La cruzada de Trump
Analizamos la Guerra Santa trumpiana de la mano del catedrático de Historia Medieval Alejandro Rodríguez de la Peña

Imagen compartida por Donald Trump.
Nos encontramos a mediados de abril de 2026 y los actores de la geopolítica estadounidense han decidido ponerse el disfraz de cruzado. En Washington, se ha escenificado estos días un fervor bélico que a muchos les produce una vergüenza ajena insuperable. El episodio de Pete Hegseth, jefe del Pentágono, recitando a Quentin Tarantino en sede oficial convencido de que leía la Biblia, pasará a los anales del disparate. Vender el famoso monólogo de Samuel L. Jackson en Pulp Fiction como si fuera el profeta Ezequiel para justificar un bombardeo, sumado a Trump publicando —y luego borrando tras las críticas— una imagen de sí mismo como Jesucristo, mientras JD Vance le dicta la moral al Papa, ¿es solo un patinazo cultural? ¿O es el síntoma de una enfermedad más profunda? Para separar el grano de la paja, he recurrido a Alejandro Rodríguez de la Peña, catedrático de Historia Medieval, católico y especialista en la historia de la Guerra Santa.
En un lado tenemos a la Administración Trump, repartiendo credenciales de guerra divina contra Irán. En el otro, al papa León XIV, al que los sectores más conservadores y asalvajados de Estados Unidos tildan hoy de progre, de pacifista y casi de hippie por negarse a bendecir la campaña militar. Le pregunto a Alejandro si, aplicando estrictamente la doctrina de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, la actual guerra suspende el examen del bellum iustum, la guerra justa. Su respuesta no hace prisioneros: «Con estos dos doctores de la Iglesia en la mano suspende el examen, sin duda alguna». No hay pacifismo adolescente en el Vaticano, hay memoria. León XIV hace lo correcto. La Iglesia católica lleva unos 1.700 años con una hoja de ruta muy severa para tolerar un conflicto armado como mal menor. Exige proporcionalidad, agotar la vía diplomática y causa legítima.
La aventura de Trump no ha pasado el corte. Filósofos romanos como Cicerón ya argumentaban que una guerra solo era lícita si se hacía para defender al Estado o vengar una ofensa grave, previo aviso formal. Pero cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio romano y este empezó a sufrir herejías violentas en su seno e invasiones de pueblos bárbaros, San Agustín de Hipona, influido por su mentor San Ambrosio de Milán, articuló la idea de que un líder cristiano podía usar la fuerza para proteger a inocentes. Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino fue quien sistematizó esta doctrina, dándole la forma jurídica y moral que ha llegado a nuestros días. Y aunque el español Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca arrojaron luz en el siglo XVI sentando las bases del derecho de gentes —recordando a los reyes que el poder no es ilimitado ni los abusos tolerables—, Alejandro me recuerda que, aunque sin duda podemos extraer enseñanzas valiosas, «lo esencial ya estaba recogido en Santo Tomás, quien, a su vez, se apoya en San Agustín».
Pero volvamos al Pentágono. El problema de fondo no es que un político no sepa lo que dijo un patriarca bíblico. El problema es lo que Rodríguez de la Peña define con brillantez como la «protestantización» de la guerra: la barra libre teológica. «En efecto, hay una tendencia creciente a citar la Biblia fuera de contexto o incluso alterando la cita, sin las lecturas necesarias para entender lo que se cita», me explica. El político de turno agarra un versículo suelto, lo agita, le quita la anilla como a una granada y lo lanza para justificar su operación militar sin someterse a ningún magisterio, tradición o autoridad. El drama, apostilla Alejandro con evidente preocupación, es que esta frivolidad metodológica «también afecta, cada vez más, a no pocos católicos».
