The Objective
Marta Martín Llaguno

'Síperos': los adultos bloqueados

«Un 40% de los jóvenes reconoce que su formación no le sirve para su trabajo, y mientras, se hunden los datos de la emancipación: del 22% al 15,2%»

Opinión
‘Síperos’: los adultos bloqueados

Ilustración de Alejandra Svriz.

En 2014, antes de mi aventura política, escribí una columna sobre la generación ni-ni.

Me inquietaba la desmotivación de mis alumnos. No era vagancia ni falta de formación. Era algo peor: la certeza de que el esfuerzo ya no garantizaba nada. Frente a los boomers, ansiosos de universidad y convencidos de que tendrían un país mejor, y los JASP —jóvenes, aunque sobradamente preparados—, que creíamos firmemente en el ascensor social, los millennials empezaban a llegar a clase sin esperanza, ante un horizonte que sonaba a estafa.

Su desafección no nacía de un defecto moral, sino de un contexto podrido: fue la crisis de 2008 la que quebró el vínculo entre mérito y futuro. Un 20% de los jóvenes no tenía ninguna ocupación y el paro entre los menores de 25 años superaba el 53%. Entonces se acuñó este término que estigmatizó a toda una generación.

Pero en aquella intemperie, aún cabía cierto humor. Una marca de preservativos había lanzado una campaña en la que sorteaba un año de alquiler «porque vivir con los padres arruinaba la pasión». No era una ocurrencia publicitaria: era un retrato del país. Ni, ni…ni.

Aquel año, al llegar la primavera, en un guiño a mis alumnos, pedí a los padres que salieran más de casa, por favor, para evitar, al menos, el tercer «ni». Si el Estado no garantizaba un proyecto vital, que tuvieran libre el salón. Cuando comentamos la campaña y el texto en clase, les arranqué una sonrisa. Lo recuerdo con mucho cariño.

Hoy hace exactamente 12 años de aquella columna.

El término nini, que sirvió para cargar sobre los chavales una culpa que correspondía a un país entero, ha quedado demodé. La proporción de jóvenes que estudian y trabajan a la vez está en su nivel más alto desde 2007.

Pero el problema ha mutado.

La juventud que pisa hoy el mercado laboral ya no responde al viejo estereotipo, sino al que yo he bautizado de «sípero exahusto».

estudia, pero no le sirve.

trabaja, pero no le llega.

desea, pero no consuma.

España está engordando y engordando la generación de los síperos «los adultos bloqueados».

Hoy en día, un 40% de los jóvenes reconoce que su formación no le sirve para su trabajo; y mientras empleos precarios ayudan a maquillar las cifras del paro, se hunden los datos de la emancipación: del 22% al 15,2%.

Para colmo, los síperos encarnan la generación en la que, según los estudios, hay ya una «recesión sexual»: menos encuentros físicos, más tardíos y filtrados por la ansiedad, la precariedad, la falta de intimidad y la vida digital.

Tenemos un problema grave. En este país hace tiempo que se ha averiado el ascensor social y la adultez se ha convertido en un privilegio.

El conflicto que un día tuvo el formato de lucha de clases; va a venir por franjas de edad.

Porque hace tiempo que en España hay una cohorte de chavales que cumplen años para retroceder. Y los políticos ni se enteran.

Menos Marx y más Benjamin Button.

Son jóvenes, no idiotas. Y están hartos de eufemismos.

No es «dificultad de emancipación», es pobreza juvenil.

No es «tensión del mercado inmobiliario»: es el fracaso estrepitoso de las políticas de vivienda.

Y no es «transferencia intergeneracional de riqueza». O cambia mucho la cosa, o es un «estáis jodidos hasta que heredéis de vuestros padres».

El País publicaba el pasado domingo que, en diez años, andaremos enfrentados por generaciones. No hace falta leer un dominical para darse cuenta: basta con pronunciar «alquiler» en cualquier comida familiar para entender la desigualdad.

Concebir que una casa, unos hijos, una mínima estabilidad y un proyecto no son etapas, sino lujos, es frustrante. Vivir con la sensación de que llegas tarde a tu propia vida, de que no puedes construir nada… de que solo esperas turno, es una putada.

Bastante bien están.

Quería regalar una jocosa columna primaveral para mis alumnos síperos, como la hice con los ninis. No he podido. Para mí, la situación no tiene ninguna gracia.

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