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Los sondeos demuestran que el 'no a la guerra' impulsa al PSOE, pero no tanto como necesita

La opinión pública ha asumido que el próximo Gobierno será de centro-derecha: Vox pierde apoyos porque no lo entiende

Los sondeos demuestran que el ‘no a la guerra’ impulsa al PSOE, pero no tanto como necesita

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press

Desde que las encuestas presagian 200 escaños para el centro-derecha y la sucesión de elecciones autonómicas muestra el campo de agramante en que se ha convertido el centro-izquierda, sobre todo la extrema izquierda, los focos iluminan a la derecha de escenario. PP y Vox son valorados por sus votantes y los indecisos que pudieron votarlos en clave de gobierno; es decir, evaluarán su quehacer en la oposición como avance de lo que podrían hacer gobernando. Esto tiene consecuencias, y el que no lo entiende comienza a pagarlo.

En 15 días, el CIS hizo dos estudios. Entre el 20 y el 27 de febrero, bajo el título «Temores en la sociedad actual» y el barómetro de marzo, entre el 2 y el 6. Pues bien, entre el 27 de febrero y el 2 de marzo se cortó la irresistible ascensión de Vox. Su intención de voto más simpatía, el indicador que tomamos como referencia, cayó del 15,5% al 12,5% en el trabajo de campo. En nuestra estimación, que pretende neutralizar los sesgos de Tragsatec, la red de campo del CIS pasó del 13,5% al 11,9% en voto sobre censo electoral. Las elecciones en Castilla y León, el 15 de marzo confirmaron este tope, aunque su consuelo pudiera ser que con la aparición de Se acabó la Fiesta perdió tres eventuales escaños. El enfoque periodístico al analizar las encuestas lleva a ver la opinión pública sacudida por acontecimientos inmediatos. No es así: la opinión pública tiene una dinámica propia y también reacciona a lo que no sucede, es una especie de máquina de reflexión continua.

Otra vez el desfase de fechas hace que el barómetro del CIS parezca «algo pasado», pero los días transcurridos más bien llevan a pensar que las tendencias se han acentuado.

El cambio en la iluminación del escenario quiere decir que la opinión pública ha asumido que el próximo gobierno será de centro-derecha, alguna suma de PP más Vox. Sobre esa premisa gira la política española y los sectores de la opinión pública calibran sus decisiones: «Va a haber un gobierno de centro-derecha con 200 diputados, ¿qué hago?» Esta es la pregunta que los votantes resolverán en reflexión personal y consultando con su entorno.

En la semana clave del 27 de febrero al 2 de marzo (las guerras de Irán y sur de Líbano comenzaron el 28) Vox ha perdido apoyos concentrados en sectores que buscan estabilidad: gente entre 55 y 74 años (directores y gerentes, agricultores, obreros, amas de casa, -Vox es interclasista), además de estudiantes. Y moderados, en el centro del espectro del centro-derecha: se autoubican en los puntos 7 y 8 de la escala de 1 (extrema izquierda) a 10 (extrema derecha). Puede que procedan del PP y que estén pensando volver, aún no lo sabemos. Son votantes que buscan el rápido relevo del sanchismo, hostiles al PSOE. ¿Qué ha ofrecido Vox a estos votantes desde las elecciones de diciembre en Extremadura y febrero en Aragón? Marear la perdiz en una negociación interminable e incomprensible. Estos votantes no tienen tiempo ni interés en debates bizantinos: votaron para reforzar al centro-derecha, no para que los dirigentes de Vox se entretengan.  

El electorado de Vox es frágil, recién llegado, como lo fueron los de Ciudadanos y Podemos. Le es fácil cambiar de voto. Vox estalló: en esas fechas García Gallardo levantó la alfombra, fueron arrojados a las tinieblas exteriores Ortega Smith (Madrid) y Antelo (Murcia) y la dirección de Vox (Bambú) reaccionó con rigidez burocrática. Una pregunta surge: ¿Es este el estilo con el que piensan gobernar? Salieron a la luz entramados de empresas, fundaciones, Arizas, Méndez-Monasterios, transferencias, sueldos de familiares … Para un partido que se presenta para limpiar la vida pública, la idea de que «son como los otros» es abrasiva. Aunque el toque autoritario de Trump tiene atractivo para los votantes de Vox, no por ello deja de ser inquietante; al fin, son de derechas, pero europeos.

En suma, Vox no ha entendido que ahora está bajo los focos y es analizado como actor secundario del próximo gobierno. Hostilizar al PP solo puede perjudicarle. Y la máxima de que el partido se fortalece depurándose de tibios, echando a sus cuadros más conocidos, no llega muy lejos.

