The Objective
Román Cendoya

 Los tres sentados

«No son Ábalos, Koldo y Aldama. Son Zapatero, la histriónica Montero y el consumidísimo Sánchez, ‘número uno’ de todas las tramas de corrupción»

Opinión
 Los tres sentados

Ilustración generada con IA.

Esta semana ha quedado meridianamente claro para la ciudadanía que el Partido Socialista Obrero Español es una organización corrupta que ha establecido, desde el poder, un sistema de financiación ilegal a través del cobro de comisiones. Que en la calle Ferraz, la sede principal del partido, se recibían las comisiones en bolsas cargadas de dinero. Que era cierto que, a través de sobres con ventanilla y el logotipo del PSOE, se repartían el botín de forma absolutamente arbitraria, incluyendo billetes de 500 euros. Esta semana hemos sabido que el gerente del PSOE ha mentido como testigo en el Tribunal Supremo y quedamos pendientes de su correspondiente imputación. Además, ha quedado patente lo que todos ya sabíamos, incluidos los amanuenses manipuladores seudoperiodistas del equipo de opinión sincronizada, que lo que los chorizos socialistas llamaban «txistorras» eran billetes de 500 euros de dinero negro. Muchos hicieron grandes esfuerzos para intentar tapar esta repugnante realidad. No eran bulos. No era fango. Era la corrupta realidad. Los adalides de la honestidad y la lucha contra la corrupción son todo lo contrario a la ética, los valores, los principios, la decencia y la honestidad. La Justicia establecerá la verdad judicial que considere. Pero ante la sociedad ha quedado claro qué es y cómo actúa el muy corrupto, putero y deleznable Partido Socialista Obrero Español. El de los videos bochornosos. El de Pedro Sánchez.

Los tres sentados son el vivo reflejo de lo peor de España. Juntos son la imagen de la traición a los principios, la peor gestión, la mentira, el engaño y el beneficio propio a costa de todos los demás. El poder es el medio al que aferrarse para el beneficio propio. Todo les vale. Gesticulan mucho e incluso, como saben que hay cámaras, sonríen. Su fotografía ha sido portada de todos los medios. No son Ábalos, Koldo y Aldama. No. Son José Luis Rodríguez Zapatero, haciendo el ridículo gesto de la ceja, la histriónica María Jesús Montero y el consumidísimo Pedro Sánchez, el «número uno» de todas las tramas de corrupción.

Los tres de la foto deberían estar acompañando a los que se sientan en el banquillo del Tribunal Supremo. No se salva ninguno. Se intentan escaquear los tres. Pero tienen tantas razones y motivos para estar allí sentados como los que están en el banquillo imputados. Todos los días se habla de ellos o de sus cosas. Y todos los días se comprueba que los tres son el origen y motivo de los delitos de corrupción cometidos. Los tres, Zapatero, María Jesús y Pedro, representan la estructura profunda de la corrupción del Gobierno de Sánchez. 

Los medios sanchistas intentan desviar la atención de la sociedad a lo anecdótico y lo superfluo. El pelo y las barbas de Koldo, las chistorras, la gesticulación y los cuchicheos entre ellos o los pisos y los contratos de las asistentas sexuales de Ábalos. Anécdotas.

Lo estructural es la importante vinculación de Delcy Rodríguez con el lavado de activos y la desviación de dinero público en favor de los intereses de José Luis Rodríguez Zapatero y sus hijas. Zapatero competía con Víctor Aldama en comisiones y dádivas oficiales vinculadas a empresas y negocios con la narcodictadura venezolana.

Lo imprescindible para recibir las bolsas de dinero negro en la sede de Ferraz está relacionado con la gestión de la vicepresidenta primera del gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. Presuntamente se hacían favores —remunerados— de retrasar pagos a Hacienda, se concedían licencias de hidrocarburos para el fraude del IVA —delito fiscal grave— y, por supuesto, Hacienda no ha sabido nada del manejo de dinero negro —otro delito fiscal grave— en el partido del que María Jesús Montero es destacada responsable.

Para que la corrupción sea tan amplia e involucre a tantas personas importantes, es necesario que «el número uno de la organización criminal» sea alguien tan importante como Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y líder del PSOE. Así lo ha declarado el autoinculpado y colaborador de la Fiscalía, Víctor Aldama. Será un golfo y un delincuente, pero es el que pagaba, actuaba y hacía sus negocios y chanchullos con ellos. Quizás por eso lo sabe y puede decirlo.

«Zapatero competía con Víctor Aldama en comisiones y dádivas oficiales vinculadas a empresas y negocios con la narcodictadura venezolana»

Pedro Sánchez no puede ser ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Entre otras cosas, porque además de Ábalos, su número dos, y Koldo, también operaba su amor, su mujer, Begoña Gómez, vinculada al mayor y más rápido rescate que concedió el Gobierno de Sánchez. Presuntamente estuvo interesada en negocios inmobiliarios con la SEPI de María Jesús Montero por valor de 250 millones de euros. Ya no sorprende porque, por sus otras actividades, está imputada por cuatro delitos.

Han intentado tapar, política y mediáticamente, todas estas gravísimas vinculaciones y acusaciones de corrupción con el sospechoso encuentro de Begoña Gómez —sin escolta policial eficaz— y las charos con Vito Quiles. Todo el aparato gubernamental ha elevado el incidente a noticia de máximo nivel, con adhesiones obligatorias y sesudos análisis sobre la violencia fascista contra el presidente y su entorno. Qué casualidad que esto sea la gran noticia cuando lo realmente importante es que el PSOE es corrupción, se financia ilegalmente y paga con dinero negro, usando billetes de 500€, a personas sin cargo alguno. No cuela. Solo ha faltado Begoña con cabestrillo.

Y para aparentar que no pasa nada y que la corrupción no va con ellos, los tres se han tomado la fotografía sentados en la campaña de Andalucía. Falsas sonrisas y normalidad esperando el desastre en las urnas. Ellos son los responsables de que lo que fue la Andalucía progresista y roja hoy sea muy ampliamente del Partido Popular. Consideran el fracaso electoral una sentencia menor. Y la prefieren a la que les deberían imponer si, en vez de en sillas, estuvieran sentados donde se merecen: en el banquillo.

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