Es la hora del Templo de Debod
El falso argumento del impacto visual impide salvar una joya irrepetible de la antigüedad

El templo de Debod en 2020. | Eduardo Parra (EP)
En Madrid tenemos piedra arenisca de 2.200 años de antigüedad. Una piedra a la que el rey nubio Adijalamani, allá por el 200 antes de Cristo, mandó tallar relieves para que Amón e Isis recibieran ofrendas en una pequeña capilla a orillas del Nilo. Una piedra que sobrevivió a los Ptolomeos, a los romanos, a Augusto, a Tiberio. Una piedra que aguantó 12 siglos de abandono tras la cristianización de Nubia, un terremoto en 1868 y nueve meses al año bajo las aguas de la presa británica de Asuán desde 1908. Esa piedra, que ha visto pasar imperios, hoy está en peligro. Y se están meando en ella. Literalmente. Las palomas, los borrachos del sábado por la noche, los graciosetes que rascan su nombre con la llave del coche y, sobre todo, el cielo de Madrid, que descarga sobre ella entre 400 y 500 milímetros de lluvia al año cuando su clima original apenas pasaba de los diez. Diez. Repito: 40 veces menos. Esto es lo que el Ayuntamiento de Madrid considera un «buen estado de conservación».
La polémica no es de ahora, pero en octubre del año pasado volvió a estallar con una virulencia inusual cuando el egiptólogo Tito Vivas publicó un vídeo en redes que llegó a los tres millones de visualizaciones y que removió, por fin, las aguas estancadas de Cibeles. Vivas, que no es ni el primero ni el último en denunciarlo, acaba de hacer algo que muy pocos habían hecho antes: pedir al portal de transparencia del Ayuntamiento la famosa memoria Estudios para la mejora del conocimiento del Templo de Debod (2021) y su correspondiente Plan de Conservación Preventiva, los dos documentos a los que la delegada de Cultura, Marta Rivera de la Cruz, lleva años aferrándose como náufrago a una tabla para repetir, comisión tras comisión, que el templo «está en buen estado» y que no se contempla ni cubrirlo ni trasladarlo. Llegó incluso a ironizar con aquel «¿metemos en una urna la Puerta de Alcalá?», argumento desafortunado donde los haya. No creo que haya que aclarar que la caliza blanca de Colmenar de Oreja de la Puerta de Alcalá aguanta mucho mejor que la arenisca nubia de Debod.
Pues bien: Vivas leyó los informes en un vídeo de YouTube. Y lo que cuentan los informes (a los que he tenido acceso) es exactamente lo contrario de lo que cuenta la delegada. El capítulo 6 de la memoria reconoce sin ambages que el templo padece patologías crónicas y activas. Para empezar, existe una degradación desigual de los materiales pétreos; de hecho, la piedra de Villamayor —traída desde Salamanca en los años setenta para los remiendos— ha resultado ser la más sensible y problemática por su gran contenido en arcillas expansivas, mientras que la valiosa arenisca nubia original se enfrenta a un entorno a la intemperie para el que jamás fue concebida.
A esto se suma la presencia de morteros de cemento Portland, una chapuza técnica de cuando se reconstruyó el templo en Madrid, que fomenta daños y que hoy ningún profesional de la restauración toleraría. El monumento se enfrenta a diario a un clima implacable: el zócalo de granito sufre crioclastia (fracturas por los ciclos madrileños de hielo y deshielo), y proliferan las costras biológicas, los sillares rotos por asentamientos y las temidas eflorescencias salinas. Los capítulos 8 y 9 son demoledores al respecto: documentan que la humedad y las sales actúan en tándem como un mecanismo fundamental de alteración. Lo más alarmante es que algunas de estas sales son tan solubles (delicuescentes) que ni siquiera necesitan lluvia para hacer daño; atrapan la propia humedad ambiental, se disuelven y cristalizan cíclicamente, reventando la piedra desde dentro.
Es cierto que el capítulo 13, tras analizar fotografías de luz oblicua, no llega a registrar una pérdida de material visible en apenas 11 meses. Sin embargo, los propios técnicos advierten de que un periodo tan breve es una anécdota temporal insuficiente para garantizar su supervivencia, recomendando no bajar la guardia ante una degradación que es silenciosa y acumulativa.
El capítulo 14, en sus conclusiones, escribe textualmente que «la construcción de una cubierta, un sistema de protección de aleros y un sistema de evacuación de aguas constituirían elementos de protección de indudable eficacia». Pocas páginas después, en el capítulo 15 de recomendaciones finales, alguien —parece otro autor— escribe lo contrario: «No se estiman necesarias actuaciones extremas como su cubrición para evitar su deterioro». Hace falta tener mucha cara para firmar en el mismo documento una cosa y la contraria. Es el ‘donde dije digo, digo Diego’, en versión arqueológica. Vivas lo resume con una frase que merece enmarcarse: el informe pasa, en unas páginas, «del diagnóstico científico a la decisión burocrática». Los científicos hacen la autopsia de un sistema abierto, vulnerable y enfermo crónico; los gestores, en cambio, recetan paracetamol, vigilancia y a otra cosa.
