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Contraluz

España en su laberinto de espejos

Nuestra política actual parece convencida de poderlo tapar todo, desde la economía a Irán, con trampantojos y relatos

España en su laberinto de espejos

Nuestra política actual parece convencida de poderlo tapar todo, desde la economía a Irán, con trampantojos y relatos.

Que España es un país que se asoma al abismo es algo que pocos podrán negar. Esa es quizás la figura retórica que mejor nos define en este momento. André Gide le puso nombre: mise-en-abyme. Es decir, el juego de espejos, infinito y sin fondo, en donde una realidad se refleja en otra sin solución de continuidad. Y algo tan antiguo como la literatura. Ulises escuchando su propia historia entre los feacios. Hamlet y su teatro dentro del teatro. Todo El Quijote. Y, por supuesto, Las Meninas, el cuadro sin fondo.

Ketty Garat ha hablado en su reciente libro de la «técnica del espejo invertido», es decir, proyectar sobre el rival lo que tú mismo representas. Proyectarlo, de hecho, preventivamente, antes de que tu rival pueda blandirlo contra ti (convirtiendo de paso la conversación pública en una fantasmagoría).

El lector sabrá encontrar muchos ejemplos. Pedro Sánchez lidera la regeneración democrática. Salvador Illa señala a Madrid por «acumulación insolidaria». Donald Trump culpa a Biden de amañar las elecciones. Podemos describe a María Corina Machado como «golpista».

Si el esperpento era la figura que mejor definía la realidad de nuestro país hace un siglo, hoy quizás sea la contraria, ya no la deformación de la realidad, sino algo quizás más aterrador, la infinita multiplicación de su reflejo.

Ábalos como ponente en una moción de censura que se justificaba contra la corrupción ¡verdadero teatro dentro del teatro! Un fiscal general del Estado siendo defendido por la Abogacía del Estado. Una amnistía del Gobierno al propio Gobierno. Todo es circularidad, todo tautología. El Callejón del Gato se ha convertido en un laberinto de espejos.

«Si al día siguiente del apagón se asegura que se llegará al fondo del asunto, deberá quedarnos claro que intentarán que nunca se sepa»

¿Y cómo encontrar la salida? ¿Cómo distinguir, como Rita Hayworth en el final de La dama de Shanghái, la realidad entre sus innúmeros reflejos? A veces basta con pensar lo contrario de lo que se está afirmando, un poco como cuando del trilero prudentemente escogemos el cubilete bajo el que no asoma la bola.

Si al día siguiente del apagón, o del accidente de Adamuz, se nos asegura que se llegará al fondo del asunto, deberá quedarnos claro que intentarán que nunca se sepa. Si en campaña electoral, tal o cual partido niega un futuro pacto con cualquier incómodo grupo político, más nos vale darlo por seguro.

Nuestra política actual parece convencida de poderlo tapar todo, desde la situación económica de todo un país hasta el Estrecho de Ormuz, con trampantojos y relatos. Y no es algo nuevo. Ya los tratadistas españoles del XVI y del XVII recomendaban recurrir a dobleces y simulaciones. Francisco Suárez aconsejaba al príncipe «disimular, con razones anfibológicas, ora sea con palabras, ora con acciones externas, que justamente con su verdadero significado se pueda dar otra cosa que nos convenga».

Quevedo, por su parte, afirmaba que «nada se ha de mostrar menos que lo que se desea más, la hipocresía exterior, pecado en lo moral, es grande virtud política». Y el jesuita Juan Eusebio Nieremberg recomendaba usar «palabras de dos haces», lo cual «no será mentira, aunque los otros las entiendan al contrario». Juan Alfonso de Lancina, otro comentarista del XVII, recomendaba incluso «cuando son los grandes los aprietos (…) es lícito fingir una carta o rescripto de aquello que se desea para evitar los embarazos».

¡Increíble casualidad! Fingimientos, dobleces e incluso cartas distractoras ¿No parece un muy exacto reflejo nuestro? Pero el ciudadano avisado ya no cree en las casualidades. Un último giro del cubilete, una tautología final. Todas las anteriores citas están sacadas de la nada despreciable tesis doctoral de Diego Rubio, jefe de gabinete del presidente del Gobierno y que lleva por nombre La ética del engaño. ¿Saben que es lo más aterrador de un espejo? Que siempre refleja la realidad.

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