ilusión de continuidad, del mismo modo que la velocidad a la que pasan los fotogramas en la película produce en el espectador (mecánicamente) la ilusión de movimiento.
La actividad constantemente reiterada suple la imposible reducción a cero de la inactividad, y a la vez posibilita que el tiempo transcurra como si no hubiera vacíos, como si no hubiera intervalo alguno entre un instante y el siguiente, exactamente igual a él, en el cual el trabajador realizará exactamente la misma operación que antes realizó sobre una pieza exactamente igual a la anterior. Pero esa continuidad ilusoria no puede nunca sustituir del todo a la naturaleza, la jornada laboral no puede ser nunca todo el tiempo del mundo: y llega el momento en el que la ilusión se desvanece.
«Las curvas de la empleada no pueden reducirse a un mecanismo. Y entonces, la línea del tiempo se interrumpe»
Cuando una empleada pasa distraídamente junto a la cadena, Charlot se propone ajustar los botones de su vestido con la misma técnica con la que ajusta las tuercas con su llave inglesa en los artilugios metálicos que pasan ante sus manos, acostumbradas a actuar más deprisa que sus percepciones visuales, como si el mundo entero fuera una cadena de montaje ininterrumpida y como si los seres humanos fueran solamente una clase específica de mecanismos. Pero las curvas de la empleada no pueden reducirse a un mecanismo. Y entonces, inesperadamente, la línea del tiempo se interrumpe.
Uno de esos intervalos infinitesimales, imperceptibles, entre dos instantes, comienza a crecer a medida que aumenta el retraso del operario con respecto al ritmo de sucesión de las piezas de la cadena, a medida que el instante anterior se aleja en la cinta sin poder ensamblarse con el instante siguiente… de modo que el intervalo no solamente se vuelve perceptible, sino que acaba inundando la fábrica y estropeando el ritmo de la cadena.
Se diría que ahí estamos en presencia de otra lógica y, sobre todo, de otro tiempo, un tiempo que ya no pueden contar los relojes: los instantes siguen pasando, como siguen pasando las piezas que discurren por la cadena, pero, del mismo modo que la escena se ha desplazado a otro lugar del espacio, lo que pasa ya no sucede en un instante de ese tiempo lineal, sino en otra clase de tiempo que ni siquiera estamos seguros de que se pueda llamar en rigor «tiempo» ni de que se pueda contar, ni en el sentido contable ni en el narrativo del verbo.
Si en ese instante cogemos por los pelos una observación de Hegel, según la cual la felicidad solo escribe páginas en blanco en el libro de la Historia, es decir, que la felicidad es «lo que no se puede contar», podríamos quizá pensar que ese «otro tiempo» que no discurre en la línea y que interrumpe la jornada laboral es justamente «un día de fiesta», entendiendo por «día de fiesta» no un día cualitativamente idéntico a las jornadas laborales (aunque durante él no haya que acudir a la fábrica), sino un día hecho de un tiempo diferente del de los días laborables, un día no sometido a la lógica implacable de los «ahoras», un día que no tiene 24 horas ni horas de 60 minutos, por lo cual, desde el punto de vista de la fábrica, solo es «una página en blanco».
«La semana laboral solo tiene sentido gracias al domingo»
Lo que el Charlot de Tiempos modernos descubre casualmente en la fábrica, cuando su histerismo inducido le lleva a ampliar su operación fuera de los límites de la cadena, es que la capacidad de producir sentido puede ponerse al servicio de otra cosa que no sea el ensamblaje de las piezas y de los instantes en la línea del tiempo ni el beneficio neto, que puede funcionar al margen de la cadena o en sus márgenes, de manera autónoma y como foco de producción de un día de naturaleza diferente al de la jornada laboral, incluso aunque se produzca durante ella. Como si hubiera descubierto la tuerca mágica que pone fin al trabajo, el cuerno de la abundancia o la fuente de la riqueza, el tornillo que, una vez apretado, hace que ya nunca más haya que volver a apretar ningún tornillo.
