En defensa del tatuaje
«Con tinta se firma el compromiso, la verdad y la esperanza. Con tinta, de alguna forma, intentamos convertir en perdurables las emociones vividas»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Escribió Alberto Olmos en X: «El tatuaje es, junto a los perros, lo peor de nuestro siglo». Y luego enlazó un artículo suyo de 2021 en El confidencial, que decía: «El problema o la duda que yo veo es que uno tenga que seguir por la siguiente calle con esos 25 tatuajes encima, dormir con ellos, morir con ellos. Ser enterrado en 2067 con el retrato de tu perro muerto tatuado en el muslo no lo veo, la verdad».
Puse yo en X: «La gente sin tatuar empieza a ser como la gente que no tiene televisión en casa», a lo que Diego Quintana, un oficial de notaría aficionado al hockey sobre patines y al ciclismo que me sigue, contestó: «Considero que tatuarse es la mayor estupidez y actitud snob que se puede tener. Dicho esto, allá cada cual».
Decía lo de la televisión por aquella gracieta de: «¿Sabes cómo identificar que una persona es vegana y no tiene televisión en casa? Fácil. Te lo va a contar en los primeros cinco minutos de conversación». Empieza a pasarme con los tatuajes, de los que tengo más o menos los 25 que menciona Olmos. No sólo personas que apenas conozco enjuician o valoran mis dibujos y mi piel, sino que, para rematar su aportación, dicen, paladeando cada sílaba: «Mira, yo estoy limpio completamente de tatuajes», y se pasan la mano por el antebrazo, como quitándose una suciedad que a mí me endosan.
Con tinta se escriben las despedidas. Con tinta sobreviven las palabras en los libros. Con tinta se firma el compromiso, la verdad y la esperanza. Con tinta, de alguna forma, intentamos convertir en perdurables las emociones vividas. Es un comportamiento ritual, claro. Algo bárbaro, lo asumo. Pero a mí me reconforta este mapa de afectos que arderá cuando yo arda.
Creo que en el ser humano no hay nada más legítimo que la trascendencia. Por eso sacamos fotografías cuando estamos felices. Por eso dejamos que una aguja nos atraviese la carne y nos dibuje un instante, un recuerdo o un verso que nos acompañe en los momentos nublados. Para detener el tiempo, de alguna forma. Para combatir la fugacidad.
«Hay cosas que son para siempre mucho más feas que un barco en el bíceps, como el que yo llevo»
Me gustan los tatuajes. Llevo muchos, y aún me quedan. Ya sé, y lo tengo asumido, que seré un viejo con la piel garabateada y caída. Pero también os digo que, si llego a cumplir muchos años, esa será la menor de mis preocupaciones.
Hay cosas que son para siempre mucho más feas que un barco en el bíceps, como el que yo llevo. La deslealtad, la culpa, la envidia, la mentira, el arrepentimiento. No son tan vistosas. No van marcadas en las pantorrillas pálidas de los turistas. Pero ahí están, también, atravesando los años y las ciudades. Que a lo mejor dicen más de nosotros que las letras chinas en el cuello o las estrellas en los codos. Soy un hombre feliz y me miro al espejo y me reconozco y me entiendo.
Madurar es empezar a preocuparse por lo de dentro y dejar de mirar lo de fuera. ¿Qué es una mariposa en el tobillo que te hiciste cuando tu esposo se fue con una joven cajera del Mercadona si tienes una vida regida por la calma, la restitución y la generosidad? ¿Somos la cáscara o somos el fruto? Porque observando lo primero, es difícil adivinar lo segundo.
Como las plantas buscando el sol, cada uno busca la belleza a su forma. Con rectitud o con retorcimiento, como decía el poema de Allen Ginsberg. Cada cual, a su forma, con lentitud o con ímpetu. Por supuesto que yo me tatúo para luchar contra mi brevedad. Para encarcelar los recuerdos de alguna forma. Para dejar un rastro, negras migas de pan en el camino. Para mirarme al espejo y seguir viendo al hombre que otras veces fui. Un ancla oscura. Para que no me arrastre la tormenta. Para no ser culpa y naufragio.
«Mi piel es tan mía como mi memoria. Igual de efímera. Y mi cuerpo, algún día, será ceniza, olvido y tinta»
A estas alturas de la vida, me da igual que guste o que no guste, que se entienda o se critique. Mi piel es tan mía como mi memoria. Igual de efímera. Y mi cuerpo, algún día, será ceniza, olvido y tinta. El de Olmos, sólo ceniza y olvido. Tampoco me parece tanta diferencia.
El comediante Pete Davidson tenía el cuerpo lleno de tatuajes. Más de 200. En 2020 empezó a borrárselos con láser. Borrarlos le va a costar lo mismo que comprarse dos pisos en Parque Figueroa. Quiere que lo cojan para más papeles en el cine y olvidar una etapa personal llena de inseguridades. Duele mucho. Marta, que me hace la depilación láser, también los borra. La última vez que tuve sesión con ella le pregunté si iba mucha gente a quitárselos. «No te imaginas», contestó. «Sobre todo nombres de parejas». A ver si el problema no van a ser los tatuajes, sino el amor.
Nada tengo en contra de los liberticidas ni en contra de esos que miran con condescendencia a quienes no actúan, visten o gestionan su vida como ellos lo hacen, o harían. Jamás he animado a nadie a hacerse un tatuaje, pero sí que me han animado a mí a no hacérmelos o, lo que es más desconcertante, a no habérmelos hecho.
Entiendo que debo aceptar consejos de elegancia de personas con pantalones por los tobillos, cincuentones con sudadera de capucha, moteros con café racer china, usuarios de Skechers, hombres con arquitecturas capilares imposibles, camisetas de Marvel, gafas con montura de colores, cadenas colgando de las trabillas del pantalón, medias melenas, patillas de torero, camisas hawaianas, calcetines pinkies, gorras de béisbol y chanclas de dedo… pero sin tatuajes. Ningún problema. «No escucho y sigo», que diría el entrenador Jorge Sampaoli. Otro tatuado preocupadísimo por este debate.