The Objective
Jorge Mestre

Vienen a por nosotros

«Sánchez pareció comparecer no como el presidente rodeado de escándalos, sino como un líder providencial llamado a proteger España de sí misma»

Opinión
Vienen a por nosotros

Ilustración creada con inteligencia artificial.

Pedro Sánchez compareció este miércoles en el Congreso después de meses esquivando dar explicaciones con la misma habilidad con la que un moroso esquiva al presidente de su comunidad de vecinos cuando llega la hora de aprobar las cuentas. El problema es que las facturas se acumulan. Y cuando uno deja pasar demasiado tiempo sin enseñarlas, ya no basta con explicar un recibo. Tiene que explicar toda la contabilidad. Eso es exactamente lo que le ocurre hoy a Pedro Sánchez. Hace meses podía señalar un caso concreto. Hoy la corrupción ha dejado de ser una noticia para convertirse en el paisaje.

El presidente compareció justo cuando se cumple un año de la detonación política que supuso el caso Santos Cerdán. Lo hizo pocos días después de la condena de José Luis Ábalos. Lo hizo mientras Begoña Gómez tenía que entregar su pasaporte por orden judicial. Lo hizo con nuevos frentes judiciales asomando en el horizonte. Y lo hizo, además, sin corbata. Oficialmente, por la lucha contra el cambio climático. A estas alturas resulta difícil distinguir dónde termina la política y dónde empieza el atrezo. Mientras el país discute sobre corrupción, investigaciones y responsabilidades, la Moncloa parece empeñada en que hablemos del termostato.

Lo que Sánchez tiene delante no es una crisis. Es un archipiélago. Una sucesión de islas dispersas por todo el horizonte político y judicial que, observadas por separado, parecen asuntos distintos, pero contempladas en conjunto forman una imagen devastadora para cualquier gobernante. Cada semana emerge una nueva roca en mitad del mar. Cada semana aparece una explicación pendiente. Cada semana la Moncloa encuentra una razón adicional para hablar de cualquier cosa excepto de aquello que la obliga a comparecer.

Y precisamente por eso la estrategia del Gobierno ya no consiste en convencer. Consiste en resistir. Pedro Sánchez ya no gobierna para recuperar a quienes han dejado de creerle. Gobierna para movilizar a quienes todavía le creen. Es una diferencia fundamental. Eso es exactamente lo que hace hoy el presidente del Gobierno. No busca ampliar apoyos. Busca atrincherar a los propios.

Por eso cada intervención se parece menos a una rendición de cuentas y más a una llamada a filas. El corazón del discurso volvió a ser el mismo de siempre. El ‘y tú más’. Una fórmula que durante años le dio oxígeno y que ahora se ha convertido prácticamente en doctrina de gobierno. Cuando arrecian los problemas propios, aparecen los problemas ajenos. Cuando crece la presión sobre la Moncloa, reaparecen los fantasmas del pasado. Cuando los focos apuntan hacia el Gobierno, se gira el espejo hacia el adversario.

«Pedro Sánchez ya no gobierna para recuperar a quienes han dejado de creerle. Gobierna para movilizar a quienes todavía le creen»

La contradicción resulta especialmente llamativa. Durante años se nos explicó que las investigaciones judiciales eran la prueba de que el Estado de derecho funcionaba, que nadie estaba por encima de la ley y que las instituciones debían actuar con independencia. Hoy, sin embargo, esas mismas instituciones se convierten en sospechosas cuando el foco se aproxima demasiado al poder. Lo que ayer era una garantía democrática hoy recibe nombres más exóticos. Conspiraciones. Seudomedios. Lawfare. Debe ser la primera teoría política según la cual la independencia judicial depende de quién aparezca citado en el sumario.

Lo más significativo de la comparecencia fue comprobar hasta qué punto Sánchez ha decidido convertir la polarización en su principal instrumento de supervivencia. Ya no intenta derribar el muro que divide a los españoles. Lo refuerza. Lo eleva. Lo ensancha. Necesita que cualquier crítica sea interpretada como un ataque y cualquier investigación como una ofensiva contra el Gobierno. Escuchándole este miércoles, uno tenía por momentos la impresión de que no comparecía el presidente de un Ejecutivo rodeado de escándalos, investigaciones y explicaciones pendientes, sino una especie de líder providencial encargado de proteger a España de sí misma. Solo faltó que el Congreso aprobara una placa agradeciendo sus servicios a la civilización occidental.

La comparecencia no transmitió fortaleza. Tampoco regeneración. Transmitió la imagen de un poder que se sabe acorralado y que ha decidido responder levantando trincheras. El lema real del sanchismo ya no es la convivencia, ni el progreso, ni siquiera la regeneración democrática. El lema es otro mucho más sencillo: «Vienen a por nosotros».

El problema para Sánchez es que cada vez más españoles empiezan a sospechar que quienes vienen no son esos enemigos imaginarios que señala desde la tribuna. Quienes vienen son los conseguidores, los comisionistas, las cloacas y quienes confunden el interés público con el negocio privado.

Pero detrás de ellos venimos unos ciudadanos cansados de que se nos tome por idiotas y de que nos metan la mano en el bolsillo mientras se nos explica que el verdadero problema es la temperatura del planeta.

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