El estupendo equidistante
«Una ética selectiva, de quita y pon, que castiga con ferocidad al adversario equivocado mientras dispensa comprensión infinita al tirano adecuado»

Imagen creada mediante IA.
Ahí está. Sentado frente al micro, con gesto grave, como si estuviera a punto de emitir un veredicto histórico. Uno puede casi escucharle pensar. Quiere apoyar a María Corina Machado, claro que sí. Reconoce —faltaría más— que enfrentarse a un régimen que persigue, encarcela y tortura a las opositoras como ella tiene mérito.
Pero entonces algo se interpone. Porque siempre hay algo. Esta vez, un cantante que llamó «mona» a la dictadora Delcy Rodríguez en un acto público. Y la izquierda gubernamental decreta, con tono de catecismo, que eso es racismo. No una grosería, no una salida de tono: racismo. La palabra exacta, la que fija los límites del debate. Y ahí se le desencaja el gesto al estupendo equidistante español. Se revuelve en la silla, frunce el ceño, siente que ha aparecido un problema moral que exige ser gestionado con urgencia.
La obsesión por la equidistancia perfecta le obliga a introducir en el argumentario oficial el matiz necesario hasta cuadrar el relato virtuoso que le permita estar en misa y repicando: condena el chavismo, pero también condena el racismo. Ese «pero», que nunca suma, sino que compensa, blanquea y diluye. Y en ese equilibrio imposible, Delcy Rodríguez deja de ser un baluarte del poder represivo para convertirse en víctima, mientras la oposición al régimen queda señalada como victimario. Todo equilibrado. Todo en su sitio. Empate. Centro centrado.
Usted pensará que es un delirio. Sin embargo, el estupendo equidistante no parece perturbado. Al contrario. Se siente cómodo en esa inversión de los hechos. Porque lo que importa es cabalgar el relato, que de algo hay que comer. Y en ese terreno, él lleva años entrenando. Sabe perfectamente cuándo indignarse y cuándo mirar hacia otro lado.
Hubo un tiempo —y no hace tanto— en que la socialdemocracia progresista se envolvía en el derecho internacional con una solemnidad impostada. Cuando Estados Unidos intervino en Venezuela para desalojar a Maduro y abrir un proceso de transición, se sublevaron. Soberanía, legalidad, orden internacional: todo el repertorio, recitado con fervor.
«Ha bastado la visita de María Corina a España para que desaparezcan los escrúpulos. Ahora la llaman golpista sin despeinarse»
Algo llamativo en quienes jamás se revolvieron —ni una sola vez— ante las injerencias constantes de Rusia, China, Irán o Cuba para sostener al régimen. Aquello no parecía vulnerar nada. El derecho internacional, tan invocado entonces, no les interpelaba. Ni una palabra. Ni un gesto.
Pero aquello, visto hoy, era puro atrezzo. Ha bastado la visita de María Corina Machado a España y su negativa a prestarse al blanqueamiento de quienes no reconocieron la victoria de la oposición en los últimos comicios en Venezuela para que desaparezcan los escrúpulos. Ahora la llaman golpista sin despeinarse. Apología del chavismo en prime time.
Y el estupendo equidistante —que comparte tertulia mañanera con los susodichos—, en lugar de afearles la infamia y señalarles la contradicción, se afana en buscar un equilibrio imposible entre lo correcto y lo abominable, poniendo en la balanza principios que, por irrenunciables, no son medibles. Porque la libertad y la dignidad del ser humano no admiten matices ni se negocian.
El estupendo equidistante consume el producto gubernamental sin apenas cuestionarlo, a pesar de que el PSOE se ha mimetizado con Podemos y cuesta distinguir a medios como RTVE o el Grupo Prisa de Canal Red. Cree de verdad estar en «el lado correcto de la historia», aunque ese lado sea, en realidad, un refrito ideológico entre el Grupo de Puebla y el Foro de São Paulo. Una constelación de líderes que comparten una inquietante coincidencia: debilitar los contrapesos democráticos mientras invocan el respeto a los derechos humanos.
«Odia más al mandatario norteamericano y a Israel de lo que le importa la suerte de las democracias que dice defender»
Y en ese punto, el estupendo equidistante no siente ni siquiera un poco de pudor. Escucha a Sheinbaum definir la democracia como una mezcla de felicidad, bondad y derechos humanos en abstracto y no ve el problema. No le importa que se desvanezca la separación de poderes ni desaparezca la interdicción de la arbitrariedad. Le basta con que suene bien para alimentar su ego y reforzar su pretendida superioridad moral.
Luego escucha a Lula decir que la represión en Cuba no es asunto suyo y que cualquier intento de acabar con ella sería una injerencia intolerable y tampoco se inmuta. Asiente igual que antes, satisfecho consigo mismo. Al fin y al cabo, Lula es un presidente democráticamente elegido, no como Trump o Netanyahu.
Porque aquí está la madre del cordero. El estupendo equidistante ha convertido en un auténtico dogma de fe la refutación integral y absoluta del trumpismo y de lo que ellos llaman sionismo. Hasta tal punto es así que ha aceptado alterar su escala de prioridades: odia más al mandatario norteamericano y a Israel de lo que le importa la suerte de las democracias que dice defender.
Y así se entiende todo lo demás. Por eso puede tolerar sin incomodarse lo que jamás aceptaría si cambiara el protagonista. Por eso relativiza discursos, blanquea abusos y compra coartadas. No porque no los vea, sino porque no le sirven en sus ataques al enemigo perfecto.
El resultado de estas peripecias intelectuales y discursivas es esperpéntico. Una posición moral que se pretende exigente y acaba siendo pura indulgencia con los regímenes más abominables. Una ética selectiva, de quita y pon, que castiga con ferocidad al adversario equivocado mientras dispensa comprensión infinita al tirano adecuado.