Menos cofradías, más mamografías
«¿Por qué la religiosidad es tan incómoda? ¿Por qué el refugio de muchas personas, de izquierdas y de derechas, es visto con tanto recelo por la progresía de este país?»

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«Menos cofradías y más mamografías», comparten algunas amigas y amigos en sus redes sociales. Hace tiempo que no debato sobre algunas cosas. Para eso tengo esta columna, que ellos no suelen leer, y que incluso me reprochan. Los lemas no construyen pensamiento, solo sirven para subrayar prejuicios y validar desahogos. Y cada vez que veo a alguien que usa un pareado, una cita o una viñeta para explicar el mundo, algo por dentro se me remueve. Dudar es más humano que el hambre. Y exige esfuerzo.
Son compatibles las mamografías y las cofradías. De hecho, se financian de forma muy diferente, siendo el sistema que sostiene a las primeras mucho mayor que el que sostiene a las segundas. ¿Por qué entonces compararlas? ¿Por qué hay personas que creen que eliminando las segundas crecerían las primeras? ¿Hay alguna correlación -más allá de la ideología y el añejo desprecio a la Iglesia- entre el Servicio Andaluz de Salud -por citar al de mi tierra- y la Hermandad de la Pasión de Córdoba? Tras la virgen de esa cofradía salía mi abuela, por cierto, a la que un cáncer de mama se llevó muy pronto. ¿Qué batalla de humo es esta? ¿Qué decisión nos obligan a tomar todos aquellos que comparten, ufanos, mensajes así?
¿Por qué la religiosidad es tan incómoda? ¿Por qué el refugio de muchas personas, de izquierdas y de derechas, es visto con tanto recelo por cierta progresía de este país? Es una lucha tan trasnochada, tan ajena a la propia realidad, que verla reverdecida en los perfiles de algunos ciudadanos y partidos políticos durante la Semana Santa produce ya más sonrojo que indignación.
Convivir, parece, se ha convertido en un ejercicio agotador. Como si observar a una persona haciendo algo que, simplemente, no compartes, resultara insoportable. Como si la diferencia fuera una ofensa. Como si sentir distinto fuera una agresión al sentir propio.
La fe es una herida a través de la que brota, roja y densa, la esperanza. Quien la tiene, la tiene. Quien no la tiene, buscará la paz en cualquier otro lugar. Desde el principio de los tiempos, la humanidad persigue la trascendencia. Un consuelo más allá de la carne. Un dios que nos proteja y nos acompañe en las tribulaciones de la vida. En el dolor y en la celebración. En la gratitud y en la tentación.
«¿Es necesario jugar con el dolor de muchas mujeres que conviven con el cáncer para cuestionar la Semana Santa?»
Ninguna batalla más perdida que la de los «listos» señalando a los «tontos» por buscar consuelo en lo invisible. Por llorar frente a un Cristo. Por sentir, con teatralidad y exceso, que algo va más allá de este día y esta hora, de este cuerpo y este miedo, de estas calles y estos anhelos.
Hacen falta más mamografías. Claro. Y mejores servicios públicos, y mayor rigor en el gasto público, y más apoyo para niños autistas, y mejores carreteras, y agilizar la dependencia, y que no frían a burocracia a los agricultores, y mejores condiciones para los docentes, y menos dinero gastado en asesores, enchufes y pinganillos y más dinero gastado en el colegio de nuestros hijos y en los centros de salud y que cambien de una vez los columpios rotos del parque. Pero, ¿menos cofradías? ¿Por qué? ¿Qué interna y frágil viga hace temblar la fe de los demás?
¿Para sentirnos más listos que aquel chaval que llora trajeado en una esquina? ¿Para sentirnos más modernos que el nazareno que camina descalzo? ¿En qué cambiaría nuestra vida si ellos no estuviesen? ¿No tienen derecho a sentir que la existencia se les queda corta? ¿Qué todo tiene un sentido más allá del presente? ¿Qué, hasta la belleza puede estar puesta al servicio de la eternidad? ¿Qué no somos fruto del azar, sino de algo mucho mayor, de un amor infinito e inabordable?
Qué difícil se hace mostrar lo que uno siente para que llegue otro a decirte que no debes sentir así. Ni de rojos, ni de verdes, ni de azules va esto. Somos intimidad y recogimiento. De eso van estos días. A quien le guste, bien. A quien no le guste, bien también. Pero, ¿es necesario jugar con el dolor de muchas mujeres que conviven con el cáncer para buscar el aplauso y cuestionar la Semana Santa? No hace falta creer en Dios para saber lo que es bueno y lo que es malo. Pero, sin religiosidad, estamos huecos, y sin ética, estamos solos. Cada cual sabrá a qué dedica su emoción y su tiempo, y dónde encontrará, en los días oscuros, su íntima esperanza.