Los viajes de Ayuso y Sheinbaum
«Los argumentos de populismos y nacionalismos son equiparables, reversibles… y risibles, sobre todo si aluden a hechos sucedidos hace 500 años»

Ilustración generada mediante IA.
El papel picado es una de las cosas más típicamente mexicanas. Una larga y colorida tira de papel que suele adornar allí las ocasiones más festivas. Un prodigio de habilidad y simetría que, cuando se guarda doblado como un acordeón, produce la estúpida satisfacción de comprobar que todos los motivos y formas coinciden exactamente.
Algo así sucede también con populismos y nacionalismos. Sus argumentos son equiparables, reversibles… y risibles, sobre todo si uno viene de fuera y aluden a hechos sucedidos hace 500 años. Me refiero, por supuesto, a los viajes de Sheinbaum y Ayuso que, aunque parezca el título de una novela de Laurence Sterne, se refiere a nuestra más reciente actualidad política.
Claudia Sheinbaum llegó a Barcelona señalando (y haciendo que otros señalaran) las «atrocidades» cometidas por los españoles en la conquista. Esta palabra, «atrocidades», de gran sonoridad onomatopéyica, gusta mucho hoy de repetirse en historiografía. Tales crueldades se contraponían, claro está, con la beatitud de los pueblos indígenas, y muy particularmente de los aztecas, o sea, de los suyos. Así se presentaba Sheinbaum en ese foro, de nombre yutonahua, World in Progress. «Vengo de la Pirámide del Sol, vengo de Tláloc, vengo de Huitzilopochtli y de Coatlicue». Genealogía esta muy habitual entre las gentes que, como ella, han estudiado en la Universidad de Berkeley.
Isabel Díaz Ayuso, por su parte, se presentó en México bajo el lema «mestizaje y evangelización», que no es un nombre como para atraer multitudes, hizo loas a Hernán Cortés, y denunció, ¿imaginan qué? Exacto, las «atrocidades» en este caso organizadas por aztecas y mayas.
«Llegamos los de la Cruz y pusimos un nuevo orden», dijo Ayuso, y esa primera persona del plural recordó aquello de Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina. «Vinieron. Ellos tenían la Cruz y nosotros la Tierra. Cerramos los ojos y, cuando los abrimos, ellos tenían la tierra y nosotros la Cruz» (o algo así, no me hagan, por favor, leer a Galeano).
«Un típico ejercicio político del siglo XXI: apelar al sentimiento, azuzar la ofensa. Patrimonializar todo, incluido el pasado y la política exterior»
Hasta aquí nada nuevo. Un típico ejercicio político del siglo XXI. Cooptar la discusión pública, dicotomizar el espacio político, apelar al sentimiento, azuzar la ofensa. Patrimonializar todo, incluido el pasado y la política exterior. Más grave, creo yo, es que muchos académicos, a un lado y otro de la Mar Océana, participen, bien que matizada por un barniz erudito, de esta simétrica indignación.
Un catedrático —insisto, catedrático— de una universidad de Barcelona ponderaba así en RTVE tres siglos de historia virreinal: «La colonización hispánica, o castellana, mejor dicho [nótese la maliciosa apostilla], fue absolutamente terrible. Una acción de tres siglos, dura, con guerras, masacres, violaciones, etcétera, etcétera…». Y esos dos últimos etcéteras se quedaban flotando en el aire como el humo de un cigarrillo que buscara prolongar el placer de lo luctuoso.
Otro catedrático, esta vez de una universidad madrileña, cifraba en un periódico las muertes causadas por los aztecas («ingesta antropofágica» lo llama) en 52.950.000 finados, que ya es afán de exactitud. A la vez que alababa «la magna obra de España en América». Lo de «magno» también viene gustando mucho últimamente. Así, Grandeza, se titulaba el libro del anterior presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, libro tan recomendable de leer como el de Galeano.
Una vez desplegadas todas estas figuras, esta sucesión de truculencias y elegías podría parecer diferente, pero al enfrentarlas vemos que coinciden entre sí con asombrosa exactitud. El nuestroamericanismo se pliega sobre el hispanismo patrio, el victimismo dependentista sobre el negrolegendario. Lo ha dicho uno otras veces: la hispanidad es un indigenismo propio. Y viceversa, claro está.
«La reivindicación de Cortés en México adquiere otra dimensión, la de algo muy parecido al derecho a la ofensa religiosa»
Existe, sin embargo, una diferencia que convendría tener en cuenta. En España —por fortuna, según mi humilde parecer— el nacionalismo español es minoritario. Y ello a pesar de la percepción que de ello se pueda tener fuera y de los denodados esfuerzos de Pedro Sánchez por resucitarlo. De tal manera que las declaraciones de Sheinbaum son recibidas rara vez con indignación, cuando no con total indiferencia.
México tiene infinidad de virtudes, pero entre ellas no se encuentra la de un nacionalismo innegociable, visceral, perfecto. De manera que la reivindicación de Cortés allí adquiere otra dimensión, la de algo muy parecido al derecho a la ofensa religiosa.
Por mi parte, haciendo gala de aquello de Georges Bernanos —«no me canso de escandalizar a los idiotas»—, confesaré que adoro tanto a Cortés como a los mexicas. Del primero me gusta (a mí y a todos sus grandes biógrafos, por cierto) su astucia, su vis política, no tanto militar, y su modernidad (sí, su modernidad; a Viktor Frankl y a John H. Elliott me remito). Episodios cuestionables de su biografía, como Cholula o las Hibueras, no hacen sino añadir un toque patético a su ya de por sí fascinante historia. De los aztecas, la más bella y terrible de las estatuarias, la finura de su poesía, también su capacidad política, antes y sobre todo después de las conquistas. Y sus sacrificios humanos y guerras floridas solo hacen que me sean todavía más simpáticos. Como le dijo el historiador Marcel Bataillon a Ramón Menéndez Pidal: «Es mejor no escribir de lo que no se ama».