¿Se acuerdan de Alberto Núñez Feijóo?
«Debería ser el PP, por pura lógica de alternancia, el encargado de garantizar el cambio, de capitalizar el hartazgo, pero no lo está consiguiendo»

Ilustración generada mediante IA.
¿Se acuerdan de Alberto Núñez Feijóo? ¿Estará bien? El líder del Partido Popular ha elegido la táctica del novio nuevo en casa de los suegros. Sentado en la esquinita del sofá, sin dar un ruido, y sólo hablar para contestar a lo que se le pregunta. Decía mi amigo Enrique Ballester que lo peor que hay en la vida son las decepciones, y que por eso a conocer a la familia de tu novia debes ir con zapatillas de velcro, para que piensen que ni siquiera sabes atarte los cordones. Desde ahí, todo lo que puedas hacer por ti mismo será bien valorado como yerno.
Feijóo no está aprovechando la debilidad de Vox, con sus venganzas internas, su trumpismo y su frenazo en las encuestas, porque pronto debe pactar con ellos en tres comunidades, y quién sabe si en cuatro. Así que, por ese lado, difícil sacar cabeza. Por el lado de Pedro Sánchez, todo se ha dicho tantas veces ya que los temas ya no prenden, que sólo suceden, como dibujitos animados de Hanna-Barbera en los que la dignidad persigue a un Gobierno.
El juicio de las mascarillas ha abandonado el terreno de la política y se ha convertido en un sainete televisivo que está más cerca de Sálvame que del Congreso. Miss Asturias en un plató de televisión emparenta con Loly Álvarez. Sólo faltan Paco Porras y Arlequín para sustentar sus coartadas y dar fe de sus horas en la biblioteca leyendo libros de trenes.
España, duele escribirlo, se ha convertido en un escándalo. En un escándalo interminable, como un todo, imposible de fragmentar y de deglutir. Jamás hemos estado tan cerca de Italia. Nos falta, eso sí, una Cicciolina; aunque aquí el populismo, a ambos lados del espectro, es puritano. Tenemos trenes que no funcionan, apagones generales, Gobiernos que no gobiernan y políticos que no dimiten nunca. Tenemos bolsas de billetes en la sede del PSOE y una esposa de presidente procesada, pero se quema incienso y el ministro de Justicia ataca —¡tachán!— a los propios jueces. Aplausos. Debería salir Bolaños a hablar con chaleco de lentejuelas y chistera.
Siempre he sido un hombre optimista, pero confieso que he perdido la esperanza. Veo España como un descampado donde crece la mala hierba y se amontona la basura sin que nadie entre ahí a limpiar. Pasará mucho tiempo hasta que salga algo bueno de esa tierra, hasta que entren las máquinas a recuperar la zona, hasta que seamos conscientes de cuánto hemos perdido en estos años.
Un partido de taifas. Con poder periférico, pero sin discurso en el tuétano. En el que todo vale, pero nada vale»
Por eso me acuerdo hoy de Feijóo. Porque debería ser el PP, por pura lógica de alternancia, el encargado de garantizar el cambio, de capitalizar el hartazgo, de virar poco a poco este barco a la deriva, y llevarlo a puerto antes de que encalle contra las rocas. Pero no lo está consiguiendo. No está tocando piel.
El suyo es un partido de taifas. Con poder periférico, pero sin discurso en el tuétano. En el que todo vale, pero nada vale. Con portavoces nacionales dando puyas a presidentas autonómicas, y jactándose de ello. Y con miedo. Con miedo a decir, con miedo a equivocarse, con miedo a no ser entendido. Y todo miedo conduce al silencio.
Y me pregunto: ¿Dónde está Feijóo? No parece suficiente lo de convocar a la ciudadanía en las calles de Madrid cada vez que algo indigna. Los cambios deberían ser subterráneos y emocionales. Los discursos nocivos podrían ganarse con discursos esperanzados y la guerra, política, exigiría valentía, hondura y argumentos. No parece fructífero este columpio en el que anda el PP montado, que tan fácil se lo está poniendo al PSOE y tanto carril está dejando a Vox por su derecha. A Vox, que, por cierto, cuanto menos hablan, más aplausos se llevan.
Las elecciones generales están cerca y el PP se acerca melancólico al duelo final. El boxeo de Feijóo no está siendo estético. Se protege demasiado, ataca sin fuerza, jabea en mitad del ring, no arrincona, no incomoda, no asusta. Y para tirar a la lona al sanchismo necesita un golpe definitivo, salvaje, firme. Un haymaker, uno de esos volados, curvos y descendentes, sobre la guardia blanda del rival.
Hay tiempo, dicen desde la esquina. «¡Cabeza!», gritan, pero parece que aún están lejos los populares de vencer, convencer y levantar el cinturón dorado. La fuerza autonómica no es suficiente. Haría falta una política más sexy, más madura y más segura. Menos gris. Más altiva. Pisar el ring con menos dudas. No buscar validación en la izquierda. No pelear por banderas rivales. Y que España crea, si es que lo cree, que este camino debe hacerlo con el PP.
¿Cómo lo va a hacer Feijóo? ¿Qué tiene preparado? ¿Seguirá confiando en el mismo equipo que los ha llevado a esta frialdad y esta falta de punch? Cuando sólo vale ganar, ninguna derrota es digna. Y el PP de Feijóo parece tener poca cintura. La poca presencia de Feijóo en estos tiempos de zozobra, de juicios y decepciones, es una muestra más de que hace falta más, mucho más, que algunos chistes mal hilados en el Congreso y un nuevo peinado.