The Objective
Antonio Agredano

Ione Belarra, deja ya de salvarnos

«El odio es una rabia envejecida. Como el que arrastra Podemos tras su comienzo estelar y su rápido apagarse entre chalets y bizums iraníes y venezolanos»

Opinión
Ione Belarra, deja ya de salvarnos

Ilustración de Alejandra Svriz

«Soy navarra y vallecana de adopción. Vine a Madrid a estudiar Psicología e hice muy buenos amigos. Como tantos vecinos, no voy a dejar de sentirme navarra, pero a mí me come la rabia porque esta comunidad es mucho mejor que la mierda de gobernantes que tenemos y me da mucha rabia que todo el mundo se haya rendido», dijo Ione Belarra cuando anunció su candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Su partido pasó de 10 a 0 escaños en las últimas elecciones autonómicas, las de 2023. En las de 2021, el candidato fue Pablo Iglesias. «Madrid será la tumba del fascismo», gritó en su día desde un escenario; y luego el apoyo al PP, liderado por Isabel Díaz Ayuso, aumentó en un 126,7%.

Lo que me sorprende de la declaración de Belarra es el doble uso de la palabra rabia —y un poco también llamar «mierda» a los gobernantes que, ¡oh, bondad graciosa!, los ciudadanos han elegido, como en su día la eligieron a ella—. La comunidad no es mejor ni peor que sus gobernantes, sino exactamente igual que ellos. Esa es la representatividad. Si los gobernantes son una mierda, los ciudadanos que los votaron son una mierda, en términos de la líder de Podemos. ¿Es posible la convivencia cuando te crees mejor que tu vecino, que tu compañero de trabajo, que el que te pone las cañas o la que educa a tus hijos en su colegio?

Sobre su rabia, una rabia con cero escaños, una rabia sin eco, recuerdo aquella máxima de Cicerón: «Odium est ira inveterata». El odio es una rabia envejecida. Como el que arrastra Podemos tras su comienzo estelar y su rápido apagarse entre chalets, noches de cocaína, tabernas que explotan a sus trabajadoras y bizums iraníes y venezolanos. Creo que, si hay que poner un cierre a Podemos, algo que resuma su agonía, que ejemplifique su paso por la política española, su legado, estaría bien reproducir, dentro de, no sé, 10 o 15 años, el vídeo de Irene Montero cantando cumpleaños feliz a Donald Trump en el Parlamento Europeo. Como una Marilyn de Moratalaz.

Con el asunto de la vivienda solucionado, con un trabajo cuqui, tras haber envenenado nuestra sociedad con sus hipérboles y su ira y su esnobismo guevariano, solo le queda eso. El show. Un show decadente como de mago de verbena y chaqueta de lentejuelas. Como de salida del after y sentarse en una cafetería que recién ha abierto a pedirte una espídica cerveza. Como cuando tus padres te pillaban las revistas escondidas entre el somier y el colchón.

Yo le quiero pedir desde esta columna a Podemos que dejen de salvarnos. Que estamos bien. Que no nos hemos rendido, como dice Belarra. Que simplemente este país dejó de confiar en su partido. Que no eran fiables. Que liberaron a agresores sexuales, que hicieron manitas con Bildu, que rieron las gracias al independentismo catalán, que auparon a la presidencia a Pedro Sánchez, que se lucraron, que fueron permisivos con comportamientos inaceptables como el de Íñigo Errejón. Que con sus políticas suicidas rompieron una sociedad en dos. Que alumbraron a Sumar. Que dividieron al feminismo. Que no lograron cambiar nada, solo sus propias hipotecas. Que son, en mi humilde opinión, lo peor que le ha pasado a este país políticamente. Y que brindaré con un buen champán cuando desaparezcan, para siempre, de nuestras vidas y de nuestros informativos y de nuestras tertulias. Por estafadores. Por cínicos. Por nepotistas. Y por su pereza intelectual, que era contagiosa, visto lo visto.

«El estertor del sanchismo es también el del populismo caótico y despiadado que copió de Podemos»

Yo veo ahora al sanchismo como a esos peces que en la cubierta del barco mueven sus aletas y sus colas frenéticamente sin ser conscientes de que ha llegado su fin. Y ese estertor es también el del populismo caótico y despiadado que copió de Podemos. El del desprecio a jueces, periodistas, policías y guardias civiles. El del derrumbe de nuestras instituciones. El del asamblearismo y la legitimidad bananera. Es el fin de una época que engendra otra aún sin forma.

La rabia de Ione Belarra es un cántaro roto ya en el fondo de la tierra. Un trabajo para la arqueología política de este país. La casta que sustituyó a la antigua casta. Grupúsculos que resisten como pueden en un puñado de ayuntamientos y parlamentos. Pero que se irán, como se van muchos otros, por el sumidero de la indecencia y la decepción.

Y dejarán, por fin, de salvarnos. Y dejarán, por fin, de decirnos que nosotros estamos equivocados. Que no fuimos iluminados por la antorcha del activismo y de la verdad. «Yo jamás voté a Podemos»; no digo que lo vaya a poner en LinkedIn, pero lo mismo me vale para biografía de Instagram.

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