La cárcel de la identidad
«Vivimos una época en donde todo el mundo parece obligado a declararse parte de un grupo, inamovible en el tiempo, al que se debe fidelidad y obediencia»

Ilustración generada con IA.
Muertas las grandes esperanzas universales, la democracia liberal y el comunismo, el siglo XXI es el siglo de los fanatismos de la identidad: religiosos, étnicos, nacionales, sexuales, hecho del que forman parte sin saberlo los patriotas europeos, esa ignominiosa contradicción. Hoy la identidad es una trinchera, un cómodo parámetro desde donde juzgar y protegerse. La humanidad dividida en tribus. Vivimos una época en donde todo el mundo parece obligado a declararse parte de un grupo, inamovible en el tiempo, un compartimento estanco al que se debe fidelidad y obediencia. Para la izquierda, los grupos se conforman desde el victimismo. Para la derecha extrema, desde el miedo. Toda una inmensa ficción que parte de creer que la identidad es algo coherente y sólido, cuando se trata de un artificio, una sedimentación de capas, influencias y contradicciones que no puede salvarnos del misterio de estar vivos, que es individual. Con una agravante: no se pide obediencia a una etérea abstracción sino a sus concretos (y aprovechados) vigilantes.
Frente a esa obsesión contemporánea, la literatura –cuando es grande de verdad– nos devuelve a una pregunta más antigua y más incómoda. No quiénes somos, sino cómo debemos vivir. Y todo esto me viene a la cabeza al terminar de leer, en un día luminoso de Semana Santa, El esclavo de Isaac Bashevis Singer. Inevitable pensar en el ensayo de Ted Hughes sobre Singer y la pregunta que arrastra su obra: «¿Cómo debe vivir el hombre de la manera más verdadera como ser humano?». La pregunta desplaza el eje de discusión: de la pertenencia a la experiencia, de la etiqueta a la vida.
Singer escribe después del desastre. Aunque muchas de sus historias se sitúan en siglos anteriores, su obra está atravesada por una ausencia radical: la destrucción total del mundo judío de Europa a manos del nazismo. Sus novelas, escritas en yidis, no son reconstrucciones históricas, sino actos de memoria. Al volver a los shtetl, a las disputas religiosas, a los deseos y culpas de las comunidades judías del Este, Singer no evade el siglo XX: escribe el Holocausto de manera indirecta, devolviendo densidad humana a lo que ha sido reducido a cenizas.
Es en ese marco que hay que entender la referencia a Jmelnitski y las matanzas perpetradas por sus cosacos ucranianos contra los judíos polacos entre 1648 y 1657. Y tras la catástrofe, la tentación mesiánica de Sabbatai Zevi, el falso mesías que arrastró a miles de desorientados al engaño y a los que luego traicionó para salvar la vida convirtiéndose al islam tras ser capturado por los otomanos. Este es justamente el tema de su primera novela, Satán en Goray: cómo la promesa de redención se vuelve irresistible y conduce al desastre colectivo. Ese mismo conflicto atraviesa El esclavo, quizá su novela más bella y más cruel, pero aquí las matanzas cosacas y la tentación mesiánica son sólo el trasfondo histórico en que se desarrolla la trama.
Jacob, un piadoso judío absorto en las reflexiones bíblicas, errante tras la matanza cosaca, es capturado por un campesino polaco que le concede la gracia de la vida a cambio de su esclavitud. Allí se enamora de Wanda, la hija del campesino católico que lo aprisiona. Lo que podría parecer una historia de amor es en realidad un campo de fuerzas: ley religiosa contra deseo carnal, comunidad contra individuo, identidad impuesta contra el pulso caliente de la vida. Y la lección es clara: triunfa el deseo que se convierte en amor.
Singer no idealiza ninguno de los mundos que enfrenta. Por un lado, describe la brutalidad de la comunidad campesina polaca, su violencia elemental, su relación casi animal con la existencia y cómo muchos de sus ritos son reminiscencias de un pasado pagano, apenas cristianizado, rudo escenario donde sin embargo refulgen las buenas personas, como su captor. Frente a ello, la cultura judía aparece como una sofisticada cultura del libro, de la ley, de la interpretación: una forma de resistencia espiritual frente a la barbarie. Pero esa aparente superioridad se resquebraja cuando la pareja logra integrarse en una comunidad judía concreta. Allí, la crítica cambia de dirección: lo que emerge es la doble moral, la hipocresía, el cumplimiento externo de los preceptos mientras se los vulnera en la vida cotidiana.
