La máscara profunda de Mar de Marchis
«'La bola' me ha conquistado. Su escritura es estupenda, cuenta muy bien una historia y te deja con un montón de incitaciones para la vida»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
Uno de los efectos divertidos de La bola, de Daniel Verdú, es que muchos se han puesto a escribir sobre Jot Down para resaltar la irrelevancia de Jot Down. La avalancha ha terminado produciendo un salto cualitativo y la revista se ha convertido por fin en el New Yorker español.
Como mis simpatías están con Jot Down, para la que escribí y que publicó mi primer libro, empecé La bola (Alfaguara) con prevención. Pero me ocurrió esa cosa maravillosa de que, pese a mí, me conquistara. Su escritura es estupenda, cuenta muy bien una historia y te deja con un montón de incitaciones para la vida. Supongo que no les ha gustado a la familia ni al fundador y actual editor Ángel L. Fernández porque ellos tienen demasiado presente la realidad y ven ante todo las carencias (y puede que tergiversaciones) del libro; y que la perspectiva del autor sea la del poder prosaico actual, con contaminaciones de Enric González. Pero el libro es bueno en sí, funciona y, en lo que a mí respecta, no es incompatible con la experiencia que tuve. Al contrario, la realza.
Ha crecido mi cariño por Mar de Marchis y se ha agigantado su figura. Recuerdo la primera vez que me llamó. Yo venía de malas experiencias en otras publicaciones digitales y lo primero que le solté fue que no pensaba participar en otra. «Pero a ti te gusta escribir», me dijo. «Mi problema», le respondí, «es que me gusta escribir tanto como no escribir». Me fue ganando en la conversación, aprecié que su cabeza fuese distinta a la de los mastuerzos anteriores y al final llegamos a un compromiso: como yo iba a seguir con mi blog en cualquier caso, le ofrecí la primicia de las entradas que me salieran más largas. Por el momento no tenían dinero, pero me prometió que al cabo de un año empezarían a pagar. Una de las sorpresas de mi vida fue que, al cabo de un año, empezaron a pagar.
Colaboré siempre desde fuera y nunca supe de las interioridades de su funcionamiento, cuyo arranque ha contado ahora Javier Bilbao. Como lector, antes de que Mar me llamase, conocía Jot Down porque había publicado largas entrevistas con algunos de mis ídolos: Fernando Savater, Félix de Azúa, Arcadi Espada… (entrevistas precisamente firmadas por Bilbao). Del blog de Espada, por cierto, hubo una afluencia de colaboradores (Tsevan Rabtan, Manuel Jabois, Juanjo Jambrina, yo mismo) por la recomendación de Pechelingue, el único que estaba tanto en La Página Definitiva (germen de la revista) como en el Nickjournal (Estos días me ha dicho Bigote Prusiano que él también me recomendó).
El asunto es que para mí fue un gustazo verme de pronto en la publicación de moda, que logró serlo porque estaba haciendo las cosas bien. En un encuentro sobre revistas culturales que hubo en La Térmica de Málaga, Ángel L. Fernández sembró el pánico entre los posturitas de las demás al hablar, con un pragmatismo deslumbrante, de cómo Jot Down estaba consiguiendo la «monetización». Con cuatro frases, ejemplo de otra manera de pensar, desterró a los otros a un pasado inútil del que ya no se recuperaron el resto de la mesa redonda (ni creo que de sus vidas). El «socio sevillano» del que se habla en La bola, pues, fue la otra pata imprescindible del proyecto, que caminó porque estaban los dos, Ángel y Mar.
Con ella era con la que trataba mis artículos. Las pocas veces que me sugirió cambios eran buenos cambios: sabía editar. Cuando empezaron a publicar libros en Jot Down Books, se empeñó en publicarme uno. Como yo no se lo escribía, me dijo que le preparara uno que estuviera escrito. Así salió Inspiración para leer, hecho con textos que ya tenía. Mientras trabajábamos en la edición, de la que se ocupó Rubén Díaz Caviedes, hablé con frecuencia con ella. Llegó a leer el manuscrito (sobre el que me hizo otro par de sugerencias buenas) y el prólogo en que le daba las gracias. Luego entró en coma. Habíamos hablado dos días antes. Me contó que le había sostenido la mirada al Inocencio X, de Velázquez, en el palacio Doria-Pamphili. Durante los meses que siguieron, pensé que solo él podía devolverla a este mundo. No lo logró.
Exceptuando ciertos toques moralistas, muy de su casa (ese moralismo de El País y la SER), Verdú indaga con acierto en el juego de máscaras que internet potencia, desatando los laberintos latentes del yo y lo real. Fueron formidables los años salvajes del invento, aunque solo algunos operaron más allá de la pantalla (quitando los encuentros personales que se terminaban produciendo, para los que internet no era más que un preparativo). El personaje de La bola me recuerda al de otro libro que triunfó como novela hace unos años y que yo sabía que se basaba en hechos reales (aunque su tratamiento literario resultaba extraordinario: por eso triunfó). Eran seres nietzscheanos, que se atrevían a ejercer el poder que tenían al alcance. Esto los dotaba de densidad trágica, algo abismal.
Precisamente Mar me llamó una tarde para que le explicara un aforismo de Nietzsche que yo había citado en un artículo: «Todo lo que es profundo ama la máscara». La lectura de La bola me ha emocionado porque he comprendido que era exactamente eso en su caso. Aunque ella fingía que no se enteraba, para que hablásemos más. Si se lee sin moralismo, en favor de la vida, de la tragedia y la comedia de la vida, la Mar de Marchis de La bola era una verdadera artista, una princesa que exploraba, que intentaba no solo no desplomarse, sino también construir.
Después de su muerte todavía escribí un par de artículos para Jot Down, los más tristes de mi vida. Pero sin ella ya no tenía sentido. Quizá mi homenaje tendría que haber sido seguir, pero mi homenaje fue dejarlo. Y tomarme un negroni con mi amiga Dolores, una de las pocas personas que la conoció.