Y a esta orquesta del autoengaño se ha sumado, con una columna muy bien escrita, un periodista. No diré quién es, pero daré una pista: tiene apellido de dios egipcio, dios de la creación, para más señas. Este columnista escribió una pieza en la que reconoce que «Madrid expone una inclinación patológica a sabotear su propio paisaje» —magnífico arranque— para acabar concluyendo, sin embargo, que tampoco hay que tocar el templo. Y remataba con esta perla, que me permito citar porque es exactamente el tipo de frase que explica todo el problema: «Y si un día sucumbe, mejor que lo haga a cielo abierto, contemplando por última vez el crepúsculo sobre la Casa de Campo». Marta Rivera de la Cruz, por cierto, compartió el artículo encantada.
Ahí lo tienen ustedes. La política cultural del Ayuntamiento de Madrid sobre el mayor templo egipcio existente fuera de Egipto resumida en una sola línea de prosa decadente: ‘que se muera, pero, oye, qué buenas vistas nos hemos llevado‘. Que se desmorone, pero qué chulas las fotos que se colgaron en Instagram.
Conviene recordar de dónde viene este templo y por qué lo tenemos aquí, porque la memoria es corta. En 1959, Egipto, ante la inminente construcción de la Gran Presa de Asuán, lanzó con la Unesco la mayor campaña de salvamento arqueológico de la historia: 22 monumentos, 20 años, 50 países, 80 millones de dólares de la época. Egipto, agradecido, regaló cuatro templos a los países que más arrimaron el hombro: Dendur a Estados Unidos, Taffa a Holanda, Ellesiya a Italia y Debod —el más grande, el más decorado, el más importante— a España, gracias al empeño personal del profesor Martín Almagro Basch. En 1968, el decreto firmado por Gamal Abdel Nasser cedía el templo «para su instalación en España y su reconstrucción en un lugar donde el público pudiera visitarlo». La condición de la Unesco, que aceptaron Estados Unidos, Holanda e Italia y que España violentó alegremente, era inequívoca: bajo techo. En un museo. Protegido.
Cuando he visitado el Metropolitan de Nueva York he visto el templo de Dendur dentro de una moderna sala climatizada a la que le entra luz por una cristalera lateral. Si vas a Leiden: Taffa preside el atrio del Rijksmuseum van Oudheden. Si vas a Turín: el speos de Ellesiya está perfectamente integrado en el Museo Egipcio. ¿Y qué ocurre en Madrid? Que nuestro templo está castigado por las heladas de enero, los 38 grados de agosto, la contaminación, las corrosivas cagadas de las palomas, los enamorados que rascan iniciales con la llave del coche y los grafiteros que el propio Ayuntamiento reconoce, ahora, que habrá que «borrar». ¿Borrar? Las pintadas no se borran bien de la arenisca. Cada vez que hay que borrar una pintada, es inevitable llevarte algo de material de 2.200 años. Pero claro, quedará bien la foto al atardecer.
El argumento estético del Ayuntamiento —«alteraría el paisaje urbano»— se desmorona solo cuando uno recuerda, como dice Tito Vivas, que el Palacio de Cibeles, sede del propio Ayuntamiento, está cubierto por una enorme cúpula de cristal sin que nadie haya muerto del disgusto. Si miramos al exterior, en Roma protegieron el Ara Pacis con un edificio vanguardista diseñado por Richard Meier, y sin salir de España, ahí está la gigantesca cubierta contemporánea que protege los mosaicos de la Villa Romana La Olmeda en Palencia. Cuando la opción de cubrir no es viable, la estrategia de la réplica es quizá lo más ético: las estatuas originales de las cariátides se exhiben a salvo en el Museo de la Acrópolis de Atenas mientras unas copias aguantan la intemperie, la misma filosofía que salvó la cueva de Lascaux en Francia o nuestra propia Altamira. Soluciones hay. Dinero también: el Foro de Empresas por Madrid ya cofinancia la restauración de la lámina de agua, y el concurso de ideas que ahora convoca Madrid Foro Empresarial —con bases publicadas el 7 de mayo y límite de entrega hasta el 15 de septiembre— pone sobre la mesa premios de 7.500, 5.000 y 2.500 euros para que arquitectos, ingenieros y estudiantes propongan soluciones reversibles, no invasivas y compatibles. Tres proyectos viables aterrizarán en la mesa del consistorio en octubre. Sin coste para el contribuyente. Con la embajada egipcia detrás. Esperemos que no los ignoren.
A Marta Rivera y al equipo de Almeida les digo, con todo el respeto y toda la asertividad de la que soy capaz: están ustedes a tiempo. No tienen nada que perder y mucho que ganar. Cubrir Debod no es desfigurar Madrid; es, por fin, cumplir lo que España firmó hace 57 años. Es que las futuras generaciones no tengan que preguntarse por qué los americanos, los holandeses y los italianos sí cuidaron su regalo y nosotros lo dejamos deshacerse lentamente al sol como un helado olvidado en un banco. Si actúan, pasarán a la historia como quienes salvaron el Templo de Debod. Si no, pasarán a la historia como quienes lo vieron sucumbir contemplando el crepúsculo sobre la Casa de Campo. Ustedes deciden qué frase prefieren en su epitafio.
