Susanismo tardío
«Algo me reconcilia con el pasado y me hace despreciar este presente casposo donde un PSOE en descomposición ha sido devorado por las hienas del sanchismo»

Ilustración generada mediante IA.
La política, como el amor, está llena de historias que no fueron. Y, del mismo modo, siempre son más tórridos los polvos imposibles que los consumados. La realidad es anticlimática, pero los sueños son tropicales. Me emocionó ver a Susana Díaz en el comité federal del PSOE del 2016, con su lanyard rojo, moviendo la mano derecha como la movía Felipe González. Nada hay más socialista que ese dedo pulgar apretado contra el dedo índice, guiando el puño de arriba abajo. «Que toda la organización salga unida», decía. Y sus ojeras eran las ojeras de un país.
A su lado, Pedro Sánchez, encajando la mandíbula, mirando de perfil, buscando la nocturnidad, que ha sido siempre el secreto de su éxito. Que las cosas sucedan hacia dentro. Vi el vídeo que nos descubrió THE OBJECTIVE (saludos al ministro Puente desde aquí) con la misma congoja con la que vi Holocausto caníbal en 1997. Los videoclubs aún existían y Susana era elegida secretaria de Organización de las Juventudes Socialistas de Andalucía aquel año. The Verve acababan de sacar su Bittersweet Symphony, banda sonora de todo cuanto acontece. Los padres querían hijos funcionarios y los hijos pasaban lentamente con el coche por algunas calles de Fray Albino esperando a que los camellos salieran a su encuentro.
Tras el vídeo, sentí que dentro de mí despertaba un susanismo tardío. Como una culebra que serpenteaba desde mi tobillo hasta la garganta. Quise abrazarla y entenderla. Ella eligió a Pedro Sánchez. «Este chico no vale, pero nos vale», dijo de él en 2014. En el pecado está la penitencia. Lo quería utilizar para ganar tiempo hasta que ella diera el salto, pero el chico tomó el castillo y cerró por dentro la puerta. El resto es una historia de frustraciones, de oportunidades perdidas, de refugio en tertulias televisivas y de frases sin terminar. ¿Hubiera sido un PSOE diferente con Susana que con Pedro? Por supuesto. Y a mejor.
Susana siempre entendió la fiereza de la política, del mantel limpio y de la ejecución orgánica. Llamaba a periodistas, se victimizaba o atacaba, según tuviera el día, siempre con un único fin: no ser cuestionada. Ganar cada relato. Purgó sin titubeos y reinó sin contemplaciones. Pero falló en su envite nacional. Y falló porque subestimó a Sánchez. La soberbia es una herida sobre la piel del poder. Si no se cura a tiempo, la gangrena es imparable.
Tras el vídeo de Susana, compungida, desconcertada, apelando a los valores de un partido que aquel día empezó su camino de desnaturalización y derrota emocional, he tenido que ver a Soraya Sáenz de Santamaría declarar como testigo en el juicio de la Kitchen. Demasiadas emociones en tan poco tiempo para un nostálgico de la política, de las cabinas de teléfono y del Interviú.
«Soraya y Susana deberían haberse encontrado en el Congreso, disputándose ser la primera presidenta mujer»
Ella también es, precisamente, lo que no fue. Una aspirante, quizá la mejor, a renovar un partido descompuesto y comatoso. Sacó más votos que Pablo Casado, María Dolores de Cospedal y que José Luis García-Margallo en las primarias, pero en el Congreso definitivo, Casado terminó imponiéndose a ella por 500 votos. «Ilusión por el futuro», era el inane lema de él. «Sora… ¡Ya!», el de ella. Ese «ya» nunca fue presente.
La historia de Casado la conocemos. De victoria en victoria hasta la derrota final. La peor gestión posible en el peor momento posible, dejando una autopista al sanchismo que hoy siguen pagando los españoles. Un líder acomplejado, cortoplacista y mal asesorado, que se rodeó de aprendices de Grima y quiso creer a quien nada sabía. El que tiene miedo a perder jamás gana. ¿Hubiera sido un PP diferente con Soraya que con Feijóo? Por supuesto. Y a mejor.
Soraya y Susana deberían haberse encontrado en el ring de la palabra: el Congreso de los Diputados, disputándose ser la primera presidenta mujer. Pero aquí estamos, con Feijóo leyendo a duras penas sus tarjetones y Sánchez con su carcajada de Jaffar esperando, casi inerte, su propio crepúsculo.
Mientras esto escribo, Víctor de Aldama está largando de lo lindo. Señala a Sánchez y acusa al PSOE de financiación ilegal. El tema se investiga ya, así que pronto veremos los informes y luego llegará el proceso y al socialismo, en algún momento —lo veremos— dirá que qué barbaridad, que ellos qué iban a saber, y la justicia hará su trabajo y vendrán nuevos militantes a repudiar a los anteriores. Pero el daño estará hecho. Y Susana podría ser muchas cosas, pero no era una choriza. Por eso siento ahora este susanismo extraño dentro de mí, como una posesión, y algo me reconcilia con el pasado y me hace despreciar este presente casposo e hiperbólico donde un PSOE en descomposición ha sido devorado por las hienas del sanchismo.
Soraya, lo he oído, pasa ahora mucho tiempo en el campo. Alejada del ruido y de los periódicos. Y hace bien. «Que ni el viento la toque, ni mirarla, mujer, mi varadero». Aún recuerdo cuando fue portada con un vestido negro y descalza en el Magazine del diario El Mundo. La mofa y la ridiculización. Los chistes en redes. Tampoco ha pasado tanto tiempo, aunque a España, como dijo Alfonso Guerra con exacto sentido contrario, ya no la conoce ni la madre que la parió.