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Cultura

La historia que Claudia Sheinbaum obvia deliberadamente

Ni todos los indígenas eran víctimas pasivas ni todos los castellanos eran monstruos codiciosos

La historia que Claudia Sheinbaum obvia deliberadamente

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum. | Luis Barron (Zuma Press / Europa Press)

El 13 de agosto de 1521 cayó Tenochtitlan. Es una fecha que la mayoría desconoce y que apenas se recuerda, diluida dentro del gran marco simbólico del descubrimiento de América en 1492. Sin embargo, aquel día, tan decisivo para los descendientes de ambos países, España y México, no hizo más que prolongar una lucha sin tregua: la batalla por el relato, por decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos. Así, sin matices y con escaso rigor histórico. A lo que hemos llegado.

Claudia Sheinbaum, presidenta de México, parece tener como principal misión en su mandato seguir recordando a los españoles que debemos pedirles perdón. Ya lo hizo su antecesor, López Obrador, y ella continúa ahora fielmente ese estilo, demostrando que o bien tiene todo arreglado en casa —me temo que no— o que desconoce por completo sus propios orígenes que, por cierto, ni siquiera son mexicanos. Los abuelos paternos emigraron de Lituania siendo judíos askenazíes, mientras que los maternos, aunque procedentes de Bulgaria, hunden sus raíces en Sefarad, es decir, España. Ni modo, como diría ella: no se escapa de la influencia hispánica o de una Europa oriental cristiana. La reivindicación que hace no es, bajo ningún concepto, relativa a sus ancestros, que son todos purititos europeos. ¡Qué paradoja, madame Sheinbaum!

Pero vayamos con la figura de Hernán Cortés, que es históricamente mucho más trascendente que la de Cristóbal Colón (ni que decir de la señora Sheinbaum), en la medida en que el extremeño transformó de forma directa la realidad política de un continente. Pero ya se sabe: quien pega primero, golpea dos veces. Cerca de cien mil guerreros —de los cuales apenas un millar eran españoles— culminaron una empresa pocas veces vista en la historia. Nacía el México actual. Todo mexicano desciende, en distinta proporción, de aquellos indígenas, de aquellos españoles o de la mezcla de ambos. No es un dato menor.

Que Cortés lograra semejante hazaña, cuando años antes había arribado a Veracruz con apenas un centenar de hombres, solo se explica por su personalidad excepcional y por un factor del que se habla menos de lo debido: supo comprender con rapidez qué tenía delante, es decir, poseía una gran psicología, algo que entonces no se estudiaba pero que sin duda, existía. Es curioso que ese detalle fuera una de sus grandes fortalezas. Detectó un mosaico de pueblos sometidos que odiaban a los mexicas y consiguió lo impensable: persuadirlos para combatir a su lado. No es, desde luego, un personaje despreciable, como insiste la actual presidenta mexicana. Tuvo defectos, como todo ser humano, y fue implacable incluso con los suyos. Las veces que detectó traiciones ejecutó en la horca o incluso mando cortar los pies. ¡Hombres del XVI!

Volvamos, no obstante, a ese 13 de agosto en el que terminaba una guerra brutal y comenzaba otra batalla, esta vez por el relato. Cinco siglos después, seguimos discutiendo menos sobre lo que ocurrió que sobre lo que conviene decir que ocurrió. Y quizá por eso resulta especialmente oportuna la publicación de Al día siguiente de la conquista, de Juan Miguel Zunzunegui (La Esfera de los Libros), una obra escrita con rigor, sarcasmo y sentido común, apoyada en aquello que en historia importa de verdad: las fuentes. Un libro incómodo para muchos en México y también para cierta izquierda española, porque cuestiona dogmas asentados a ambos lados del Atlántico.

La escena suele resumirse de forma infantil: un puñado de españoles destruyó un paraíso indígena. Esa es la primera falsedad. El esquema es eficaz, moralmente simple y perfecto para la política contemporánea. El problema es que la historia nunca cabe en una pancarta, por muy ingeniosa que esta sea. En la caída de Tenochtitlan no participaron solo españoles. Combatieron también miles de tlaxcaltecas, cholultecas, huejotzingas, texcocanos y otros pueblos indígenas hartos del dominio mexica. De hecho, la inmensa mayoría de las tropas que cercaron la ciudad no eran europeas. Eran indígenas aliados de Cortés.

