Ormuz
«Esto terminará el próximo viernes con Irán sentado a la mesa, con el régimen intacto y con el estrecho de Ormuz reabriéndose bajo sus propias condiciones»

Ilustración generada mediante IA.
Hay una tesis incómoda que lleva décadas circulando por los márgenes del debate económico oficial, y los más de cien días de guerra a tres bandas que terminarán esta semana la han vuelto a poner sobre la mesa. Es la tesis de que el poder de Estados Unidos no se asienta sobre fábricas que produzcan cosas útiles, sino sobre simples trozos de papel. Bonos del Tesoro que el resto del planeta compra porque necesita dólares, bonos que financian un gasto militar —y un déficit— que ningún otro país podría permitirse sin que su moneda se hundiera en el acto. Esto terminará el próximo viernes con Irán sentado a la mesa, con el régimen intacto y con el estrecho de Ormuz reabriéndose bajo sus propias condiciones. Mal asunto para los impresores de papel al por mayor. Trump puede presentar, sí, un (relativo) éxito militar. Pero la guerra poseía, también, otro objetivo que nunca se aireó en voz alta, y ese objetivo no se ha consumado.
Porque el mecanismo que de verdad importa, el que ordena en qué moneda se paga el petróleo del mundo, continúa hoy tambaleándose exactamente igual que un instante antes de que empezara el fuego. Ese mecanismo nació en 1971, cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro. Desde entonces, Washington descubrió algo extraordinario, casi milagroso: podía financiar sus déficits comerciales simplemente emitiendo deuda, porque el resto del mundo seguía necesitando dólares para comprar petróleo. Los países exportadores de crudo, y después casi todos los demás, acumulaban esos dólares para luego facturarlos rumbo a América en forma de bonos del Tesoro. Es el sistema del petrodólar. Una manera muy elegante de decir que el ahorro mundial paga el gasto de un solo país.
«EEUU no necesita el petróleo de Oriente Medio. Lo que necesita es seguir controlando quién lo recibe y quién no»
Pero mientras el mundo le prestaba sin límite, dentro de esa economía tan extravagante empezó a ocurrir una mutación sistémica. A partir de los años ochenta, el centro de gravedad se desplazó desde las fábricas que hacían cosas útiles hacia el sector que algunos economistas llaman FIRE: finanzas, seguros e inmobiliario. O sea, al sector que no produce nada, que solo extrae rentas de los demás. Con ese telón de fondo, la guerra que termina esta semana se entiende mejor. Estados Unidos ya no necesita el petróleo de Oriente Medio: gracias al fracking, lo produce de sobra. Lo que necesita es seguir controlando quién lo recibe y quién no. Necesita el botón rojo, la potestad de cortar el grifo energético a quienes dejen de obedecer las reglas. Cien días de bombardeos tenían, entre otros, ese propósito. Y el resultado es un acuerdo en el que Irán retiene el control de Ormuz y obtiene un alivio parcial de las sanciones. El botón sigue ahí. Pero alguien acaba de demostrar que también puede apretarse desde el otro lado de la mesa.
Porque Irán, durante esos cien días, no se ha limitado a resistir. Ha declarado su preferencia por cobrar el petróleo en yuanes a China. Y China ha seguido comprando en su moneda. Rusia, Irán y China llevan tiempo construyendo un sistema financiero que no dependa de Washington. Poseen una razón muy concreta: cuando Occidente expulsó a Rusia del sistema SWIFT y congeló sus reservas, envió un mensaje a todo el que estuviera escuchando, el mensaje de que sus dólares pueden desaparecer de la noche a la mañana. Y ese mensaje no lo olvidan. He ahí la paradoja que cierra el círculo: las sanciones y la guerra han terminado acelerando exactamente lo que pretendían evitar.
Lo que queda, al final, son dos modelos compitiendo por la hegemonía. Uno, el estadounidense, vive de la deuda y del rentismo asociado a su sector financiero. El otro, el chino, se vuelca de modo obsesivo en la industria. El viernes se firmará la paz. El estrecho se reabrirá. Y el régimen que esta guerra debía exterminar saldrá de ella con más socios dispuestos a comerciar con él en otra moneda distinta al dólar. Lo dicho: mal asunto para los impresores de papel.