Amancio Prada y la utopía
«Nadie ha dicho cantando las cosas que escribió San Juan de la Cruz como él lo hizo, lo hace. Su manera de interpretar el ‘Cántico espiritual’ nos sigue emocionando»

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«Enorgullécete de tu fracaso
que hace más limpia la empresa…»
Agustín García Calvo
Estamos en la semana de los libros, ese recuerdo cervantino a nuestras letras, nuestras lenguas y nuestros gozos lectores. Leer nos ayuda a superar miserias, enfrentamientos y tristes guerras cuando no es el amor la empresa. Unos andan con las armas, otros preferimos las letras aunque tantas veces hayan ido juntas las hazañas bélicas y la escritura. Cervantes fue un soldado que nos enseñó a hablar, a leer y a poder evadirnos. Ser nosotros y ser otros en compañía de un libro. O en compañía de un cántico, de un verso hecho canción, de la música de nuestra vida. Somos lo que leemos y lo que cantamos. Nosotros somos aquellos que pertenecimos a la edad dorada de los cantautores.
Nos acercamos a Ausiàs March en la voz de Raimon. A Machado y Miguel Hernández —¡Qué hermoso rescate editorial acaba de aparecer en Reino de Cordelia del emocionante Cancionero y romancero de ausencias!— por Joan Manuel Serrat. Nuestros cánticos y nuestros compromisos estuvieron marcados por Paco Ibáñez. Desde París nos hizo cantar a los clásicos, sin olvidarse de Neruda ni de los poetas de nuestros himnos de progres galopantes y reclamantes de libertades. Se consiguieron aquellas demandas cantadas. Pertenecemos a un mundo libre e imperfecto, pero hace tiempo que no queremos vivir del pasado ni dar «cuerda al recuerdo».
No olvidamos pero no seguimos en aquellas barricadas. Me gusta que Paco Ibáñez, con más de 90 años, siga afirmando que «nosotros somos quien somos», aunque ninguno seamos los mismos, felizmente. Una vez conté que me gustaban Paco Ibáñez y Raphael, cada uno en su estilo, en su contexto. Crecía cantando las canciones de Manuel Alejandro y las de Paco Ibáñez. A petición de Raphael les presenté una noche en Jaén. Raphael estaba feliz con el símbolo de la canción «protesta»; Paco estaba incómodo porque le situaba en la barricada de enfrente. Se equivocaba, como la paloma de Alberti. España era otra, también sus cánticos y sus cantantes. No era el tiempo del enfrentamiento. Un tiempo que algunos viven del empeño de desenterrar esa eterna guerra civil que nos hace peores. Himnos del pasado que viven en nuestro particular lugar donde se quedan recuerdos e himnos de la memoria melancólica. Muchos ya no somos eso que un día pareció que fuimos. Yo no soy aquel.
Siempre he sido de Amancio Prada, ese verso suelto de nuestro cante. Nadie como Amancio ha conseguido que Rosalía siga tan viva, tan nuestra. Ni se han dicho cantando las cosas que escribió San Juan de la Cruz como él lo hizo, lo hace. Su manera de interpretar el Cántico espiritual nos sigue emocionando como hace casi 50 años. De casi todo hace 50 años. Al lado de ese Amancio de Rosalía, Bécquer o de las canciones gallegas de Federico, que estos días escuchábamos en el hermoso escenario donde Ramón y Cajal impartió sus lecciones a los alumnos de medicina, un anfiteatro romántico que escuchó en anonimato alguna de las jotas que le gustaba cantar al científico. El mismo lugar donde una vez escuchamos a Enrique Morente por Lorca y flamenco. Un espacio donde el tiempo se detiene y nos permitimos soñar en otra España posible.
Amancio nació en un pueblo del Bierzo leonés, entre el castellano y el gallego, en una familia campesina. Su padre araba como los romanos, plantaba manzanos, cuidaba unas vacas, algunas gallinas y unos cerdos para la matanza. Unos cerdos que compartían el sabor de las manzanas que nunca olvida el cantante. Nada olvida este hombre que canta, sueña, ríe y cuenta. Amancio es un español de muchos trotes y varias vidas. Su primera guitarra la ganó con un premio que recibió en Alar del Rey cantando a Rosalía. La última se la regaló Joan Baez cuando cantaron juntos en el Real Adiós ríos, adiós fontes. Ese Amancio me sigue emocionando, pero el que siento más cercano es otro, aunque el mismo sea.
