Esa huelga de la que usted me habla
«La movilización de los médicos no está recabando la solidaridad de los ciudadanos ni la atención de un Gobierno que suele retratarse como campeón de ‘lo público’»

Ilustración de Alejandra Svriz
La candidata socialista a la presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús Montero, que se desempeñó como consejera de Salud de la región durante ocho años y ha sido luego ministra de Hacienda en los distintos gobiernos de Pedro Sánchez, ha prometido «eliminar por ley» las listas de espera en el Servicio Andaluz de Salud: una ocurrencia destinada a la menguante porción del electorado que todavía identifica a su partido con la eficaz gestión de los servicios públicos. Mientras tanto, el Gobierno del que Montero formó parte hasta hace bien poco es incapaz de llegar a un acuerdo con unos médicos que llevan varios meses secundando —de manera desigual— una huelga sectorial que cuenta con pocos antecedentes.
Alguno hay: si los paros del año 1987 se dejaron notar sobre todo en Madrid, la normalidad hospitalaria se vio seriamente afectada durante los 48 días de protestas que se completaron en 1995; se reclamaba entonces que los médicos de toda España cobrasen lo mismo que los radicados en Cataluña, País Vasco o Navarra y no hace falta añadir que no se llegó a tanto. En esta ocasión, los paros son parciales —cinco días consecutivos cada mes— y los médicos reclaman la reducción de las guardias, la remuneración de las horas extraordinarias y la aprobación de un estatuto marco donde se les reconozca una categoría profesional distinta a la del resto de trabajadores sanitarios. Pese a su carácter intermitente, los médicos que hayan secundado el paro han debido de perder a estas alturas una cantidad considerable de dinero.
«Si gobernase la derecha, izquierda y sindicatos se manifestarían con fervor: ¡con la sanidad no se juega!»
Resulta por todo ello chocante que se hable tan poco de la huelga: es como si no existiera. ¡Una huelga en sordina! Y es chocante porque vivimos en un país donde ha llegado a identificarse la patria con la sanidad pública; no hace tanto que se nos invitaba a aplaudir a los «sanitarios» desde los tristes balcones de la pandemia. Para colmo, el aumento continuado de la población —incluyan a los turistas que van al hospital cuando sufren algún percance— está tensando las costuras del sistema. Si los médicos van a la huelga, ¿no deberíamos sentirnos concernidos y debatir sobre la justicia de sus reivindicaciones? ¡La salud es lo primero!
No es el caso. Los sindicatos mayoritarios parecen ajenos al asunto y fue solo hace unos días que Feijóo por fin llamó la atención de Sánchez sobre el asunto durante un pleno del Congreso. A diferencia de las famosas «mareas» que protestaban contra el Gobierno de Ayuso —en ellas saltó a la fama política la actual ministra de Sanidad— o de aquellas que de manera inesperada fructificaron en Andalucía bajo el liderazgo del difunto Spiriman en los tiempos de Susana Díaz, esta convocatoria tiene carácter nacional: nadie lo diría. Y si la falta de alineamiento partidista otorga credibilidad a los huelguistas, también les resta visibilidad pública. Es natural: ¿a quién se le ocurre enfrentarse a un Gobierno que se dice progresista? Si gobernase la derecha —no digamos ya si lo hiciera con apoyo de la extrema derecha— izquierda y sindicatos se manifestarían con fervor: ¡con la sanidad no se juega! Etcétera. Ya nos sabemos la canción.
Aquí no se trata de dar la razón a los médicos por el solo hecho de que vayan a la huelga, si bien sus reivindicaciones se antojan razonables, sino de subrayar una anomalía: su prolongada movilización no está recabando la solidaridad de los ciudadanos —a los que se supone inquietos por la saturación de la red hospitalaria— ni la atención de un Ejecutivo que suele retratarse como campeón de «lo público». ¡En fin! La coherencia no es precisamente nuestro fuerte.