Y María Jesús descendió de los cielos
«Las perspectivas electorales de Montero no pueden ser buenas después de haber defendido la condonación de deuda y la financiación singular a Cataluña»

Ilustración generada mediante IA.
Ha sido sonada la soflama lanzada por María Jesús Montero como preámbulo a su campaña electoral en Andalucía. Aunque desde entonces hayan transcurrido ya varias semanas y haya preferido dedicar mis últimos artículos a otros temas, no resisto la tentación de traer sus palabras a estas páginas como comienzo del que ahora escribo.
«Yo creo que lo realmente importante, o por lo menos a mí me inspira y a mí me motiva, es el hecho de que, probablemente, y esto en política es bastante inusual, una persona que tiene grandes responsabilidades en el Gobierno, en este caso, vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, que probablemente ha sido la persona o la mujer, sin duda, con más poder del conjunto de la democracia, que ha tenido responsabilidades que, en definitiva, han supuesto más poder, decida presentarse a unas elecciones autonómicas».
No tiene desperdicio. No solo es que hable en tercera persona, que se ponga como ejemplo y que sea su propio ejemplo el que la inspira y la motiva. Tampoco es únicamente que califique a un hecho de probable y al mismo tiempo considere que no presenta dudas. No solo es que se tenga como la mujer con más poder acumulado a lo largo de toda la democracia, sino que identifica responsabilidad y poder.
Responsabilidades y competencias algunas ha tenido, pero todas las ha conseguido a costa de abdicar de inmediato de ellas y ponerlas a los pies del amado líder. «Sí, señor». Habrá sido quizá la ministra o ministro de Hacienda con menos poder. Bien es verdad que esto constituye una marca de la casa, del sanchismo. Los ministros tienen competencias (aunque algunos —diríamos la mayoría— sean unos incompetentes). Todos (incluso los de Sumar, si bien a veces quieran demostrar lo contrario) son felpudos, y carecen de auténtico poder.
Las vicepresidencias no añaden mucho más. En todo caso, representatividad. Sánchez las da y las quita. Las otorga casi como un premio a la docilidad. Cuerpo la ha merecido recientemente. Ya fue dócil con Calviño para montar unas estadísticas alternativas a las del INE cuando estas presentaban datos que no eran del gusto del Gobierno. Por eso, contra todo pronóstico, lo designó como sucesor. En esos momentos, el presidente del Gobierno andaba escaso de técnicos.
«A Sánchez le importa poco lo de técnico, como no sea para revestir y adornar la política, la que él decide en cada momento»
Ahora afirma que el nuevo vicepresidente es el mejor economista de España. La exageración es evidente; pero sí es un técnico, técnico comercial del Estado, como Calviño y como otros muchos. Nada especial. Bien es verdad que lo de técnico no abunda en el gobierno Frankenstein. Y siempre viene bien airear alguno, para dar lustre, exagerando su nombre y su valía. Técnico, pero dócil, que es lo que le interesa a Sánchez. Por eso le aconsejó que continúe siendo él mismo. Hay que reconocer que tiene un talante más apacible que la anterior vicepresidenta primera. Asegura que se lleva bien con Yolanda Díaz, a pesar de que le llamó mala persona.
Siempre hay que desconfiar de los mansos. Talante también tenía Zapatero, hasta el punto de que le apodaron Bambi y miren cómo salió. De todas formas, a Sánchez le importa poco lo de técnico, como no sea para revestir y adornar la política, la que él decide en cada momento de acuerdo con las estaciones, o más bien de acuerdo con las peticiones de los golpistas y herederos de ETA. De ahí que la responsabilidad de los técnicos sea aún mayor porque dan visos de fiabilidad a las realidades más injustas y disparatadas.
Para llevar esa política a Andalucía es por lo que María Jesús desciende de los cielos, en donde estaba sentada a la diestra de Dios Padre, siendo su hija predilecta. Lo cierto es que esa política no sé si sentará muy bien a los andaluces porque, sin entrar en las tripas, resulta evidente que desde 2018 se ha basado en dar respuesta a los chantajes de catalanes y vascos en detrimento del resto de las autonomías, y concretamente de Andalucía.
María Jesús Montero no ha bajado del cielo por amor a los andaluces, sino por imperativo del César. En realidad, no le quedaba otro remedio, el emperador no admite un «no» por respuesta. Ha sido, más bien, arrojada del paraíso. Sus perspectivas electorales no pueden ser precisamente buenas después de haber defendido la condonación de deuda y la financiación singular a Cataluña. Es algo difícil de ocultar, por mucho que se hayan retirado los presupuestos de la Generalitat del Parlament catalán, y se haya pospuesto su aprobación cuatro meses a que pasasen las elecciones andaluzas. Es muy duro decirles a los ciudadanos que a la cuarta región más rica de España se le transfiere el IRPF, cuando la segunda y tercera (País Vasco y Navarra) tienen ya transferidos todos los impuestos por el concierto.