Ese dato altera por completo el marco mental con el que se suele abordar el episodio. Si aquello fue únicamente una invasión extranjera, ¿qué hacemos con decenas de miles de nativos combatiendo contra el poder de Tenochtitlan? ¿Cómo encaja en el catecismo ideológico la existencia de pueblos sometidos que vieron en Cortés una oportunidad de revancha y liberación?

Zunzunegui lo resume con una frase certera: «En ambos lados del océano nos contamos la utopía americana, de pueblos místicos y avanzados, de personas nobles y buenas por naturaleza, del buen salvaje en la nueva Atlántida, de civilizaciones que ya lo tenían y lo sabían todo. Quinientos aventureros atrasados jamás podrían conquistar una civilización gloriosa de millones». Ahí está el núcleo del debate. No se discute solo sobre el pasado, sino sobre una mitología sentimental construida mucho después, especialmente desde el siglo XVIII por ingleses y franceses, y reactivada con fuerza política en los últimos años.

Nada de esto implica negar la violencia. Al contrario. El encuentro entre dos mundos fue violento, dramático y lleno de abusos. Pero también conviene recordar algo elemental: eso no convierte el caso hispanoamericano en una anomalía monstruosa, sino en un episodio más de la historia humana. Imperios, conquistas, guerras, alianzas cambiantes, pactos oportunistas, mezclas culturales, traiciones y supervivencia. Roma, Persia, los mongoles, los otomanos, los británicos o los propios mexicas actuaron bajo lógicas semejantes. El problema no es la violencia del siglo XVI. El problema es exigirle al siglo XVI la moral de Instagram. Resulta, como poco, infantil.

Una de las partes más interesantes de este libro es la historia comparada que el autor no se deja en el tintero. Una de las cosas más bellas de esta ciencia que es la Historia es poder llegar a conclusiones después de hacer comparaciones de mundos tan diversos, que en nada se parecían, pero que llegaron a converger. Cualquiera que haya paseado por ciudades como Puebla puede hasta oler la presencia de la España de Carlos V y Felipe II, y eso se consiguió en tiempo récord: en 1531 se fundó dicha ciudad, en 1534 se creó la diócesis de Puebla, en 1575 comenzó la construcción de la actual catedral y en 1649 el obispo Juan de Palafox y Mendoza la consagró e inauguró.

Por cierto, Cayetana Álvarez de Toledo, diputada del PP, tiene una magnífica tesis doctoral sobre quien fue obispo y virrey, nada menos que dirigida por el historiador sir John Elliott. Quizá ese sea uno de los motivos de peso por los cuales la congresista suele darle un gran repaso histórico al ministro Bolaños, gran encargado de azuzar las directrices que marca la presidenta mexicana.

Otro de los términos que merecen revisión es «genocidio». Se ha convertido en palabra totémica: en México produce rabia; en España, culpa. Precisamente por eso conviene usarla con rigor. Genocidio implica la voluntad deliberada de exterminar a un pueblo por lo que es. El ejemplo paradigmático en Europa sería el proyecto nazi contra los judíos. Aplicar sin matices ese concepto a la conquista de México supone forzar la historia hasta romperla y, además, alimentar una guerra emocional innecesaria.

Hubo muertes masivas, sin duda. Hubo explotación, también. Hubo epidemias devastadoras —fenómeno habitual en los contactos entre poblaciones aisladas— y hubo una transformación radical del mundo indígena. Pero hubo asimismo alianzas entre indígenas y españoles, matrimonios mixtos, mestizaje biológico y cultural, integración jurídica en nuevas estructuras y la aparición de una sociedad inédita. El México actual no es la prueba de un exterminio consumado, sino de una compleja fusión histórica.

La propia figura de Malintzin —doña Marina, la Malinche— simboliza mejor que ningún panfleto esa complejidad. Traductora, mediadora, pieza decisiva de la empresa cortesiana y madre de Martín Cortés, uno de los primeros mestizos célebres, sigue siendo presentada unas veces como traidora y otras como fundadora involuntaria de una nueva realidad. La historia real no ofrece héroes puros ni villanos perfectos. Ofrece seres humanos atrapados en circunstancias extraordinarias.