En el PP el problema es otro. Su electorado es estable, tanto que no crece, ni siquiera cuando desciende Vox. Su sociología es estable, la hemos comentado en estos artículos. ¿Qué sucede? Da la impresión de que el PP está anclado en un (cómodo) discurso «antisanchista» (es un tema de confort), pero con este discurso ha ido perdiendo apoyos por su derecha, en dirección a Vox. A veces se encuentran las respuestas a las cosas en sitios inesperados.

Álvaro Nadal, escribió hace unos años un estimable libro: Lo que no son cuentas, son cuentos. El problema es que el PP no consigue emitir «cuentos» (relatos), pero, en el citado libro, en 2019, escribió: «Lamentablemente, … el debate sobre la competitividad ha desaparecido de la discusión política y ¡mediática! de nuestro país» (pág. 103) y «el debate económico en España se centra en exceso en la regulación … no en la mejora de la competitividad y la innovación» (pág. 125). Nadal apunta a los problemas de fondo, que no son los que aparecen en las encuestas necesariamente. Por ahí se debe construir un discurso de gobierno, que es lo que el fragmento indeciso entre el PP y el PSOE aguarda, y hay que pensar que el voto útil despegará votantes de Vox.

Mientras el PP esté absorto en el discurso antisanchista y antitezanos, ese fragmento desarrollará anticuerpos y no lo votará. El discurso del PP debería reflejar que comprende que va a ser el próximo gobierno de España, buscar complicidades para consolidar su mayoría, bajar decibelios y enfocar el futuro. De momento, se mantiene en los mismos escaños que en 2023. Y su discurso es fácil: que España funcione y recobre su peso en la UE.

La mayoría que va a obtener el centro-derecha supone una oportunidad que sucede muy pocas veces. El PP puede convertirse en el partido nacional, ocupando un espacio del que el PSOE desertó en esta legislatura.

Se podría decir que Sánchez no tenía más alternativa razonable para sustituir a María Jesús Montero que Carlos Cuerpo. Pero este nombramiento obligará al PP a replantear su forma de criticar la política económica. Cuerpo no es la intensa Montero, transmite sentido común. La agitación contra él será ineficaz.  

Que la izquierda sea la parte menos iluminada del escenario explica el ruido que emite. Con el paso de los días da la impresión de que sus actores están metidos en callejones sin salida.

Los datos del CIS, los resultados en Castilla y León y las previsiones en Andalucía indican que el «No a la guerra» no funciona. Puede suponer un pequeño repunte para el PSOE, pero no más. No pasa de ser otro recurso al pasado (el discurso de Sánchez en el Congreso el 25 de marzo mostró lo contrario de lo que debe ser la política: divisivo, oposición a Aznar y retorno al pasado en vez de orientar el futuro), como la invocación recurrente al 23-F, franquismo, para suscitar la reacción identitaria de sectores de izquierda, aunque ha convertido a Sánchez en la contrafigura de Trump, incluso para la clerigocracia iraní (inesperado como el rebote de un balón de rugby). Tampoco es útil la sesión permanente de tertulias que suministra TVE (y otras cadenas en uno u otro sentido). Quien atiende estos programas está perdido para la reflexión política, son programas para fieles.

La incapacidad para producir política ha sido sustituida por la pasión escénica, en dos géneros. Vodevil, entradas y salidas del Consejo de Ministros -en cualquier gobierno, el plante de los ministros de Sumar se hubiera saldado con su cese y convocatoria de elecciones- y dos decretos-ley de los que uno se sabe que no será aprobado en Cortes: su destino es meter bulla con la vivienda. El deseo de Sumar de marcar su territorio garantiza nuevos episodios. La guerra ha dado excusa para volver a aplazar los Presupuestos. O gira de monólogos, con Rufián de estrella, para preguntar qué hacer ante el avance del “fascismo” y el trumpismo. Las mismas criaturas de hace tres años y algunas producidas por las tertulias lo preguntan a sus auditorios, sin interrogarse qué han hecho ellos.

 El PSOE mantiene sus apoyos, alrededor de 6,5 millones de votos. Compensa sus pérdidas atrayendo el 20% de los antiguos votantes de Sumar. Da la impresión de que ese es su suelo. Algo más de 100 escaños. La extrema izquierda dividida, apenas 12.

El resumen de lo que está sucediendo en esta parte del escenario es que casi todos los implicados en la investidura pierden votos, menos ERC, Bildu y BNG. Compromís y Chunta podrán mantener sus escaños. Así las cosas, eso de la unidad de la extrema izquierda es una entelequia. PNV y Junts también descienden; están en una insuperable contradicción.

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