The Objective
Rosa Cullell

A la calle que ya es hora

«Con el Gobierno grogui, la socialdemocracia anda tocando el fondo, sin líder, sin partido y sin calle, porque la calle se ha hecho de derechas»

Opinión
A la calle que ya es hora

Ilustración de Alejandra Svriz

La derecha no sale a la calle. Eso decíamos en la Transición, pero todo ha cambiado. Los negocios Plus Ultra de Rodríguez Zapatero y familia —esos coleccionistas de joyas, casitas en Puerta de Hierro e ilustres amiguetes en China y Latinoamérica— han incomodado a los votantes. El español conservador, el del PP o de los distintos centros, ha dejado de tener miedo a pactar y juntar sus pancartas con Vox. Aún molesta, todo hay que decirlo, que a alguno se le dispare el brazo o quiera asaltar la Moncloa con el sol de cara, pero qué se le va a hacer. Los conservadores, liberales y la gente harta de tanta impostura ocupan ya las avenidas. Mientras, un buen número de ilustres ignorantes podemitas y socialistas de última hora se empeñan en citar a Gabriel Celaya, gran poeta y bebedor. Tras abandonar el comunismo, murió sin un duro. Y en una democracia con 50 años bien vividos, a la calle sale quien le da la gana. 

El pasado fin de semana, día de protestas anunciadas, volví a darme de bruces con un sinfín de banderas españolas al viento y gritos pidiendo la dimisión de Pedro Sánchez. No saben el suplicio que es vivir cerca de la sede socialista de Ferraz, donde los andamios de las obras se cubren con corazoncitos rojos y un enorme ‘no a la guerra’. Los conductores, atascados y con la ventanilla bajada para que corriera el aire, hablaban el sábado con los peatones y tenderos sobre lo mal que están las cosas. Mientras unos 50.000 madrileños exigían elecciones a gritos, otros las pedían sin levantar la voz. El último ha sido el socialista Emiliano García-Page, líder manchego y disidente habitual. 

El pasado domingo, día de guardar y comer con la familia en las tascas del barrio, las televisiones privadas abrían sus informativos con la imputación del expresidente Zapatero. Hasta el diario La Vanguardia, cercano siempre al poder que toque, y El País, con años de obediencia a Sánchez, dedicaron al auto del juez Juan Carlos Calama un buen número de artículos y columnas. Casi todos sus periodistas y opinadores consideran que el texto es muy sólido.  

¿Podremos volver a leer El País, ese periódico que fue el nuestro y el de tantos españoles que creyeron en una Transición sin odio ni enfrentamientos? Eso nos preguntamos, también, en nuestra mesa dominguera. Antes, opina la mayoría, necesitamos leer una editorial que pida elecciones y aconseje la dimisión de Sánchez. Como creen ya muchos socialistas (Felipe González necesariamente incluido), «estamos tocando el fondo». Ni los artistas de la ceja han abierto la boca. Ningún cantante, como hizo en su día Paco Ibáñez, es hoy capaz de recuperar la poesía y cantar a Celaya en el Olympia de París. 

Escuché a Paco, por primera vez, en un acto anarcosindicalista de los setenta. Fui con un noviete que era compaginador en Mundo Diario (mi periódico de juventud) y sindicalista de la CNT. Hasta entonces, yo había sido más de los Beatles y los Rolling. Eran los discos que escuchaba mi joven padre, un roquero, dueño de discoteca, dibujante y amante de la poesía… muy de derechas. Volví a casa cantando a grito pelado aquello de «somos quien somos». José Mari, así se llamaba mi progenitor, sacó de las estanterías un librito de cuero marrón y dorado: la poesía completa de Celaya publicada en los sesenta. Yo, ya lo ven, cantando mal y creyendo que el poeta, un ingeniero de buena familia que luchó con los rojos y sobrevivió a los azules, estaba prohibido por la dictadura. 

«Las niñas de Zapatero se han comprado un pisito en una zona de Madrid donde el metro cuadrado está entre 2.816 y 3.600 euros»

Quien sigue a su bola, sin cortarse un pelo, es RTVE. La tele pública ocupada por el sanchismo y sus socios genera temas de interés para distraer al espectador resignado. Se llama contraprogramar. Este último domingo, mientras los canales privados abrían con Zapatero, la dirección de esa tele que pagamos todos consideró necesario dedicar un publirreportaje a la manifestación contra la escasez de vivienda. El sindicalismo de clase (así se definía en mis tiempos a CCOO y UGT) llevó a varios miles de fieles hasta Atocha. Ningún periodista de verdad hubiera dedicado casi medio telediario, y no exagero, a resaltar una mani por el caos de la vivienda. Es difícil ocultar que la mayor escasez de alojamiento se ha producido durante los siete años del Gobierno de Sánchez. 

La vivienda está cara y los jóvenes no pueden pagarla. Curiosamente, y perdonen el inciso, las niñas de Zapatero se han comprado un pisito cada una cerca de sus padres, en una zona de la Comunidad de Madrid donde el metro cuadrado está entre 2.816 y 3.600 euros. Ellas no han tenido problema de vivienda. Moncloa, con sus incontables leyes para poner tope al alquiler y subir impuestos a los propietarios, ha provocado la retirada de pisos del mercado y el consiguiente aumento de precios. Solo el organismo estatal Sareb —el llamado «banco malo»— posee 40.000 viviendas vacías, 13.000 de ellas en Cataluña, paraíso de inquiokupas y normativas extras. 

Sánchez prometió, en febrero, 15.000 casas (hace dos años, también prometió). Pocas son y, aun así, con qué parte del presupuesto del Estado (no aprobado) las pagará. Habría que edificar diez veces más anualmente para paliar el aumento de la población inmigrante, sin olvidar la falta de mano de obra para construir.

Con el Gobierno grogui —intentando parar las malas noticias con sus teles y sus radios—, las jóvenes promesas antisistema y los oportunistas rufianes proponen confiscar las casas vacías «de los ricos». Mientras, la socialdemocracia anda tocando fondo, sin líder, sin partido y sin calle, porque la calle se ha hecho de derechas. 

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