Una corrupción incomparable
«La corrupción, en España, había anidado principalmente en los Ejecutivos locales y regionales. Lo nuevo es que en los últimos años se ha situado en el Gobierno»

Ilustración generada mediante IA.
Como atún en el océano Pacífico, y con la misma sensación de infinitud, necesitamos adentrarnos en el inagotable mundo de la corrupción de Pedro Sánchez para empezar a entenderla. Podemos acercarnos a ella de diversos modos. El más fructífero es el de entrar en el universo teleológico de mordidas, favores, usos impropios de los resortes del Estado, relaciones personales a todos los niveles, cooperación entre criminales, discursos públicos y elogios periodísticos que conforman el collage de la corrupción.
Es el modo en el que han calado en este sucio mundo unos pocos medios de comunicación que, como THE OBJECTIVE, han asumido que su deber con sus lectores, con los ciudadanos españoles y con la democracia y las libertades pasa por arrojar luz sobre las distintas tramas de expolio de lo común para beneficio personal. Gracias al prurito profesional, a la seriedad en el manejo de los datos y las fuentes, y a las horas robadas al ocio, unos cuantos periodistas han desvelado las distintas tramas de corrupción del Gobierno del PSOE, ¡esa organización!, que confluyen todas en una sola, a cuya cabeza está Pedro Sánchez Pérez-Castejón.
Con un paso más parsimonioso y formal, metódico y abierto a la contradicción de las partes, la Justicia también reconstruye ese universo teleológico de los afanes. Como en el caso del periodismo, el Gobierno ha asumido que parte de su labor política está en la lucha contra la parte de la justicia que no controla. A diferencia del terreno profesional de quienes hablamos de lo que ocurre a diario, la mayor parte del ámbito de la justicia se le escapa a Sánchez y su banda.
Eso es lo principal, reconstruir cómo, bajo el liderazgo de Sánchez, se ha creado una red de saqueo de lo público. Pero no es el único camino que se puede seguir, pues podemos preguntarnos: ¿cómo ha evolucionado la corrupción en los últimos años? ¿Cómo nos comparamos con otros países que consideramos nuestros pares? ¿Dónde se centra la actividad delictiva de este grupo de políticos progresistas?
Para responder a todo ello, me he ido a los datos que nos arrojan los diversos organismos que, con una u otra metodología, intentan medir la corrupción. La acción humana se escapa en gran parte a la medida. Seguir el rastro de sus huellas y darle una valoración numérica supone dejarse en el camino lo más importante, que son las voluntades y las interrelaciones de las personas. Pero tienen la ventaja de que lo medible es también comparable en pie de igualdad.
«El 89% de los españoles cree que la corrupción es generalizada, por una media del 69% en el conjunto de Europa»
Una forma de medir la corrupción es preguntarle a la gente qué piensa de ella. Transparencia Internacional lleva décadas midiendo el Índice de Percepción de la Corrupción (CPI, por sus siglas en inglés). Sánchez tomó el Gobierno con un índice bajo, reflejo de las corrupciones del PP, y lo subió de forma inmediata. Pero a medida que una parte de la prensa ha ido describiendo a este corruptísimo Gobierno, los españoles han ido reconociendo en su rostro la mancha del latrocinio. Y hemos pasado de tener 40 Gobiernos por encima de nosotros en limpieza (2018) a que sean 48 (2025). Según el Eurobarómetro, el 89% de los españoles cree que la corrupción es generalizada, por una media del 69% en el conjunto de Europa. Y la brecha se ha ampliado recientemente.
Más interesante es el caso de Varieties of Democracy; un amplísimo compendio de indicadores. Incluyen, por ejemplo, índices de democracia liberal, o de libertad de expresión, o de asociación. También miden estructuralmente cuestiones relacionadas con el Estado de derecho, como las restricciones judiciales al Gobierno, la igualdad ante la ley y la libertad individual, u otras que tienen que ver con la igualdad y la sociedad civil.
Por supuesto, también miden la corrupción. Tiene un índice agregado de corrupción política, pero lo que nos interesa es descender a los cuatro subíndices: uno de corrupción del poder ejecutivo, del Gobierno; un segundo que observa el Parlamento; un tercero de corrupción judicial y el último, que se refiere a la Administración.
Es interesante saber cómo se elaboran estos índices. No se pregunta al hombre de la calle sobre su impresión general o sobre si se ha enfrentado en el último año a algún caso concreto de uso desviado de los medios públicos. Cada año se consulta a un panel de expertos con un cuestionario estandarizado. Luego se agregan las respuestas, pero de tal modo que se minimicen los sesgos sistemáticos de los expertos.
«El nivel de corrupción de Sánchez no tiene comparación con ninguno otro de la democracia»
Un indicador de corrupción que mejora es el de la actividad parlamentaria. Resulta contradictorio con el hecho de que tengamos una presidenta del Congreso, Francina Armengol, que es una de las estrellas de la organización para delinquir que se ha instalado en el Gobierno. Pero lo que mide este indicador es la cercanía entre los grupos de interés y los legisladores.
Pero el baremo estrella es el que hace referencia al Gobierno, claro. Para entender dónde nos encontramos, es necesario apuntar que este índice cayó a plomo con la llegada de la democracia. En 1978 se situó en 0,01 sobre un punto, que indica el valor máximo. Se mantuvo en esos niveles hasta la meseta de la segunda década de este siglo: de 2011 a 2017, el índice estuvo entre 0,02 y 0,07. Cayó de nuevo a 0,01 en 2018. Llegó Pedro Sánchez, y en los últimos años no ha dejado de subir; en 2025 era ya 0,11. Para encontrar niveles así, tenemos que remontarnos al tardofranquismo. El nivel de corrupción de Sánchez no tiene comparación con ninguno otro de la democracia.
Lo mismo ocurre con la Administración. Nunca como hoy la corrupción había permeado la burocracia en lo que llevamos de democracia. Para alcanzar los niveles actuales, tenemos que remontarnos a 1976 y 1977.
No deja de ser significativo que una institución que mejora en estos años sea la judicial. El Gobierno, en un ejercicio goebbeliano de transferencia, acusa a los jueces de una corrupción que solo él respira a diario. El baremo aquí es distinto. Pero eso no es lo relevante. Lo es que ha bajado de 2,35 puntos en 2018 a 1,69 en la actualidad.
Estos datos ilustran lo que está ante nuestros ojos. La corrupción, en España, había anidado principalmente en los gobiernos locales y regionales, y en alguna institución de la Administración (Policía, etc.). Pero lo nuevo de este despojo de lo nuestro es que el foco de la corrupción en los últimos años se ha situado en el Gobierno, bajo el indiscutible liderazgo de Pedro Sánchez.