De aquellos lodos protestantizados, estas cruzadas de pacotilla. Abundan hoy en Estados Unidos esos sectores a los que el profesor tilda en X de «cristianos sionistas» (¿se puede ser ambas cosas?), gente que añora el ardor de las Cruzadas para justificar su apoyo incondicional y acrítico a Israel frente a Irán. La incultura histórica puede llegar a marear. Por eso le planteo a Alejandro un ejercicio de historia ficción: si un papa medieval como Urbano II —el hombre que se inventó las Cruzadas en el año 1095 al grito de «deus vult» (lit.: «Dios lo quiere»)— levantara la cabeza hoy, ¿hacia dónde dirigiría verdaderamente sus ejércitos? La respuesta del historiador, con todas las cautelas ante las posibles lecturas que exige una respuesta así, cae por su propio peso y destroza el relato estadounidense: «Si hiciéramos historia contrafactual, historia-ficción, tengo claro que, dado que el objetivo de la Primera Cruzada no era combatir al islam per se, sino liberar los Santos Lugares, Urbano II habría señalado como objetivo privar al Estado de Israel del control de Jerusalén». Jaque mate. Un cruzado medieval jamás sería el palmero del corrupto (y criminal de guerra en busca y captura) Netanyahu; le haría la guerra para recuperar el Santo Sepulcro.
Para justificar sus lealtades divididas, algunos católicos acérrimos del trumpismo intentan vender al presidente estadounidense como si fuera un gibelino moderno. Conviene explicar los términos para no perderse. En la plena Edad Media, los gibelinos eran católicos rebeldes que se enfrentaban al Papa por cuestiones de poder político para apoyar al emperador germánico, pero siempre desde dentro del sistema de la Cristiandad. Trump no es un gibelino, Trump juega a otro deporte. Rodríguez de la Peña acierta al compararlo con figuras ajenas y destructivas para la Iglesia. Trump se parece más a Otto von Bismarck, el rudo canciller prusiano que en el siglo XIX lanzó la Kulturkampf (una agresiva «batalla cultural» laica para someter y restar poder a los católicos alemanes), o directamente a Enrique VIII, que cortó amarras con Roma simplemente para hacer su «santa» y caprichosa voluntad.
Mientras tanto, en nuestra querida España, cierta derecha mira el conflicto con simpatía y envidia, aplaudiendo a Israel como muro de contención civilizatorio y tirando de retórica patria. Alejandro no niega la existencia de amenazas globales, pero advierte del cóctel tóxico que se está gestando: «Hay una mezcla de sano patriotismo, demagogia populista de matriz trumpista y herencias nacionalcatólicas mal digeridas». Reivindicar nuestro pasado, nuestra historia y nuestra identidad es necesario y positivo, subraya, «siempre que no se incurra en un discurso demagógico y no se proyecte una leyenda rosa para contrarrestar la leyenda negra, que existir, existe».
La sociedad occidental no parece comprar este relato mesiánico fabricado en los despachos de Washington. Los números de este mes de abril son tercos y no mienten. Mientras Trump publica memes blasfemos y se viste de templario de saldo, las encuestas en Estados Unidos revelan que quienes apoyan los ataques son minoría. En Europa la cosa es aún más fría. La guerra no gusta y presentarla como cruzada contra el infiel, mucho menos.
Ante este paisaje desolador, plagado de «teólogos de opereta» (así define Alejandro a estos políticos iluminados), ¿cuál debe ser la postura del católico de a pie, del ciudadano honesto? Alejandro lo resume con la claridad del buen profesor: «En primer lugar, formarse bien en historia de la Iglesia y leer a los maestros que la Iglesia ha dado a lo largo de los siglos, en lugar de prestar tanta atención a lo que dicen algunos comunicadores que no saben de lo que hablan». Me vienen a la mente algunos, pero mejor no hacerles promoción.
Apelar hoy a la Guerra Santa no solo es un error táctico, es una aberración doctrinal. «Es anacrónico para un católico, pues la Iglesia le ha dado la espalda hace siglos a un concepto que, en realidad, es incompatible con el Evangelio y con toda la Patrística cristiana», sentencia de forma implacable Rodríguez de la Peña. «Para un católico, ‘guerra santa’ es un oxímoron, pues si es guerra, no puede ser santa. Otra cosa es la guerra justa defensiva, que sí es perfectamente católica». Queda dicho. Menos Tarantino, menos memes, menos discursos inflamados, menos ignorancia con galones y más Santo Tomás. El que quiera guerras, que se las pague y se las justifique con geopolítica, pero, al menos, que deje a Dios tranquilo.