La identidad, en ambos casos, no salva. Ni la de Wanda, transformada en una muda Sara para no delatar sus orígenes gentiles, ni la del judío piadoso que en realidad vive en la mentira y el engaño. En ambos mundos hay violencia, miedo, simulación. Lo que queda fuera de ellos –y por eso resulta insoportable– es el amor entre Jacob y Wanda: una relación que no encaja en ninguna identidad y que no puede ser legitimada por la presión moral de los otros, siempre vigilantes de la identidad incluso tras la muerte. La capacidad de evocación, la agilidad con que avanza la historia y su secreta carga analógica es imposible de explicar sin traicionar su imaginación poética; solo resta envidiar al que aún no la haya leído, porque tendrá el placer de descubrirla.
«Las novelas de Singer, escritas en yidis, no son reconstrucciones históricas, sino actos de memoria. Al volver a los shtetl, a las disputas religiosas, a los deseos y culpas de las comunidades judías del Este, no evade el siglo XX»
Leída desde el presente del autor (1961), la novela adquiere una resonancia inquietante. Ese mundo judío que Singer describe con tanto detalle –sus leyes, sus conflictos, sus pasiones– ya no existe. Ha sido destruido. Y, sin embargo, en lugar de idealizarlo, Singer lo somete a juicio. Como si supiera que la memoria solo es verdadera cuando renuncia a la nostalgia.
Este mismo patrón recorre otras de sus obras. En El mago de Lublin, el protagonista, un ilusionista seductor y errante, intenta vivir al margen de toda norma, entregado al deseo y a la libertad individual. Pero esa huida desemboca en culpa, en autodestrucción, en una forma de encierro voluntario. La liberación absoluta se revela tan ilusoria como la obediencia ciega. Entre ambos extremos –la disolución del individuo y la tiranía de la comunidad– Singer sitúa a sus personajes, siempre desgarrados, siempre en fuga. Ninguna identidad les basta, pero tampoco pueden prescindir de ella. Viven en ese espacio incómodo donde la vida desborda cualquier definición.
En ese sentido, la contradicción que explora Singer había aparecido en la pintura de Velázquez. Su retrato de Juan de Pareja es una de las imágenes más sorprendentes del Siglo de Oro español. Pareja aparece con una dignidad que no desmerece en nada a la de un rey o un cortesano. Velázquez, desde su humanismo cristiano, parece afirmar que todos los hombres son iguales en tanto hijos de Dios. Ya lo había hecho con sus retratos de mendigos y borrachos. Y, sin embargo, ese mismo hombre al que pinta con tal dignidad es su esclavo morisco. La gran aportación de España al humanismo fue esa, justamente: reconocer la humanidad del otro, del diferente, pero con una condición de Antiguo Régimen, es decir, sin renunciar a las estructuras que lo subordinan. Juan de Pareja obtuvo finalmente su libertad no por una declaración universal de igualdad, sino demostrando su talento individual como pintor ante el rey.
El diálogo literario con Antoine de Saint-Exupéry también se hace evidente. En Tierra de los hombres, el poeta-piloto francés busca una fraternidad humana más allá de las razas, las religiones o las fronteras. El accidente de su amigo Guillaumet en los Andes ilustra lo que trato de decir. Guillaumet sabe que va a morir, pero decide no morir en el paraje inaccesible en el que ha quedado tras estrellarse su avión para que su mujer no tarde siete años en cobrar el seguro de vida, y busca ir a un lugar, no para salvarse, sino para que su cuerpo pueda ser encontrado, con la fortuna de toparse en esa ruta hacia la muerte con la expedición de rescate. Y ahí surge una de las frases clave del libro, la que le dice a su amigo Saint-Ex: «Lo que yo he hecho, te lo juro, jamás lo hubiera hecho ningún animal». Singer explora en su obra las resistencias concretas que impiden esa fraternidad: la ley, la costumbre, la falta de voluntad. Y comparte con Saint-Exupéry la intuición de que hay algo en el ser humano que no puede (que no debe) reducirse a ninguna pertenencia.
Las historias de Singer están llenas de personajes que intentan escapar –de la religión, del pasado, de sí mismos– y que nunca lo logran del todo. No porque fracasen, sino porque descubren que no hay un «afuera» puro. Que la libertad no consiste en cambiar de identidad, sino en no tener ninguna. Por eso volver a la pregunta de Hughes es necesario: «¿Cómo debe vivir el hombre de la manera más verdadera como ser humano?». No como judío o cristiano, no como patriota o musulmán, no como miembro de una cultura o defensor de una tradición, sino como ser humano. Es una pregunta vacía porque ya nadie se atreve a formularla. Preferimos la cárcel dorada de la identidad. Quizá ahí resida la lección más incómoda de El esclavo. No somos lo que decimos ser. No somos lo que defendemos. No somos siquiera lo que creemos ser. Somos, más bien, el resultado siempre inacabado de fuerzas que nos atraviesan: historia, cultura, voluntad, azar, fortuna. Bajo esos ropajes impuestos, todos somos iguales. Convertir la identidad en destino es una forma de renunciar a la vida. No hemos dejado de ser esclavos. Solo hemos cambiado de amo. Ahora se llama identidad