El misterio ZP
«Haberse metido a defender a la dictadura despreciable liderada por un sinvergüenza apellidado Maduro mostraba ya hacia dónde se dirigía este expresidente»

Ilustración generada mediante IA.
La publicidad —una disciplina que le debe mucho a Freud y muy poco a Marx— nos dice cosas como la siguiente (sacada del diseño de una campaña electoral del PSOE): «Nos encontramos en una sociedad para la que vale más un gramo de imagen que un kilo de acciones». Concepción que representa, en mi modesta opinión, un camino hacia ninguna parte.
Tiendo a pensar que las complejidades que encierran, por un lado, la condición humana y, por otro, la realidad, no se dejan reducir tan fácilmente. La prueba está en que la mayoría del público ve y denuncia las costuras del traje mediático, cuya característica más común es la falta de sustancia.
Lo anterior viene a cuento de ZP, quien —antes y después de ser presidente del Gobierno— siempre estuvo obsesionado con la imagen. Y fue así como se metió en el embrollo estatutario.
En cualquier caso, resulta difícil de entender que Rodríguez Zapatero impulsara una aventura tan azarosa como la de los nuevos estatutos. El precedente de Aznar, que comenzó, de repente, a hablar el catalán en la intimidad, no llegó ni de lejos a tanto, aunque también fue su Gobierno el que, a petición de los nacionalistas, eliminó el concepto (por cierto, liberal) de gobernador civil para pasar a denominar a ese cargo con el humillante nombre de «subdelegado»… y no se quedó ahí, sino que también renunció a recurrir la última ley pujoliana a favor del catalán, que era, a todas luces, inconstitucional.
Otra de las líneas políticas vino pintada de verde, es decir, el ecologismo ideológico. Y, como ya escribió Bruno Latour, «la política ecologista no ha producido nada bueno». La llegada al Gobierno y la inmediata conversión a ese ecologismo de Cristina Narbona marcaron un discurso —a menudo radical— en temas como el agua (el Gobierno derogó el trasvase del Ebro en junio de 2004), las fuentes energéticas y otras «defensas» de la naturaleza. Fue, sobre todo, una postura para el escaparate, pero marcó a fuego, poniéndolos fuera de circulación, asuntos tan graves como las posibilidades de tener en España un Plan Hidrológico Nacional (PHN).
«No sabemos a qué espera Sánchez para convocar elecciones y, de paso, desaparecer de la vida política española»
Aparte de estos y otros triunfos, la única y definitiva verdad es que cuando Zapatero se fue del Gobierno, lo hizo sin haber hecho cumplir —ni de lejos— el compromiso respecto a la emisión de gases de efecto invernadero. En otras palabras, las emisiones de CO2 o de azufre eran mayores cuando Zapatero se fue que cuando entró. Una vez más quedó muy claro que una cosa es predicar (y se predicó mucho y con gran entusiasmo) y otra muy diferente dar trigo.
Todo esto forma parte de un pasado que anuncia un presente a todas luces impresentable, y no me voy a referir, de momento, a su procesamiento. Haberse metido a defender a una dictadura despreciable —como todas—, liderada por un sinvergüenza apellidado Maduro (mejor se hubiera apellidado «Podrido»), mostraba ya hacia dónde se dirigía este expresidente del Gobierno de España.
Ahora parece atrapado en una causa que le puede llevar a la cárcel. Nunca lo imaginé, pero ahí está.
El sanchismo ha salido en tromba en su defensa, pero creo que los argumentos de jueces y fiscales apuntan hacia otro lado. Y en ese lado está Pedro Sánchez, que no sabemos a qué espera para convocar elecciones y, de paso, desaparecer de la vida política española.