También resulta imprescindible desmontar otro tópico: la supuesta superioridad moral y civilizatoria automática del mundo mexica. Que una sociedad levante templos, administre tributos o posea sofisticación simbólica no la convierte en intocable. Los mexicas construyeron una formidable estructura política y militar, sí. Pero también dominaron pueblos vecinos mediante la guerra, el tributo y el terror ritual. Las fuentes hablan de sacrificios humanos a gran escala, con extracción de corazones y ceremonias destinadas a alimentar religiosamente el poder. Las cifras exactas son discutidas por los especialistas, como ocurre a menudo en la historia antigua, pero negar la centralidad del sacrificio humano en la cosmovisión mexica sería falsear la evidencia.

Idealizar aquello como una Arcadia ecológica y pacífica no es amor por los indígenas: es paternalismo romántico. Del mismo modo que caricaturizar a los españoles como demonios uniformes tampoco ayuda a comprender nada. Ni todos los indígenas eran víctimas pasivas ni todos los castellanos eran monstruos codiciosos. Había intereses, rivalidades locales, ambición, miedo, cálculo y también admiración mutua.

Cortés fue ambicioso, audaz, manipulador, brillante en lo político y despiadado cuando lo consideró necesario. Un hombre de su tiempo con una capacidad extraordinaria para leer escenarios, tejer alianzas y asumir riesgos. Reducirlo a «genocida» es tan pobre intelectualmente como presentarlo como santo civilizador. La historia exige perfiles más complejos y narrativas ajustadas a los hechos, no a las ideologías de cada uno.

Y lo mismo cabe decir de Moctezuma II. Ni emperador supersticioso paralizado por presagios ni simple mártir anticolonial. Fue un gobernante poderoso, formado en una tradición política y religiosa exigente, enfrentado a una crisis sin precedentes. La fascinación mutua entre Cortés y Moctezuma, el desconcierto inicial, la negociación, el cálculo y el desastre posterior pertenecen a una tragedia histórica mucho más sofisticada que la versión escolar de buenos y malos.

¿Por qué persiste entonces el simplismo? Porque es útil y genera ruido, justo lo que más cotiza en el siglo XXI. En los últimos años, el poder político mexicano ha convertido la conquista en combustible ideológico. Se invocan agravios de hace quinientos años para cohesionar identidades presentes, se señalan culpables hereditarios y se recetan discursos diarios donde España funciona como antagonista simbólico. Es una operación rentable: ofrece victimismo, enemigo exterior y emoción asegurada.

Tampoco España está libre de culpa en este terreno. Aquí alternamos entre la ignorancia orgullosa y el complejo automático. Unos responden con triunfalismo hueco; otros aceptan cualquier acusación porque creen que la autoflagelación concede prestigio moral. Ambas posiciones comparten el mismo defecto: sustituyen el conocimiento por la consigna.

Por eso libros como el de Zunzunegui resultan valiosos incluso cuando se discrepa de parte de sus tesis o de su tono combativo. Obligan a reabrir preguntas. ¿Y si la conquista no fue una película de invasores contra inocentes? ¿Y si el nacimiento de México tiene tanto de guerra civil indígena como de empresa castellana? ¿Y si llamar genocidio a todo impide entender algo? ¿Y si el mestizaje no fue un accidente vergonzante, sino uno de los hechos centrales de la modernidad hispánica?

El 13 de agosto de 1521 no terminó solo una ciudad. Terminó un orden político y comenzó otro. Hubo dolor, destrucción y desgarro, desde luego. Pero también empezó el largo proceso del que surgirían nuevas lenguas, nuevas instituciones, nuevas identidades y nuevas naciones. La historia no absuelve ni condena: explica.

Cinco siglos después, quizá eso sea lo verdaderamente revolucionario: renunciar al odio retrospectivo y atreverse, por fin, a entender. O, como resume el propio Zunzunegui, «qué hermosa civilización construimos, pero qué terrible historia nos contamos. Qué grandeza llegamos a crear, pero dejamos que las narrativas de conquista nos impidan ver las maravillas que están frente a nuestros ojos».

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