La semana Orbán del PSOE y el PP
«He desconectado del discurso oficial, como se hacía en el franquismo. Lo que Sánchez llama «progresista» no lo es»

Ilustración generada con IA.
1. Cae Orbán en Hungría, pero le siguen creciendo las uñas y los pelos en España. Las uñas de las declaraciones antijudiciales del PSOE; los pelos de los acuerdos xenófobos del PP. Vaya semanita. Somos plenamente Kakania. Sin la recompensa austriaca del esplendor cultural.
2. He desconectado del discurso oficial, como se hacía en el franquismo. Simplemente, lo que Sánchez llama «progresista» no lo es. Ni a lo que llama «democracia», «igualdad» o «verdad». La cumbre que ha montado es una farsa, tanto más risible cuanto más pomposa. En defensa de la democracia, la titula. Y tras haber sido agasajado en China. Y con María Corina Machado ausente. Ni siquiera podemos ser ya enfáticos en contra: suena ridículo. Lo último es su vídeo como George Clooney. Nos deja secos, paralizados. Mantener un hilillo racional, si acaso, un recordatorio de la realidad. Todo esto se pagará, naturalmente. La realidad es implacable. Todo se lo cobrará, en forma de ruina o guerra, de empobrecimiento de la vida. No por ley moral, sino por pura ley física: los desajustes del discurso y la negligencia impiden tarde o temprano que las cosas funcionen. Y como no es por ley moral, lo pagaremos todos.
3. Escribe Ainhoa Martínez: «Patria y religión: las banderas que Sánchez quiere arrebatar a la derecha como ariete electoral». Para su proyecto de convertirse en Franco son imprescindibles, desde luego. Son, de hecho, los últimos flecos que le quedan.
4. El sujeto ese de Vox que subió a increpar al presidente sustituto del Congreso de los Diputados comparte cara con Edu Galán; un Edu Galán con pelo. Degradante espectáculo, pero plenamente en la línea del parlamentarismo que ha instaurado Sánchez. Ya destaqué una observación aguda de Sergio del Molino en Un tal González: gracias a que los españoles habíamos presenciado las sesiones parlamentarias de la Transición, pudimos calibrar la agresión que suponía la irrupción de los guardias civiles de Tejero. Hoy, francamente, me daría igual que cualquiera, hombre o mujer, se subiera en la tribuna y se pusiese a mear todo aquello que su chorro alcanzara. O incluso arrojar «monedas de moka», que diría Gimferrer. ¿Antipolítica? No, lo siguiente. ¡Los del patriotismo constitucional hemos tirado la toalla de las formas (que, por lo demás, era la única que teníamos)!
5. El fasciocatalanismo no se supera, sino que se ajusta en sí mismo: ha organizado una quema de libros de Eduardo Mendoza. El novelista, una mezcla rara de pancista y de gamberro, se puso a tirar petardos en todas direcciones con la promoción de su nueva novela. Entre otras cosas, dijo que la crispación estaba en Madrid, para regocijo de su entrevistador Claudi Pérez. Pero no es en Madrid donde le van a montar la hoguera.
6. Se anuncia de repente un «concierto histórico» de Caetano Veloso en Madrid el 4 de junio. Me ilusiono en un primerísimo instante, pero en seguida renuncio a ir. Necesitaría hacer un viaje ferroviario de precisión, algo ya imposible en la España de The Puentete. Será sin duda el último concierto de Caetano aquí. Cumplirá 84 años en agosto. He hecho memoria y lo he visto diez veces en total: una en Málaga, ocho en Madrid, una en el carnaval de Bahía. Los cipayos malagueños del PSOE le quitan importancia al corte ferroviario, pero cuántas historias han menoscabado de personas que vivían entre Málaga y Madrid: historias de amor, de trabajo, de estudios, de mero capricho. Son una fuente de melancolía, como las dead letters para Bartleby (melancolía fatal en su caso). Pero qué le importará todo esto a un patán inoperante como el ministrete.
