Puigdemont no tiene quien le visite
«Como si de manera inconsciente supiera que sus actos merecen que sus huesos descansen en un lugar parecido»

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont. | Glòria Sánchez (EP)
Qué triste y solo se debe de sentir Puigdemont para que quiera que vaya a verle Feijóo, que tendrá sus virtudes, pero entre ellas no está ser la alegría de la huerta. Una soledad que compensa con la libertad de la que se autoconvence que disfruta. No se puede ser libre si no puedes estar en el lugar que sientes como tu casa, como tu hogar. Cambiar España y Cataluña por un lugar tan aburrido como Bélgica… Aunque, si hay un lugar donde no desentonaría ese encuentro entre el líder del Partido Popular y el «medio amnistiado, medio fugitivo», es ese país, concretamente Waterloo. Una ciudad de apenas 30.000 habitantes donde a nadie le importa quién vive en esa casa cerrada a cal y canto, como si de manera inconsciente supiera que sus actos merecen que sus huesos descansen en un lugar parecido, pero más carcelario.
Puigdemont ve las noticias de España desde el salón de esa casa con barrotes imaginarios. Una España preveraniega, pero cuya temperatura hace pensar que se está en julio y no en junio. El sol brilla en su querida Cataluña, que parece pintada por el Dalí de los relojes derretidos. El tiempo es relativo, sobre todo en la cárcel y en Waterloo. Un servidor ha mirado el tiempo que está haciendo y que va a hacer la próxima semana en esa ciudad, y la grisura y la lluvia lo acaparaban todo. Algo normal en un lugar que es símbolo de la derrota, como demostraron Napoleón y ahora nuestro Puchi.
Turull hizo unas declaraciones en las que animó a Feijóo a verse con su jefe en esa casa donde solo falta que salgan goteras de ese techo que separa la lluvia de ese hombre marchito. Le tentó con la moción de censura, pero sabe que lo que el líder del Partido Popular se encontraría es con emoción y espesura. Lo normal en un hombre recluido y al que nadie quiere visitar. Puchi busca un amor que Feijóo no puede ni quiere corresponder. Es conocedor de la nula fidelidad de cualquier nacionalista e independentista. Se van con cualquiera que les haga caso y colme sus caprichos. Un corazón frío como una noche a la intemperie en Waterloo.
Gabriel García Márquez escribió El coronel no tiene quien le escriba. Cuenta la historia de un veterano de guerra que durante 15 años espera una carta del Gobierno en la que se apruebe su pensión. El tiempo pasa y sus condiciones económicas son cada vez más paupérrimas. Pasa hambre y tiene que vender sus pocas pertenencias, pero mantiene su orgullo y sus principios intactos. Puigdemont no tiene quien le visite. Lleva casi nueve años esperando que alguien vaya a verle para que le diga que podrá volver a casa sin ninguna consecuencia. Pero pasa el tiempo y su Cataluña es cada vez más una quimera que una realidad. Él también mantiene sus rígidos principios. Su Cataluña es cada vez menos material y palpable y más fruto de las ensoñaciones de un preso de sí mismo. Una Atlántida moderna, también soberbia y corrupta, castigada esta vez por el ordenamiento jurídico español hasta hacerla desaparecer y ser sustituida por una comunidad autónoma más, con todos sus derechos y obligaciones.
Puigdemont lee a Josep Pla y a Mercè Rodoreda una y otra vez. Lo hace de la misma manera que el Quijote leía las novelas de caballerías. Vive y muere en ellas. Su Cataluña es cada vez más esa mezcla de ficción y realidad en la que resulta imposible saber cuál es cuál. Mientras espera que llame a su puerta un presidente del Gobierno, o alguien con muchas posibilidades de serlo, cree que sigue siendo influyente para la gobernabilidad de España. Mientras tanto, él y su partido siguen siendo ninguneados por Sánchez y por un electorado que, como buen nacionalista y, por tanto, infiel por naturaleza, se va con el sol que más calienta, y que se llama Sílvia Orriols. Puigdemont busca alguna señal a la que agarrarse; tanto tiempo solo no es bueno para ningún hombre. Está solo en casa y cada vez se siente más como un niño. El Quijote catalán más enfebrecido vuelve a escuchar esas voces que dicen «Espanya ens roba». Las caras de los dos ladrones de la película son sustituidas por las de Sánchez y Feijóo. Y así un día tras otro. Uno de tempestad y otro de calma. Tras uno de estos últimos, llega a un momento de cordura y dice en voz alta: «La soledad era esto, y la independencia de Cataluña también».
