El exquisito toreo de Diego Urdiales toca el cielo de Madrid con un canto a la elegancia
El riojano abre la Puerta Grande en la Corrida de la Prensa tras una tarde de clasicismo, pureza y autoridad

Diego Urdiales en la Corrida de la Prensa. | Plaza 1
Hay toreros que logran hacerse un hueco en la memoria del aficionado a base de lidiar mil batallas, no solamente con los astados que amenazan su vida en cada tarde de corrida, sino también frente a la reticencia de un empresariado taurino que rara vez termina de confiar plenamente en sus capacidades.
Diego Urdiales es uno de esos toreros que nunca han estado de moda ni han contado con el impulso decidido de los grandes poderes del toreo para ocupar los principales carteles de la temporada. Y, pese a todo, un puñado de aficionados y entendidos se ha empeñado en reivindicar su trayectoria en aquellas plazas que sí le brindaron las oportunidades suficientes para descubrir en él a uno de esos pocos matadores que no solamente despliegan valentía y destreza, sino que además perfuman de elegancia y buen gusto todo cuanto hacen.
El riojano pertenece a esa estirpe de toreros hechos a sí mismos en los ruedos más difíciles, lejos del amparo de las grandes ferias y curtidos en la adversidad. Sin embargo, ha sobrevivido a los escenarios más duros de la fiesta sin traicionar jamás su forma de entender el toreo. Porque en esas plazas perdidas, ese toreo suyo, hondo y sin concesiones, construido a lo largo de años de oficio verdadero, le ha dado motivos para seguir persiguiendo lo que encontró en la Corrida de la Prensa de San Isidro 2026, cuando Madrid reconoció su excelencia con una honrosa Puerta Grande. Dos orejas premiaron sus actuaciones ante sendos toros de Juan Pedro Domecq y brindaron al torero de Arnedo el homenaje que sus partidarios llevaban años esperando.
El segundo de la tarde, Bullanguero, colorado ojo de perdiz, fue saludado con una verónica de trazo lento pero firme, mostrando desde el inicio que la caricia del matador también sabía mandar y poner orden en el caos cuando era necesario. Un quite de Roca Rey, principal aliciente taquillero del cartel, animó al respetable y sirvió de preludio para el tercio de muleta, donde la ligazón por el pitón derecho y la verdad de los naturales hicieron que el tendido se fuese metiendo de lleno en la faena, olvidando por momentos tanto al figurón peruano como al Felipe VI, que hasta entonces habían concentrado buena parte de las miradas y los murmullos de la plaza. Una gran estocada pasaportó al animal y rubricó la obra. Oreja.
El cuarto, Mapaná, negro listón, exigía todavía más. Urdiales lo recibió a la verónica con serenidad y, tras el encuentro con el varilarguero, lo embarcó en el capote para ejecutar otro ramillete de lances que, por el mismo palo, encendieron al tendido y elevaron la tarde a una nueva dimensión. En la muleta, el de Juan Pedro Domecq embistió con clase, permitiendo que Urdiales torease con indiscutible maestría a un burel que dijo adiós con pelea, regalando al respetable una aplaudida muerte de bravo. Antes, Urdiales se gustó con la derecha y al natural, rematando las series con bellos trincherazos y pases de pecho, envolviendo su cuerpo en inspirados molinetes y doblándose con el animal cuando así fue necesario.
Con el quinto, de nombre Secuestrador, Roca Rey firmó una faena de poder en la que huyó de efectismos y planteó una actuación cimentada en el mando. Comenzó de rodillas, cambiándose el toro por la espalda en varias ocasiones, en un arranque vibrante que encendió los tendidos, pero todo lo demás fue un despliegue de autoridad que mantuvo el interés hasta la estocada que, tras un intento fallido, le permitió obtener un trofeo. El cartel lo completaba Bruno Aloi, torero mexicano que confirmó alternativa sin tocar pelo en el Foro madrileño.
