The Objective
José Carlos Rodríguez

Alan Greenspan, el fantasma de la gran moderación

«¿Qué iba a hacer él, al frente de la Reserva Federal, sino bajar los tipos de interés? La respuesta es, claro, que podría haberlos mantenido o los podría haber subido»

Opinión
Alan Greenspan, el fantasma de la gran moderación

Ilustración generada mediante IA.

Ha muerto Alan Greenspan poco después de cumplir los 100 años. A los 70, en 1996, acuñó la expresión «exuberancia irracional», que ha hecho fortuna y que ha quedado indeleblemente unida a su persona.

Como el que tienen ante sus ojos, la noticia sobre la muerte de Greenspan ha encontrado respuesta en decenas de obituarios, más o menos apresurados. En este se conjugan la premura de la noticia con un interés cultivado durante años, aunque seguramente con una intensidad menor que la que merece el personaje. Se puede decir que es un obituario a fuego lento. Como el de Jimmy Carter, por cierto.

Pero para aquel leí varios libros y biografías, mientras que los materiales acumulados sobre Greenspan son de otro cariz. Entre ellos, eso sí, está su libro Capitalism in America, que es una historia económica de su país. El libro está escrito para poder incluir en él el undécimo capítulo, dedicado a la Gran Recesión. Como si hubiera tenido pocos privilegios en su larga vida, Greenspan decide sumar el de convertir al historiador en protagonista de su propia obra.

En el libro, el economista señala que el origen de la crisis está en el mundo que despertó de la pesadilla comunista con una gran oleada de comercio, integración económica, crecimiento y una reducción de la pobreza como nunca se ha producido en el mundo.

Pero los asiáticos, a los que se refiere Greenspan como metonimia de los chinos, mantuvieron la mala costumbre de ahorrar una parte importante de su creciente renta. Con esa exportación de ahorro, dice Greenspan en su libro, los tipos de interés comenzaron a bajar. ¿Qué iba a hacer él, al frente de la Reserva Federal, sino bajar los tipos de interés? La respuesta es, claro, que podría haberlos mantenido o los podría haber subido. Pero los bajó a niveles nunca vistos durante años. Fue una política irracional, que financió la exuberancia irracional que tuvo el cuajo de denunciar.

En otra ocasión ofreció otra explicación que le exoneraba, también jugando la carta china. Los asiáticos, dijo en su momento, llenaron Occidente con sus productos baratos. Esa productividad forzó que los precios se moderaran. De modo que la política de Greenspan, brutalmente inflacionista, no se manifestó en la subida de los precios. Con unos precios controlados, la Fed que presidía se confió. Y siguió regando la economía estadounidense con material inflamable.

Él, que sin duda conocía la historia económica de su país, debió haber tenido en cuenta lo que había pasado antes de la otra gran crisis económica: la Gran Depresión que comenzó en 1929. En 1921 había estallado una crisis económica. Fue la última que se resolvió por medio del libre mercado, dice Benjamin Anderson en Economics and the Public Welfare. La Fed, que nació en 1913, siguió una política inflacionista para evitar que el inflacionismo del Banco de Inglaterra llevase a una gran transferencia de oro de Londres a Nueva York y Filadelfia.

Pero la productividad escondió la manifestación más visible del aumento desaforado del crédito: el aumento generalizado de los precios. Los «locos años veinte» fueron una de las épocas de mayor crecimiento de la productividad en la historia del país. Los bienes llenaban los mercados y, de no ser por la política de la Reserva Federal, los precios habrían bajado. Greenspan debió haber aprendido del antecedente de la Gran Depresión.

Luego rectificó. Desde mediados de 2004 puso fin a la burbuja que él mismo había creado y detonó la bomba de deuda que se había acumulado durante sus años al frente de la Fed y en las décadas anteriores. El resultado fue la Gran Recesión. Y fue en gran parte por su culpa; no por unos chinos que prosperan y ahorran.

Si alguien sabía lo que podía ocurrir era él. En 1977, a los 51 años, obtuvo el doctorado. Diez años más tarde, cuando se convirtió en el gobernador de la Reserva Federal, ordenó que su tesis se retirara de la universidad —NYU—. Barron’s la encontró años después, y el texto muestra a un economista de gran dominio técnico, que habla de la posibilidad de las burbujas inmobiliarias: «No existe ninguna máquina de movimiento perpetuo que genere una trayectoria ascendente constante para los precios de las viviendas».

No fue él quien gestionó la crisis que había alimentado. Eso fue cosa de Ben Bernanke. El sucesor de Greenspan había leído a Milton Friedman y Anna Schwartz, y su A Monetary History of the United States, 1867-1960. El premio nobel y su colaboradora llegaron a la conclusión de que la Reserva Federal agravó la Gran Depresión por no tener una política monetaria muy activa. En un discurso de 2002, Bernanke dijo que con él la Reserva Federal no cometería el mismo error. Y cuando estalló la gran crisis, los bancos cerraban, el mercado inmobiliario se desplomaba y la actividad se contraía, Bernanke multiplicó la base monetaria. No hace falta ser economista para darse cuenta de que algo que se llama «base monetaria» tiene una gran repercusión sobre la pirámide de liquidez y de crédito de un país.

La era de Greenspan se ha llamado «la gran moderación». Salvo en 1991, la economía estadounidense no se contrajo ningún año. Los precios, ya lo hemos visto, se mantuvieron más o menos estables. La conclusión que sacaron los macroeconomistas fue de lo más complaciente: tenemos dominada la economía en la teoría y en la práctica. Los ciclos económicos son cosa del pasado. Nuestro aparato, construido sobre los pilares de Keynes, pero refinado por los más destacados autores, nos permite tener un control de la situación y asegurar un crecimiento sin sobresaltos.

La Gran Recesión, por supuesto, dejó la moderación hecha añicos. Y ha sumido a la teoría macroeconómica en una profunda crisis. Todavía no ha logrado ponerse en pie. Lo mejor de esta situación desgraciada es que la Escuela Austríaca, que ha seguido desarrollándose al margen de la macroeconomía y, en realidad, en contra de ella, aparece reforzada en esta tesitura. Varios economistas de esta escuela adelantaron la crisis de 2008. En los años veinte, Friedrich A. Hayek predijo la Gran Depresión. Quizás no sea descabellado prestarles atención.

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