Goteras en Chamartín y otras adversidades
«No sé si estas goteras en concreto son solo un signo de la chapuza que llevamos en la masa de la sangre como una maldición gitana, o de algo peor»

Ilustración generada mediante IA.
Claro está el genocidio de los palestinos a manos de los judíos, y la invasión del Líbano, y la guerra en Ucrania, y los siniestros ayatolás colgando a los disidentes de las grúas, en el nombre de Dios. Y claro que el mundo está gobernado por asesinos sin piedad.
Pero, ¿qué me dices de levantarte por la mañana, animoso, decidido a reanudar tus relaciones con el mundo y la patulea que lo puebla —a ver otra vez en sus ojos el miedo, la codicia, la envidia, la inseguridad, la desconfianza y la indignación—, y contigo mismo y tus propios vicios y flaquezas…
… y en ese momento inaugural del nuevo día que consiste en ponerte los pantalones en el dormitorio todavía a oscuras, el pie se queda trabado en el dobladillo, que estaba ya descuidadamente cosido de origen, o que se ha ido soltando con el uso?
Es como si en ese primer momento de regreso al mundo desde el reino de los sueños la prenda te dijese, con hostilidad: «No va a salir a la primera. No te va a ser tan fácil».
«Yo, tu pantalón, fui mal acabado en las costuras y, en consecuencia, empiezas mal el día. Ahora vas a tener que repetir el gesto, presta más atención, procura esta vez acertar con la embocadura, o de lo contrario volveré a trabar la salida de tu pie».
«El desierto avanza desde tierra adentro hasta las edificaciones horrendas de las playas abarrotadas»
Maldita sea, nunca debí dejar de usar tejanos. Esto, con los tejanos, no me pasó nunca. ¡Y ahora esta traba, nada más empezar! Luego viene la camisa con sus seis botones, los zapatos, etcétera. Dan ganas de decir «let’s call it a day» y volver a acostarse.
Desde luego, está el cambio climático, las temperaturas que empiezan a subir «más de lo esperado», la campaña de incendios forestales que está en preparación, el desierto avanza desde tierra adentro hasta las edificaciones horrendas de las playas abarrotadas por una plaga de cucarachas… Asesinos condenados a trescientos años de prisión que salen por «buena conducta», mientras la Gestapo de la moral persigue a un borracho que en la discoteca le robó un beso a una petarda…
… pero también, cuando asistes a un debate en el Parlamento en el que el diputado del PP Juan Bravo le pregunta al vicepresidente Cuerpo: «De técnico comercial a inspector de hacienda: ¿usted ve normal que Zapatero no declarase sus joyas?» [aplausos de su bancada]; y el vicepresidente le responde: «Señor Bravo, de técnico comercial a inspector de Hacienda, su pregunta es ‘¿este Gobierno piensa en las familias españolas?’, por eso permítame que le responda a su pregunta: todas las políticas de este gobierno están orientadas a reforzar el estado de bienestar y proteger una mayor prosperidad de nuestras familias», etc., etc., largo rollo sobre lo bien que lo está haciendo, celebrado por las risas de la otra vicepresidenta, Yolanda Díaz. ¿Qué?
Oh, la pregunta pudo ser capciosa, pero era sucinta y clara, y se podía responder «eso no es de mi incumbencia», o «eso lo decidirá el juez», o «yo no vengo aquí a exponer mis ideas personales» o cualquier otra cosa parecida, pero no esta salida por la tangente tan descarada y falta de decoro. Así es la sede de representación de nuestra soberanía. Et on voudrait que je sois sérieux.
«Los andenes llenos de charcos, goteras en todas las cubiertas, inundación en la parada de taxis, y esto tras cinco años de obras»
Desde luego, está el sufrimiento de millones, el renacer del Estado Islámico en el Sahel, extendiéndose hacia las costas occidentales del continente africano, llevando a su paso fanatismo, miseria y muerte. Dinamarca llevando bolsas de sangre a Groenlandia, por si Estados Unidos se decide a invadir la isla y hay que defenderla… Bombas en la catedral de Kiev… Todo esto es ciertamente desalentador.
Pero, ¿qué pensarías, si, como yo, hubieses llegado el domingo pasado por la noche a Chamartín? Había estado lloviendo en Madrid durante una hora y media, y los andenes estaban llenos de charcos, goteras en todas las cubiertas, inundación en la parada de taxis, y esto tras cinco años de obras que no han valido para impermeabilizar unas marquesinas de plástico.
Pocas cosas más deprimentes que tener goteras en casa. Ni siquiera el sonido nostálgico de un acordeón en el muelle, al anochecer. Ese tac, tac, tac de la gota que cae en el cubo que se va llenando. No sé si las autoridades pertinentes las habrán ya detectado y se apresurarán a repararlas. No sé si estas en concreto son solo un signo de la chapuza que llevamos en la masa de la sangre como una maldición gitana, o de algo peor.
Batalla campal a machetazos, en la rambla del Raval de Barcelona, entre cuarenta argelinos y afganos… Lacerante, sí… ¿y las goteras, las goteras melancólicas de Chamberí?