The Objective
José Carlos Llop

Periodismo

«Hemos entrado en un episodio que parece pintado por la pulsión periodística de Goya (los grabados) en combinación con algún pasaje de ‘El Lazarillo de Tormes’»

Opinión
Periodismo

Ilustración generada mediante IA.

Coincidió mi última estancia en Burdeos con las elecciones generales de la nación. El Partido Republicano, presidido entonces por François Fillon, perdía intención de voto a raudales: al matrimonio Fillon, involucrado, dijeron, en un mal uso parlamentario, le llovían bofetadas por todos lados (las peores, as usual, de los suyos). El Partido Socialista estaba dando las últimas boqueadas: la argumentada dialéctica de su líder, Benôit Hamon, era excelente, pero quedaba claro que habían llegado a un callejón sin salida y ni siquiera un discurso intelectual bien armado como el suyo iba a sacarlos de ahí; su derrota radicaba en los actos del pasado, sin olvidar el affaire Strauss-Kahn y la variable sentimentalidad de Hollande.

La izquierda más izquierdista tenía un líder impresentable: Mélenchon, a quien tanto le daba asaltar un piso a patadas como reñir a todo el mundo en los mítines y en la calle. Los ojos disparados tras sus gafas de Manolito Gafotas y sus espumarajos verbales no ayudaban a seducir al electorado, sino más bien a asustarlo. El Frente Nacional de Marine Le Pen, en cambio, apuntaba a caballo ganador. Los debates televisivos lo corroboraban —todos iban contra ella— y la ya vieja tabla de salvamento llamada François Fillon se iba a pique. Entonces, alehop, se sacaron a Emmanuel Macron de la manga. Había sido ministro, creo, con el PSF, pero en busca de su lugar personal en el mapa, se había desplazado hacia el centro. Y ahí estaba, entre flamante y virginal. Voces había que apuntaban un gran parecido con el joven Napoleón: los mitos nunca duermen.

En las comidas en casa de mis amigos franceses, la repentina y nada apasionada intención de voto era por Macron, alguien por el que ninguno de ellos —ni a izquierda ni a derecha— hubiera apostado un año atrás. Pero la idea de que Macron era la solución para frenar la llegada de la ultraderecha al poder —y el freno también a la izquierda disparatada— la compartían todos, tanto los votantes socialistas como los votantes republicanos.

En aquellos días hubo manifestaciones para boicotear el mitin electoral de Marine Le Pen en la ciudad y la mañana que me marché —que coincidía con la víspera o el mismo día de las elecciones, ya no recuerdo— el monumento a los militares polacos que ayudaron a la Resistencia en la Segunda Guerra Mundial fue vandalizado: le habían pasado un colchón de muelles alrededor de su cuerpo y prendido fuego. El autobús camino del aeropuerto paraba al lado de los restos quemados del colchón y la plaza de Saint-Seurin —donde está la basílica que, según la leyenda, custodió el olifante de Roldán— se llama Place des Martyrs de la Résistance. El monumento es obra de un escultor polaco y quedó ahumado y sucio.

A los pocos meses empezaron las manifestaciones de los chalecos amarillos, que, en Burdeos, ciudad muy burguesa de raíces, tuvieron tanta frecuencia como intensidad y acabaron logrando varios escaños municipales. Viéndolos en debates televisivos, nadie lo hubiera dicho: ni la dialéctica ni la brillantez eran su fuerte.

«Al tildar de afrancesados a la presidenta y el alcalde de Madrid, ¿hemos de suponer que la ministra estaría con Fernando VII?»

Me he acordado de todo aquello después de leer una entrevista reciente con Svetlana Alexievich, esa mujer maravillosa exiliada en Berlín, en la que decía que Europa se encuentra en un gran estado de confusión y parece perdida, y no podemos dejar nuestras vidas solo en manos de los políticos porque no son de fiar. «Lo hemos hecho —reitera— y eso no es fiable».

Cuando ajustamos la mira hacia casa, no estamos como en Francia en 2019, pero hemos entrado en un episodio que parece pintado por la pulsión periodística de Goya (me refiero a los grabados) en combinación con algún pasaje, no sé si de La Celestina o de El lazarillo de Tormes. Circula el nombre de una odontóloga sobre la que un aizcolari con aspecto de mago malo de El señor de los anillos (hay ya un meme al respecto) dice que ella quería contar cosas íntimas; ya no recuerdo si del ministro o del conseguidor, dos habitués de estos días. Pensándolo un poco, ese deseo de la odontóloga es el mismo que prensa y políticos de la oposición valenciana han mostrado con «lo que pasó en un reservado de El Ventorro». Idéntico. Como si necesitáramos saberlo: recordando lo que pasa con el gran Komarovski en el reservado de un restaurante moscovita, podemos sospechar o imaginar lo que pasó, solo imaginar, porque nadie sabe nada nunca. Pero qué sorprendente comunión de pareceres.

Y en cuanto a lo institucional, a jugar a adivinos con la bola de cristal: una ministra del Gobierno dijo en la fiesta del 2 de mayo que la presidenta y el alcalde de Madrid hoy estarían con los franceses, lo que en principio suena a llamarlos traidores por la cara. El asunto plantea un dilema más complejo: ¿a qué afrancesados se refería la ministra? ¿A Goya mismo, a Moratín, a Jovellanos, a Blanco White? ¿Lo hacía desde el Cuartel de Artillería, junto a Daoíz y Velarde, o desde una taberna de la Cava Baja saturada de carcundia? Al tildar de afrancesados a la presidenta y el alcalde de Madrid, ¿hemos de suponer que la ministra estaría con Fernando VII y vivan las caenas? A mí me da lo mismo, pero con estos mimbres de adivina no se hace una crónica política.

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