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PSOE: ¿un juguete roto?

Cuanto más tarde la rendición de cuentas, más probable será que millones de socialistas no tengan partido al que votar  

PSOE: ¿un juguete roto?

Ilustración de Alejandra Svriz.

La política española reviste caracteres anómalos desde hace ocho largos años, cuando, poco después de afirmar José Luis Ábalos que el PSOE nunca se aliaría con partidos separatistas, él mismo encabezó una coalición con Esquerra Republicana y Junts (en aquel momento llamado Partit Demòcrata Català Europeu) y otros partidos, para presentar una moción de censura contra el PP, donde se acusaba a este de haber incurrido en prácticas corruptas y se afirmaba que la coalición que presentaba la moción de censura tenía como principal propósito regenerar la vida política española y terminar con la corrupción de una vez por todas.

Era difícil reunir tantas mentiras en una sola moción. Para empezar, Ábalos, como hemos visto, había prometido no aliarse con separatistas y casi acto seguido se aliaba con los dos más importantes partidos separatistas catalanes para hacer viable su censura al PP.

En la moción se comprometían los promotores a convocar elecciones inmediatamente y, sin embargo, se aplazaron hasta bien entrado el año siguiente (¡11 meses más tarde!). Pero la mayor mentira era la promesa de regeneración moral, como pronto se comprobó. Luego supimos que lo que Ábalos realmente estaba diciendo con la moción era: «Quitaos de en medio, idiotas del PP, que ni robar sabéis y os vamos a enseñar».

Era esta sarta de falsedades una manera auspiciosa de comenzar una legislatura que estuvo plagada de desmanes, desde el cierre inconstitucional de las Cortes, el turbio —o más bien negro— asunto de las mascarillas, la conversión del Ministerio de Transportes en un prostíbulo —en dos sentidos, literal y figurado—, la utilización de la Fiscalía como arma política al servicio del Gobierno, en virtud del «Pues ya está» pronunciado en un alarde de desfachatez asombroso por el presidente del Gobierno, y un largo etcétera…

En otros artículos he enumerado las constantes anomalías, fracasos, mentiras y escándalos a los que nos ha ido acostumbrando este «Gobierno de progreso», cuya segunda legislatura ha dejado chiquitos los escándalos de la primera. Otros autores en estas páginas han escrito mejor que yo sobre todos estos temas, y sobre cómo este Gobierno, que en un sistema verdaderamente democrático habría dimitido y convocado elecciones generales hace ya muchos años, se mantiene por medio del vergonzoso expediente de venderse y vendernos a los partidos separatistas, que disfrutan viendo humillado y hundido al gobierno de la «puta España», por obra y gracia de su «progresista» y enfangado presidente. Sí, hombre, ese presidente amnésico que de un día para otro olvida que conocía a sus más íntimos colaboradores.

«El PSOE (y la izquierda en general) conserva una extraña aureola de superioridad moral que ni los mayores desmanes logran borrar»

Muchos también se preguntan cómo puede mantenerse en pie un Gobierno que se tambalea desde que perdió las elecciones generales de 2023, donde, dicho sea de paso, hubo, pese a la derrota, fundadas sospechas de pucherazo que nunca dieron lugar a una investigación a fondo. Y muchos también se preguntan cómo, a pesar de perder una elección tras otra y de conocerse un escándalo tras otro, el PSOE sigue teniendo un porcentaje de apoyo decreciente, sí, pero no tan menguante como a muchos nos parecería normal.

Varios autores se han planteado el problema; Javier Benegas lo ha hecho recientemente en estas mismas páginas, llegando a la conclusión, en la que yo concurro, de que el PSOE (y la izquierda en general) conserva una extraña aureola de superioridad moral que ni los mayores desmanes y latrocinios logran borrar totalmente. En parte, esto es atribuible a la Guerra Civil y a la larga dictadura franquista, que en España desprestigiaron de manera casi definitiva a «la derecha», desprestigio que el PSOE, sobre todo desde el rotundo triunfo electoral de Aznar en 2000, ha explotado machaconamente con notable éxito.

Además del hecho de que la izquierda perdiera la guerra pero venciera en la batalla cultural, en especial porque la dictadura de Franco desprestigió a toda la derecha, incluso a aquella fracción, nada insignificante, que nunca transigió con el franquismo, además de esto, repito, existe el prejuicio «filosófico» que sostiene que la izquierda es desinteresada y defensora de los pobres y desvalidos, mientras que la derecha es egoísta y defensora de los ricos y poderosos. Esto es una fábula para niños no muy avispados, que la historia contemporánea ha demostrado errónea.

