The Objective
El zapador

En el fútbol hay demasiado hombre

Para nuestra ministra Milagros Tolón el problema es que hay mucho portador de cromosoma Y

En el fútbol hay demasiado hombre

La ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón. | Diego Radamés (EP)

Una de las carteras que ilustran a la perfección la deriva esperpéntica del sanchismo es la de Educación, Formación Profesional y Deportes. Lo que antaño debería haber sido el faro intelectual y formativo del país, se ha convertido en un circo de tres pistas por el que han desfilado personajes cuya aportación pasará a la historia por el rubor ajeno más absoluto. La traca final de lo que espero que acabe bautizándose como «postsanchismo» (si es que nos libramos de él en 2027), la acaba de encender nuestra actual ministra, Milagros Tolón, regalándonos una frase que condensa perfectamente el vacío argumental de su gestión. He de reconocer que hasta ahora no conocía a la susodicha. Y vivía feliz de esta manera.

A ver, la degradación ya comenzó con Isabel Celaá, artífice de una ley educativa que pasará a los anales como una oda al wokismo más desorejado. Fue ella quien nos iluminó con disparates como las matemáticas con «perspectiva de género», como si las integrales, las raíces cuadradas o el teorema de Pitágoras escondieran un sesgo patriarcal que oprimía a las alumnas.

El vodevil continuó con Miquel Iceta como Ministro de Cultura y Deporte, que transformó el Consejo Superior de Deportes en una agencia de colocación a dedo para los amiguitos del partido. Y no solo eso. Las sombras de la trama Koldo planearon sobre su etapa, dejando estampas que rozan el surrealismo más oscuro: reuniones en La Chalana, favores a altos cargos y hasta la escandalosa contratación de su entonces pareja como piloto en Iberojet, casualmente tras el millonario rescate gubernamental de la matriz. Por no hablar de episodios propios de una novela negra barata sobre armas escondidas que salpican aquel lodazal de favores políticos.

Pilar Alegría se acabaría quedando con algunas de las carteras de Celaá e Iceta y también ejercería de portavoz de los desmanes de su partido. Que la máxima responsable de la Educación en España sea recordada por sus flagrantes patadas al diccionario es de una ironía dolorosa. Su inolvidable «se producieron», su invención de la palabra «soeces» usándola como sustantivo, sus tuits con faltas de ortografía o sus creativas matemáticas de letras —donde restar el 0,2% de la población dejaba un asombroso 98,2%— evidenciaron que, en este ecosistema, la ignorancia no penaliza, sino que promociona.

Y así llegamos a diciembre de 2025, momento en el que aterriza Milagros Tolón, diplomada en Magisterio, licenciada en Geografía e Historia y encarnación absoluta de ese arquetipo que las redes han bautizado implacablemente como «Charo». Muy bien tirado, por cierto. Tolón no es una gestora técnica; es una escudera. He descubierto que ya lo demostró cuando, siendo delegada del Gobierno, salió en tromba a desautorizar a la consejera de Igualdad de Emiliano García-Page para defender ciegamente la pureza de Pedro Sánchez frente a cualquier asomo de crítica interna. Esa lealtad perruna es su principal aval.

Este 30 de abril de 2026 hubo un desayuno informativo. Preguntada la ministra por las tensiones en la organización del Mundial 2030, muy soberbia ella, sentenció: «En todas las cuestiones más complicadas que me he encontrado en este ministerio, está el fútbol. ¿Sabéis por qué? Menos mal que el fútbol femenino cada vez tiene más fuerza. Porque hay demasiado hombre». Ahí lo tienen. El diagnóstico riguroso de una ministra de España ante un desafío diplomático y organizativo de máxima exigencia: el problema es que hay mucho portador de cromosoma Y.

Esta reducción al absurdo, esta pereza mental que lo fía todo a la guerra de sexos, es el pan de cada día de un feminismo dogmático que ignora deliberadamente cómo funciona el mundo real. Tolón, como tantos otros, prefiere la demagogia a la sensatez. Una sensatez que, paradójicamente, tuvo que poner sobre la mesa nuestro Rafa Nadal hace un tiempo cuando le exigieron posicionarse sobre la brecha salarial en el deporte. Nadal lo resumió con una lógica aplastante: igualdad de oportunidades siempre; pero en la élite, el salario lo dicta lo que generas.

El deporte profesional no es una ONG, es una industria del entretenimiento. Comparar a Kylian Mbappé con Jennifer Hermoso y exigir paridad salarial por decreto es un insulto a las matemáticas (incluso a las que tienen perspectiva de género). El fútbol masculino mueve miles de millones en derechos de televisión globales, llena estadios de ochenta mil espectadores con entradas desorbitadas y vende camisetas en todos los rincones del planeta. Si un club genera mil millones de euros gracias a su equipo masculino y diez gracias al femenino, pagar los mismos sueldos es, simple y llanamente, la ruina. No es una conspiración heteropatriarcal; es la inquebrantable ley de la oferta y la demanda.

Si a la ministra Tolón le escuece esta realidad, le bastaría con asomarse a otras profesiones donde el público consume mayoritariamente el producto femenino. Allí, las mujeres barren en ingresos a los hombres sin que nadie exija cuotas compensatorias. En el mundo de la moda, Kendall Jenner o Gigi Hadid ganan fortunas que ridiculizan a los modelos masculinos. En la industria del entretenimiento en vivo, Taylor Swift genera con sus macro-giras un impacto económico equivalente al PIB de pequeños países, cobrando infinitamente más que cualquier banda de hombres (que encima se lo tienen que repartir). Margot Robbie se llevó un buen bocado de la taquilla de Barbie, dejando a su Ken Ryan Gosling a años luz en materia salarial. En las redes sociales, las creadoras de contenido de belleza facturan millones que los hombres ni huelen. E incluso en el deporte, figuras como Simone Biles, Naomi Osaka, o Ronda Rousey en su época dorada de la UFC, han aplastado comercialmente a sus homólogos masculinos porque ellas eran las auténticas reinas de la taquilla.

El capital no entiende de machismo; entiende de rentabilidad y de audiencias. Pero pedirle a Milagros Tolón que comprenda que el dinero sale del bolsillo del espectador soberano y no de la nada es, a estas alturas, pedir peras al olmo. Resulta desolador constatar que al frente del deporte español y de la educación de las futuras generaciones tengamos a perfiles cuya única aportación es el sectarismo barato y la soflama de trinchera. Al final, lo verdaderamente preocupante no es que en el fútbol haya «demasiado hombre», como dice la ministra. Lo trágico es que en este Ministerio, desde hace ya demasiados años, hay demasiada incompetencia.

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