The Objective
Juan Pimentel

Si viene Mourinho, yo apostato

«En lógica absurda de los tiempos, nada más previsible que el Madrid, santo y seña del señorío, acabe claudicando a las malas artes del matonismo y el resultadismo»

Opinión
Si viene Mourinho, yo apostato

Imagen creada con inteligencia artificial.

Si se confirma que viene Mourinho, yo apostato. Cambiarme de equipo sería lo más socorrido. Me voy con otra, ahí te quedas. Pero me temo que al Madrid le va a importar una higa que yo le abandone por otros colores y a Florentino ni te cuento. Además, ¿en brazos de quién me iba a echar a estas alturas, después de toda una vida de blanco? ¿Del Barça? Eso sería como hacerme budista o musulmán, lo que me granjearía simpatías entre mis amigos interculturales, pero ya no estoy para conversiones paulinas en mitad del desierto. 

Y para desiertos, lo que hemos presenciado este año. No digo de títulos —que suele ser una consecuencia de jugar al fútbol—, sino de jugar al fútbol, precisamente. En el Madrid, desde que se fueron Modrić y Kroos, nadie da un pase con sentido. Y así, claro, resulta imposible.

La cosa empezó a apuntar mal cuando Vinícius se enrabietó con Xabi Alonso por ser sustituido faltando 20 minutos ante el Barça. Debió sentarle dos meses en el banquillo, pero Xabi, un jugador enorme, un gran entrenador y un tipo educado, quiso conciliar. Se equivocó. Luego llegó Arbeloa, cuyo mérito ha sido ponerse estupendo delante de los periodistas y airear su madridismo recalcitrante. Es como si Velázquez, el pintor, no el mediocampista de los setenta, saliera en rueda de prensa alegando que él era muy de Felipe IV.

¿Hacerme del Atleti? Ni de broma. No me cae mal, pero no es mi tipo. ¿Del Rayo? Dan ganas. Un equipo humilde, guerrero y romántico. Pero es que no tengo edad. Como el replicante de Blade Runner, yo he visto regates elípticos de Amancio Amaro en el vértice del área. He visto pases siderales de Netzer y detenerse el tiempo cuando el Buitre pisaba el balón. He visto llegar la séptima tras años de sequía. He visto una bolea imperial cruzar el cielo de Glasgow, un taconazo eléctrico de Redondo en Old Trafford y una vaselina imposible de Raúl. He visto pasar el balón a Laudrup; y a Pirri, a Stielike o al propio Carvajal, disputarlos todos.

«Me niego a ser secuestrado de nuevo por ese señor insoportable, pagado de sí mismo, que no ha empatado con nadie»

Y todo eso se esfumará ante la chulería del Sr. Mourinho. Así que apostato, pido mi baja voluntaria en el Real Madrid, exijo que destruyan mi partida de bautismo. Jamás pensé que llegaría a esto. En los últimos años hemos presenciado cómo los chinos enarbolaban la bandera del libre mercado frente a unos Estados Unidos proteccionistas. También pudimos ver allí cómo una turba alentada por un hooligan sitiaba el Capitolio. Y aquí nos hemos acostumbrado a comprobar cómo unos cuantos representantes de los pobres de la tierra se enriquecen con mordidas millonarias. Son tiempos extraños.

Los pájaros han desarrollado el hábito de tirarle a las escopetas. Y en esta lógica absurda de los hechos, nada más previsible que el Madrid, otrora santo y seña del señorío y tal y tal (Gil y Gil fue un gran pionero, colonizó hasta el lenguaje), acabe claudicando a las malas artes del matonismo, el resultadismo y otras vanguardias más antiguas que la polka.

Me va a costar, pero si viene Mourinho, yo apostato. Me niego a ser secuestrado de nuevo por ese señor insoportable, pagado de sí mismo, que no ha empatado con nadie y que un día tuvo la desfachatez de meterle un dedo en el ojo al entrenador del equipo rival.

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