El fracaso estrepitoso de la izquierda comunista en todas las latitudes, desde Rusia hasta Nicaragua, pasando por China, Alemania del Este, Cuba, Venezuela, Etiopía, toda la Europa del Este, etcétera, demuestra que la izquierda totalitaria no ha beneficiado más que a diminutas minorías de políticos tiránicos, que explotaron a la inmensa mayoría de la población de la manera más despiadada. Otro es el caso de la socialdemocracia, que yo siempre he defendido con moderación, reconociendo que también los socialdemócratas pueden cometer errores e incluso delitos, pero que, siendo demócratas, se someten al voto popular para ser juzgados por el pueblo. Eso sí, yo creo que la socialdemocracia tiene grandes virtudes, pero no goza de ninguna superioridad moral. Sus virtudes deben demostrarse día a día, y cuando yerre o delinca, el voto popular debe quitarle el poder.

«Una sociedad puramente filantrópica carecería de incentivos para producir bienes y servicios a los precios adecuados»

La superioridad moral de la izquierda, en la que muchos creen con fe religiosa, está también basada en otro ingenuo sofisma. La derecha, se dice, confía en el egoísmo individual, en la impersonalidad del mercado, mientras que la izquierda, más compasiva, confía en un Estado moral y virtuoso que corrige las aberraciones del mercado. Esta defensa de la izquierda intervencionista puede tener alguna justificación, pero es más que discutible.

Desde Adam Smith (1776 nada menos), la ciencia económica sostiene que el egoísmo bien entendido, con cada individuo persiguiendo su interés, respetando, por supuesto, la moral y las leyes, produce la situación óptima de desarrollo económico e incluso de justicia social. Es su conocido apotegma afirmando que si él mismo se alimentaba y se vestía adecuadamente no era porque su tendero y su sastre fueran filántropos, sino porque perseguían su propio beneficio. Una sociedad puramente filantrópica probablemente carecería de incentivos y de datos para producir bienes y servicios a los precios adecuados.

Pues bien, la historia ha dado la razón a Smith, en especial en lo que se refiere al crecimiento económico: desde 1776 hasta hoy las economías han crecido como nunca lo habían hecho antes, gracias en gran parte al funcionamiento del mercado libre (lo mismo, dicho sea de paso, ocurrió en China desde 1980). En lo que no se cumplió tanto la predicción del modelo fue en materia de distribución. Esta mejoró, pero no todo lo que fuera de desear. La distribución de la renta en las economías capitalistas ha conocido vaivenes que han justificado, a mi modo de ver, la intervención asistencial, el llamado Estado de bienestar de la socialdemocracia. Estado de bienestar, fuerza es decirlo, que no está exento de problemas, ni mucho menos. En todo caso, la pretendida superioridad moral de la izquierda no aparece por ningún lado.

Lo que sí aparece es la justificación de la socialdemocracia por dos grandes economistas de la primera mitad del siglo XX, Joseph Schumpeter y John Maynard Keynes, que, desde puntos de partida muy diferentes, justificaron la socialdemocracia porque el mercado planteaba problemas de distribución que requerían la intervención del Estado. El enfoque de ambos era muy distinto, pero la conclusión fundamental coincidía: en las economías maduras, aparecen serios problemas de distribución que requieren la intervención del Estado, no por razones morales, sino por razones de funcionamiento: las economías de escala, las tendencias monopolísticas, las imperfecciones de los mercados financieros, producen serios atascos que los Estados deben despejar.

«La ‘tangentopoli’ italiana acabó con el Partido Socialista Italiano y mandó al exilio a Bettino Craxi»

Volviendo a la España de hoy, ¿cómo podemos o debemos juzgar a un PSOE, enredado en escándalos, que pretendía y sigue pretendiendo ser inmune y conservar esa mítica superioridad moral cuya realidad no aparece por parte alguna? ¿Cómo se justifica la persistencia de un suelo de voto duradero, revelando la existencia de millones de creyentes en una falsa rectitud socialista, a diario desmentida por los hechos? La tangentopoli italiana (que podría traducirse por «sobornópolis») acabó con el Partido Socialista Italiano y mandó al exilio a Bettino Craxi.

¿Va a ser otra vez «España diferente»? ¿Va a aceptar el Partido Socialista el convertirse en el juguete roto de Sánchez? Porque cuanto más se tarde en poner fin a esta situación, no se sabe si surrealista o neorrealista, pero vergonzosa a todas luces, cuanto más se aplace el ajuste y el rendimiento de cuentas, tanto más probable parece que el suelo se venga abajo repentinamente para no recuperarse nunca más y unos millones menguantes de exsocialistas se encuentren repentinamente sin partido al que votar y maldiciendo amargamente la pretendida «superioridad moral» de Sánchez.  

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