No tendría sentido decir que el instante en el que Charlot avería la cadena de montaje es un ahora que viene después de tal o cual punto de esa cadena. Ese «otro tiempo» tiene que ser tan distinto que no puede formar parte de la serie de los ahoras, que no está en la cadena de montaje. La relación que mantenemos con ese tiempo no es como la que mantenemos con un «tiempo anterior» al que podríamos remontarnos recorriendo la línea del tiempo en sentido inverso, tiene que ser una relación transversal y azarosa. No tiene la forma del «ahora», sino la del «érase una vez». La del instante en el que algo comienza, algo nuevo y cualitativamente diferente.
Podríamos decir, a falta de tantísimos matices que habría que añadir, que ese algo es el sentido, lo que da sentido a la actividad laboral y productiva, la finalidad para la cual el mantenerse con vida es solamente un medio. La semana laboral, por mucho que contribuya a la supervivencia de quienes vivimos sometidos a ella, solo tiene sentido gracias al domingo, esa excepción que no está enganchada a la cadena del lunes, martes… y que llega de improviso, como un regalo imprevisto y gratuito. Incluso del dios judeocristiano, al que sus fieles convirtieron en inventor de la semana laboral al organizar su actividad creadora en seis días, se dice que «al séptimo descansó». En el caso de los mortales, también la actividad instrumental alcanza necesariamente un límite, un «¡basta ya!» que señala el final de la jornada laboral, e incluso si nosotros no sabemos dónde ponerlo, acabará por irrumpir en nuestras vidas de forma asombrosa y a veces terrible, a modo de catástrofe o de crisis de sentido.
No nacemos con el sentido de nuestra vida incorporado a nuestra dotación natural, sino que tenemos que descubrirlo o que producirlo, aunque la lógica de esa «producción» sea enteramente distinta de la de la producción material. Y para eso necesitamos ese otro tiempo, el tiempo del día de fiesta. El domingo da sentido a la semana laboral, pues sin él la lucha por la supervivencia no estaría justificada (¿para qué querríamos sobrevivir si no fuera para poder disfrutar de la vida penosamente ganada?).
«Se diría que la semana laboral es ‘primera’ con respecto al día de fiesta o que las necesidades materiales son antes que las espirituales»
No podemos, por desgracia, vivir en un domingo perpetuo, porque la necesidad nacida de nuestra finitud llama inoportunamente a la puerta para recordarnos que vuelve a ser lunes, que la nevera está vacía o que está sonando el despertador en la mesilla de noche: la preocupación por reproducir nuestro bienestar material no cesa nunca del todo, como tampoco puede haber para nosotros un domingo definitivo. La producción de sentido también tiene un límite, sobrepasado el cual una dosis excesiva de sentido puede ser tan letal como la prolongación indefinida de la jornada laboral.
Se diría que la semana laboral es «primera» con respecto al día de fiesta o que las necesidades materiales son primeras con respecto a las espirituales (porque nadie puede intentar conferir sentido a su vida si no consigue antes sobrevivir), pero —utilizando el lenguaje de Aristóteles— podemos decir que, aunque sea efectivamente primera en el orden del tiempo, la semana laboral es, sin embargo, segunda en el orden del concepto, porque nadie se molestaría en intentar sobrevivir si no fuese para darle a la vida así asegurada algún sentido. Y así como hablamos de «pobreza material» cuando no somos capaces de subvenir a nuestras necesidades elementales, hemos de hablar de «pobreza espiritual» cuando no somos capaces de dotar a nuestra existencia de suficiente sentido como para justificar nuestra actividad productiva.
La cinta de Chaplin nos advierte de que los tiempos modernos no son únicamente los de la cadena de montaje y la secuencia indefinida de instantes sólo detenida (momentánea y arbitrariamente) por la sirena que indica el final de la jornada. Los elementos de la cadena de montaje, como los instantes de la línea del tiempo, son todos ellos idénticos, pero el vínculo que se establece entre ellos es de otra naturaleza, no es ninguna pieza, ningún instante, ningún punto, sino aquello que convierte las piezas, los instantes o los puntos en un todo o, al menos, en un algo. Aunque entre esos dos escenarios haya la misma inconmensurabilidad que existe entre la jornada laboral y el día de fiesta. Por ello mismo, confundirlos es un crimen de lesa humanidad. Ya sé que habría sido más rotundo esperar al centenario de Tiempos modernos, pero diez años son muchos para retrasar la celebración de la fiesta del trabajador.