«No hay un solo ministro andaluz en el Gobierno, mientras que los catalanes están en el Ejecutivo y copan las empresas públicas»
Resulta difícil ocultar, por mucho que el tema se posponga, lo que está ya acordado y, además, con un Gobierno en el que se encontraba María Jesús Montero como ministra de Hacienda. Es el precio que se pagó por el nombramiento de Illa como presidente de la Generalitat. Un concierto parecido al del País Vasco. La transferencia del IRPF es el primer paso para el cupo. No deja de ser significativo que el PSC se comprometa en nombre de todo el Gobierno español a algo tan dañino para el resto del país. Y significativo es también que en este momento no haya un solo ministro andaluz en el Gobierno central, mientras que los catalanes no solo están en el Ejecutivo, sino que copan las principales empresas públicas.
Montero ha anunciado que cuenta con Illa para hacer campaña en Andalucía. Su osadía es ilimitada. Solo falta que diga que va a llevar a Oriol Junqueras o a Rufián para que hagan propaganda y repitan su latiguillo de que lo que proponen es bueno para todos. Ya es una humillación que la financiación que afecta a todas las comunidades, la haya pactado el Ministerio de Hacienda, bajo la titularidad de la ahora candidata a Andalucía, solo con Cataluña y se presente como hecho consumado al resto. Pero es que, además, en la forma elegida se han buscado los parámetros precisos para que Cataluña salga sumamente beneficiada en el resultado.
Junqueras, Rufián, Illa y la grandilocuente candidata a presidir la Junta de Andalucía argumentan infantilmente que tanto la condonación de la deuda como el nuevo sistema de financiación autonómica benefician a todas las autonomías. Todas van a recibir más dinero. Llegan a decir que los que se oponen tendrán que dar cuenta a los ciudadanos de las respectivas comunidades de por qué rechazan la posibilidad de tener más recursos para la sanidad, para la educación, etc. Razonan como si los fondos cayesen del cielo y no formasen parte de una caja común, la Hacienda Pública del Estado, que es de todos los españoles.
El nuevo sistema de financiación autonómica, a pesar de haber sido aprobado por el Ministerio de Hacienda y por la Generalitat —más bien por Esquerra—, es tan solo un sustituto provisional del verdadero objetivo independentista, una financiación singular, equivalente a la que tiene el País Vasco, para Cataluña; por otra parte, pactada desde el principio como pago a la compra de la presidencia de la Generalitat para Illa. Aparte de la razón crematística, hay un motivo sentimental, los soberanistas no quieren la normalidad para Cataluña, aspiran a ser diferentes.
«Cataluña, aun cuando quieren que sea singular, continúa el camino del Estado; se gobierna desde hace años sin presupuestos»
Lo que ocurre es que establecer un sistema de cupo y trocear la Hacienda Pública, especialmente cuando se trata de dar soberanía fiscal a un territorio que representa el 20% del PIB nacional, no es nada sencillo. Dejando al margen los enormes perjuicios que puede acarrear a la justicia fiscal y a la política redistributiva, la transformación es, desde el punto de vista práctico, extremadamente compleja, si no se quiere crear una situación caótica. Pero Esquerra tiene prisa y pretende que se den avances concretos. De ahí la petición, como primer paso —más que petición, exigencia y condición para aprobar los presupuestos catalanes— de la transferencia inmediata del IRPF a la Generalitat. De ahí también el mandato de Sánchez a Illa para que retire los presupuestos catalanes hasta que pasen las elecciones andaluzas, y de ese modo ocultar el desafuero a los votantes. Cataluña, aun cuando quieren que sea singular, continúa el camino del Estado español; de hecho, se gobierna desde hace años sin presupuestos.
En este contexto hay que situar también el nombramiento del sucesor de Montero como ministro de Hacienda. Todo el currículo, la trayectoria profesional y los orígenes de Arcadi España, llevan a la creencia de que se le ha nombrado exclusivamente para que acuerde la financiación singular de Cataluña. Los presupuestos o la política fiscal le importan poco a Sánchez. La finalidad primera y casi única del nuevo ministro es dar respuesta a la demanda de Esquerra.
Los independentistas, y también el PSC, argumentarán que no piden nada para Cataluña que no pidan para las otras comunidades. Ya lo escribió, hace tiempo, Iceta en el diario El Mundo. El razonamiento es tan simple que da vergüenza y deviene insultante. Lo que constituye un lucrativo negocio para las regiones ricas, contémplense Navarra y el País Vasco, resultaría una catástrofe para aquellas menos desarrolladas. Es como si las grandes fortunas de este país demandasen quedarse con todos sus impuestos y después afirmasen que no piden nada para ellos que no pidan para el resto de los contribuyentes.
Hay un problema añadido que, dado el desconcierto político actual, puede pensarse que es menor. Creo que no lo es. Todas estas transformaciones en la financiación autonómica precisan de la aprobación del Congreso. Es de esperar que los partidos que se llaman nacionalistas o regionalistas de las autonomías desfavorecidas no caigan en una trampa tan burda. ¿Qué van a votar el BNG, La Chunta o Compromís? ¿Cuál va a ser la posición de los integrantes ahora en Por Andalucía cuando llegue la norma a las Cortes? ¿Más Madrid votará afirmativamente sabiendo que la capital de España quedaría casi como el único sustento de la política redistributiva del Estado?