Morante sigue haciendo historia: vuelve a abrir la Puerta del Príncipe de Sevilla
El cigarrero corta tres orejas en una tarde de expectación desbordada por el regreso de los toros en el Corpus

Morante de la Puebla durante su faena de este jueves en Sevilla. | Lances de Futuro
El problema del extraordinario momento de forma de Morante de la Puebla es que la dimensión colosal que está alcanzando el toreo del cigarrero hace que el resto del escalafón pierda interés ante los ojos del aficionado. De hecho, el fenómeno ya no se limita a los entendidos o a la crítica especializada, rendidos desde hace años ante el maestro, sino que se ha extendido también a las masas. La fiebre morantista se ha convertido en una suerte de religión universal dentro del planeta de los toros.
Se había empeñado Morante en que Sevilla volviese a tener toros coincidiendo con la festividad del Corpus Christi, sueño compartido por el empresario de la Real Maestranza, José María Garzón, quien no solo hizo posible el regreso de esta cita tan señalada, sino que además la rodeó de un amplio programa de actividades culturales que aumentó la expectación en torno al festejo del 4 de junio. Estaban, pues, reunidos todos los ingredientes necesarios para vivir una tarde histórica: el papel agotado desde hacía semanas, la ciudad tomada por el ambiente taurino y la reventa disparada hasta cotas difícilmente imaginables.
Devuelto el primero de Matilla, saltó al albero maestrante un sobrero de Garcigrande cuyo nombre, Lancero, animó a algunos aficionados a especular sobre su noble ascendencia, mientras otros reparaban menos en la reata que en una presentación que juzgaron insuficiente. El caso es que, al encontrarse con el capote de Morante, el animal fue acompasando sus embestidas y permitió un toreo a la verónica de indudable sabor. Ya con la muleta, el de La Puebla inició el trasteo mediante una serie de ayudados por alto, doblándose con la res y acariciando su lomo con la franela. Después lo toreó a media altura, sorteando movimientos inciertos que sugerían algún problema de visión. Pero Morante no se cansó de buscarle las vueltas al toro. Acortó distancias, exprimió las virtudes de Lancero y rubricó su obra con una estocada que le valió una oreja.
El cuarto, Sosito, salió suelto y Morante ordenó a los hombres de plata que sujetaran al animal. La lidia carecía de brillo y el público comenzaba a desconectarse, pero el Sumo Pontífice del toreo decidió rebelarse contra la apatía general. Inspirado, aun consciente de que aquella empresa podía terminar en nada, comenzó a construir una faena de creciente emoción. Los trincherazos despertaron al tendido; el toreo al natural conmovió por su lentitud casi irreal; una serie en redondo confirmó la amplitud de registros de un artista irrepetible. Convertidos ya los escépticos, Morante volvió a tomar la izquierda para dejar otra serie al natural, tan pura, tan profunda, tan inconfundiblemente suya. La obra, rotunda e incontestable, quedó sellada con un espadazo. Las dos orejas concedidas por la presidencia certificaron una nueva salida por la Puerta del Príncipe.
Morante sigue haciendo historia. Y quizá lo más extraordinario no sea la frecuencia con que lo hace, sino la sensación creciente de que cada tarde añade un capítulo más a una leyenda que ya pertenece al patrimonio sentimental de la tauromaquia.