«Descreímos de partidos e ideologías. Volvimos a otras canciones, y militamos en la Comuna Antinacionalista Zamorana»
Yo soy más «compadre» del que se acercó joven y en París a Georges Brassens. Santo y seña de todos nuestros escepticismos, de nuestra acracia feliz y de la necesaria carga de humor e ironía para soportar el mundo y soportarnos a nosotros mismos. A Léo Ferré, al que cada vez se parece más con sus líricas melenas blancas y a otros de aquellos franceses que fueron descreídos de utopías y soflamas. Recordaba ayer Amancio el corto sueño de aquel mes de mayo en París, donde se pasó de «seamos realistas, pidamos lo imposible» a «seamos utópicos, pidamos lo posible». Al rato llegó Agustín García Calvo, que por allí recalaba en voluntario exilio, con su look de hippie y sin dejar de parecerse al padre de Zipi y Zape. Nos hicimos agustinos, nos quisimos más libres, huimos de fáciles consignas y nos pusimos a cantar En el café de Chinitas, las historias de Frascuelo en los bajos de La boule d’Or.
Fuimos avanzando en nuestra insumisión al poder, nuestro rechazo a los totalitarios y demagogos. Descreímos de instituciones, de grupos, partidos, gobiernos e ideologías. Volvimos a la gente, a los individuos, otras canciones, otras baladas y romances y militamos, sin obligaciones, en la Comuna Antinacionalista Zamorana. Allí estaba Amancio. Y aquí Chicho Sánchez Ferlosio. Por allí y por aquí estaban Ferrero y Savater. Pronto nos sentimos cercanos a esa descreencia del que sabe, a esos caminos de imperfecciones, esas imposibles invitaciones de navegar a contratiempo. Chicho y Amancio hicieron que Agustín se mantuviera tan vivo, tan del cántico y la dicha de ser clásico y moderno. Lo que empezó en París siguió en Malasaña. Agustín decía, Chicho y Amancio cantaban, en los coros destacaban Carmen Martín Gaite e Isabel Escudero, y a la rapsodia Paco Cumpián. Nos parecía vivir tiempos felices como en una canción de Sandie Shaw. Quizá lo fuimos, descalzos por el parque, mezclando el pop y el romancero, la lírica y la acracia. Ligando, leyendo y bebiendo. Tal vez fumando.
Amancio parece seguir siendo feliz, va a su bola, sin lanzar proclamas ni atizar hogueras. Vivir entre el silencio y la canción, entre la poesía y el lechazo. Pasó de París a Segovia, de Madrid a Urueña. Vivir en un pueblo dónde la mayoría de los negocios, casi los únicos, son librerías de viejos libros. Entretenerse buscando novedades de otros tiempos en Primera página. Nuestra librería de Urueña. Encontrarse en sus históricas calles con el juglar que rescató los viejos romances, el incombustible Joaquín Díaz. Y volver a mirar las estrellas desde tu jardín, oler libros y rosas. La felicidad en un lugar de Castilla, ni perdido, ni vacío, ni vaciado. El que quiera saber y leer, el que quiera escuchar a los pájaros y nuestras romanzas, que se pierda y encuentre en ese pueblo, en otros de la vieja Castilla, la vieja España.
No hay paraísos pero sigue habiendo lugares para perderse y encontrarse. Cada vez que veo, leo, escucho las noticias del mundo, las historias de la patria mía, tengo la tentación de volver —como decía Buñuel— al descanso reparador de mi tumba. Aunque eso también puede esperar. Mientras, seguiré escuchando a Boris Vian «escupir sobre la tumba» o por lo menos bailar sobre la tumba de algunos, algunas, algunes, siguiendo la recomendación de los queridos Siniestro Total.
Seguiré cantando a los líricos y a los escépticos, a los irónicos sin himnos, a los desafinados con estilo y a los afinados y los afines. No quiero escuchar el canto de las sirenas, esas voceras de viejos cánticos, que despistaron la odisea del último viaje de García Calvo en un mes de mayo cuando los farsantes comenzaron a querer asaltar los cielos en la Puerta del Sol. Asaltaron los votos de incautos y siguen llevándose dineros con proclamas y herrumbrosos cánticos. Una cosa es que nos guste Grândola, Vila Morena, y otra es dejarnos engatusar como famélicas legiones. Libre te quiero pero no mía, ni de Dios ni de nadie. Ni tuya siquiera.